¿Es la esperanza una desgracia?
Rubí Briceño Correa (*)
Nacemos precisamente tras una espera… y la vida misma transcurre entre muchas esperas, algunas cortas y otras más largas que se suceden y conectan indefinidamente…
Si esperar es el sello de la vida humana, es lógico que la esperanza sea una de las actitudes más asumidas, el recurso más defendido y recomendado ante cualquier vicisitud; de las palabras más arraigadas y mejor transmitidas y hasta protagonista en refranes y dichos populares.
Pero ¿qué es la esperanza? La palabra esperanza deriva del verbo esperar que, de acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española (RAE), se refiere al “estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”. Y en otra acepción relacionada con el cristianismo, es la “virtud por la que se espera que Dios otorgue los bienes que ha prometido”.
Desde siempre hemos oído decir que “la esperanza es lo último que se pierde” y que, “mientras haya esperanza, no todo está perdido”, entonces intuimos que la esperanza es algo bueno, un sentimiento positivo que nos permite estar confiados en que cualquier cosa que nos esté haciendo falta llegará.
Pero la esperanza también tiene un lado oscuro y casi inimaginable por la bondad que reviste a la palabra. Esa misma que provee paciencia para aguantar la espera cuando lo esperado no está en nuestras manos, se torna peligrosa en tanto que inmoviliza y hunde en una fe pasiva, casi ingenua en que alguien más hará algo que derivará en cumplir nuestra petición; sin que nosotros movamos un dedo para provocar las circunstancias y encausar los elementos que la harán realidad.
“La desgracia de la esperanza…”, así se titula el artículo que hace unos días desencadenó interminables y profundas revisiones a mi concepto de este ingrediente cotidiano, considerado virtud indispensable en la vida.
El artículo referido plasmaba cómo desde la mitología griega la esperanza llegó a los humanos entre los dones contenidos en la caja de Pandora, puestos ahí por el dios Zeus como regalo, pero al mismo tiempo como venganza por haberle robado el fuego. En el paquete puso dones buenos y malos, entre ellos iba la esperanza que quedó en el fondo de la caja porque fue puesta como primer obsequio que inhibiera la acción de los hombres y les impidiera ser iguales a sus deidades, a quienes solo podrían admirar sin poder alcanzar… esperanzados siempre en ser como ellos.
Esperar es quizá el acto que más paciencia requiere…, pero la esperanza también es capaz de adormecer la acción y hundir a quien espera en un estado pasivo donde conseguir algo no depende en lo absoluto de los esfuerzos propios, sino de la voluntad o acciones de alguien más.
Entre las inevitables reflexiones vino a mi mente la obra literaria de Gabriel García Márquez: “El coronel no tiene quien le escriba”, que retrata la férrea esperanza de un hombre que puso toda su fe en una carta de pensión que no recibió en más de 50 años. Ya replicaba esa esperanza, convertida en forma de vida, en un gallo de pelea que heredó de su hijo muerto, cuando la necesidad apremiante de sobrevivir lo obligó a enfrentar la otra cara de la realidad: ¿y si el gallo no gana? La novela termina abruptamente empujando al lector a un abismo de incógnitas que para responderse exigen la revisión de la propia experiencia y ofrecen grandes oportunidades de crecimiento.
Sin duda es de humanos esperar, pero casi nunca se trata literalmente de sentarnos a la espera de que algo ocurra y las estrellas se alineen para darnos lo que deseamos; ¡hay que actuar! O por lo menos preguntarnos: ¿Hasta dónde la esperanza es buena antes de convertirse en una desgracia?— Mérida, Yucatán.
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Psicóloga y periodista
