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Presbítero Manuel Ceballos García

“¡Niña, levántate!”

Jesús vuelve a la orilla occidental del lago Genesaret, a Cafarnaúm; al desembarcar, la muchedumbre se agolpa en torno a Jesús, pero cuando llega Jairo, le dejan paso libre y éste se postra delante del Señor. Jairo no sabe ya a quién acudir para buscar remedio para su hija, pero confía tanto en Jesús que se dirigió a su casa seguido de la muchedumbre hambrienta de milagros.

En el camino tiene lugar otro milagro. Se trata ahora de una pobre mujer que ha gastado todos sus ahorros en médicos que no la han podido curar; ella sabe que la ley le prohíbe todo contacto con otras personas, pero se arma de valor y, rompiendo con todo, se acercó cautelosamente al Maestro con la intención de tocar la orilla de su manto, pensando que así, sin que nadie se entere, ella quedaría sana. Lo extraño de este suceso no es la mentalidad primitiva y mágica de esta mujer, sino que Jesús condescienda con esa mentalidad. Por supuesto que Jesús no cree que su cuerpo sea una especie de talismán que emita unas fuerzas sin que él mismo pueda controlarlas. Jesús actúa siempre conscientemente y pide a los enfermos que tengan fe en Él, ya que sus milagros no son de fuerzas misteriosas.

Hoy tenemos, pues, una larga narración de san Marcos de dos milagros cruzados entre sí. Según la ley, a esa mujer le estaba prohibido cualquier contacto humano; pero, he aquí, que precisamente por un contacto, aquel con el manto de Jesús, renace en ella la salud y la esperanza de una vida normal. Sin embargo, Jesús no acepta que todo termine en un acto taumatúrgico, quiere que de esa confianza mágica brote una fe limpia. Entonces, comenzó a buscar a la mujer que, dice san Marcos, “se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado”. Y, en ese momento, se llevó a cabo la curación completa…

Luego la narración sitúa a Jesús en casa de Jairo, en donde parece que sucedió lo irreparable. Los actos que el Maestro lleva a cabo en aquella habitación mortuoria, en el silencio y en la soledad, después de haber despedido al grupo de plañideras, músicos, familiares afligidos y todos aquellos gritos típicos de los funerales orientales, tienen una raíz divina. Él extiende su mano (mano poderosa y soberana) y pronuncia sólo dos palabras: “Talitá kum”, “¡Niña, levántate!”. Ante la muerte, enemiga de Dios y del hombre, se eleva la voz de Cristo que devuelve la vida.

El Señor nos llama a una fe que confía solo en Dios, Señor de la vida. Aunque sea imperfecta o desesperada (como la fe de Jairo), nuestra fe puede crecer, madurar y llegar a ser total. Solo necesitamos esforzarnos cada día. Nunca llegaremos a una fe profunda si no la deseamos como el aire para respirar.

 

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