Juan José Padilla
Antonio Rivera Rodríguez (*)
Juan José Padilla es un personaje singular de la epopeya taurina. Hablar de su tauromaquia personal y de su estilo puede dividir opiniones, lo cual es favorable al toreo. Pero lo que unifica criterios en torno a Padilla es hablar del hombre poseído desde siempre por una clara vocación de héroe vivo, con el cuerpo templado en mil batallas —dramáticas algunas— de las que ha salido con la victoria del espíritu, con luz en su nombre y con inmenso honor para la difícil carrera del torero.
De la plaza hace falta salir contando historias. Algo que sacuda y estremezca, inquiete y haga volver a la plaza. De Juan José Padilla se cuentan muchas historias, una por tarde. ¿Quién olvidará la tarde en Pamplona, en los recientes sanfermines, al grito de “illa, Illa, Padilla maravilla”? Luego de veinticuatro años de alternativa, el guerrero se retira a un merecido descanso. Antes pasa por Mérida a despedirse el domingo de la afición yucateca que supo sentirlo y vibró con su entrega en otras tardes.
Seguramente, el héroe mítico dejará una historia de esa tarde. Porque habrá historia en la Plaza Mérida.
