El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
En la Palestina del primer tercio del siglo I, Nazaret es un pueblo pequeño y poco conocido: enclavado en las colinas de Galilea, es mencionado sólo en los Evangelios, entre los que el de Juan conserva una alusión más bien despectiva: “De Nazaret puede haber cosa buena?”. Es para entonces una aldea de entre unos 500 y 1,500 habitantes dedicados básicamente a la agricultura: trigo, cebada, vid, olivos, higueras, lino y más, que además de satisfacer las necesidades de la región son exportados a varias partes del Imperio Romano: el aceite de Galilea es particularmente apreciado por su calidad extraordinaria. No resulta extraño que las tierras de cultivo de esta región fuesen codiciados para formar parte de los latifundios que Herodes Antipas fomentase en Galilea a costa de los pequeños agricultores, obligados a vender sus tierras agobiados por la brutal carga impositiva.
Este es el pueblo de donde el Maestro toma el apellido con el que es conocido: Jesús de Nazaret; de ahí mismo sale, interesado por la predicación de Juan el Bautista y el movimiento que se genera en torno a él, y allí regresa —no se sabe cuánto tiempo después— transformado en un predicador carismático itinerante, según da cuenta el capítulo 6 del evangelio de Marcos. Vale siempre recordar que por carismático hay que entender a quien ejerce una función, en este caso socioreligiosa, sin el aval oficial de institución alguna.
Se reencuentra, pues, Jesús con sus coterráneos en la sinagoga, que suele ser en lugares pequeños el centro social de la comunidad: escuela para los niños varones judíos a lo largo de la semana, es también lugar de reunión donde se puede comer, cantar, discutir, compartir información o, sencillamente, conversar. Y aunque la forma arquitectónica de la sinagoga está específicamente definida, lo más probable es que en las aldeas se limite a ser una casa habitación adaptada. Sea como fuere, el Sábado la sinagoga reviste plenamente su carácter religioso con la celebración de la liturgia semanal: la recitación de la Shemá, la lectura secuencial de la Ley, la lectura de algún texto de los Profetas a modo de glosa del fragmento de la Ley, y el comentario propiamente dicho o la enseñanza.
Es entonces, en la lectura, pero sobre todo en el comentario de la Escritura, cuando lo nazaretanos advierten el cambio radical de su paisano: para ellos Jesús ha sido un tékton, esto es, un operario de la construcción capaz de trabajar la madera, la piedra, el metal, pero aun participando de la cultura media de los judíos de entonces, no de enseñar como un escriba. Y es que es, justamente, como un Rabbí —por lo demás del todo sui géneris— como ahora se conduce este Jesús que, aunque regresa precedido por la fama de hacer obras de poder relacionadas con la presencia de Dios, escandaliza a sus coterráneos, los incomoda, los molesta y, por tanto, lo minimizan y lo prejuzgan.
Y es que lo conocen bien: es el “hijo de María” —manera totalmente inusual para referirse a un judío de entonces que asocia su nombre al de su padre: acaso María ha enviudado, o se trata de fastidiar al Maestro con esta referencia materna— que no ha crecido en una familia nuclear sino extensa, en un clan como los que habitan en las casas donde las habitaciones matrimoniales rodean un patio común donde se comparte la cocina y el lugar donde se toman los alimentos: de ahí que resulten también conocidos sus hermanos, aquellos parientes con quienes compartiera la vivienda, el juego, el estudio, el trabajo como literalmente hermanos que, por cierto, acaban tan incómodos con Jesús como los demás nazaretanos.
La reacción de los coterráneos del Maestro —que más que de rechazo es de desprecio, o peor, de trivialización— da lugar a uno de los pasajes más sugestivo de los evangelios: “Y no podía hacer allí ningún milagro…”, aun sea suavizado con alguna excepción. Y es que asociar a Dios con una institución religiosa magnífica, con un culto solemne —así el templo de Jerusalén— o con una moral alambicada y casuística —como el pensamiento fariseo de los escribas—, inhabilita al hombre para encontrar la presencia liberadora y dignificante del Padre en la cotidianidad sencilla del Reino de Dios, tal como la praxis del Galileo lo hiciera presente. Tal fue la desgracia de los nazaretanos: tal puede ser hoy la desgracia de quienes, dejando de lado el Evangelio, insistan en relacionar a Dios con el espectáculo.— Mérida, Yucatán.
ruzvillamil@gmail.com
Presbítero católico
