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Cuarta transformación

Jorge H. Álvarez Rendón (*)

Parece ser que hay consenso. Los tres problemas mayores, agobiantes de México son la corrupción, la desigualdad económica y la violencia. Expertos en esos temas no consiguen establecer líneas de estrategia para combatir ese trío de dolencias que retrasan o impiden el desarrollo pleno de nuestro país.

Desde la atenta mirada del extranjero, los problemas de México requieren, ante todo, un intento por cambiar la forma de pensar de la población ante el fenómeno de esa corrupción de la que se derivan los otros dos males.

En México —aseguran— al corrupto se le admira. Los gobernadores jubilados exhiben ostentosamente sus inmuebles de ensueño. Las revistas ilustran sus páginas con notas sobre bodas y bautizos de exfuncionarios milagrosamente enriquecidos a un nivel de fábula. Los arzobispos bendicen, los grandes intelectuales asisten.

Hay corridos que relatan “hazañas” de los traficantes de la droga, como antes, en el siglo XIX, se ensartaban octosílabos por los asaltantes de diligencias y los ladrones que jamás capturaba la policía. Chucho el roto ha sido reemplazado por capos de Tamaulipas y Sinaloa.

Para iniciar la transformación del país que ha anunciado —la cuarta tras la independencia, la Reforma y la revolución de 1910— el presidente electo, que no es más “ya sabes quien”, sino don Andrés Manuel López Obrador, tendrá que ver la forma de bajarle a la corrupción esas luces de bengala que le han puesto las evidencias de éxito gracias a la más grosera impunidad. El futuro trabajo del mandatario tabasqueño se nos aparece algo así como las pruebas que tuvo que vencer el mítico Hércules. Deberá desviar ríos para lavar la porquería acumulada en los recintos gubernamentales. Tendrá que cortar las muchas cabezas de la Hidra que ha mantenido a flote un sistema basado en el fraude y la mentira.

¿Podrá don Andrés poner las bases para ese resurgimiento que requerirá, por lo menos, tres sexenios? Para responder a esta pregunta, los comentaristas profesionales han comprendido que deben ser precavidos en sus juicios, porque estos tiempos, más que racionales, son apasionados. Aquí no hay medias tintas: o se combate el populismo de un individuo tan tenaz como mesiánico, o se defiende al elegido con rabiosa fe que no admite fracturas.

Familias hay que se han dividido por no coincidir sus miembros en la arrogante suposición de ser don Andrés el “único capaz de devolverle a México su grandeza”.

Estudiantes universitarios cierran los ojos ante el pasado comportamiento de algunos allegados al presidente electo (Bejarano, Ponce y compañía). Se minimizan sus errores cuando gobernó una de las ciudades más grandes y caóticas del planeta.

Quienes sólo somos opinantes ocasionales, pacíficos ciudadanos, seremos espectadores de las acciones venideras de un hombre que ha tenido conductas que lo asemejan no al pejelagarto tropical sino al camaleón chino. De altivo orador y señalador de abusos ha pasado —en la reciente campaña— a prodigar acuerdos, atraer simpatías donde menos se esperaba, ofrecer amnistías y mostrarse simpático con los poderosos.

Sólo el tiempo dirá si la cuarta y gran transformación mexicana se levanta como una gran carpa salvadora o se enredan aún más los hilos de una madeja que se ha formado en 80, ambiguos años.— Mérida, Yucatán.

jorgealvarezredon@hotmail.com

Cronista de Mérida

 

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