Entre inexistencias, quimeras y espantajos
Antonio Salgado Borge (*)
Mañana se cumplirán los primeros seis meses de la administración de Mauricio Vila. Si bien lo ocurrido en el semestre inicial de un gobierno no determina su destino final necesariamente, también es cierto que seis meses son tiempo suficiente para hacer explícita tanto la visión de quien encabeza el Poder Ejecutivo estatal como la de quienes tendrían que ser sus contrapesos. En este artículo argumentaré que con base en lo ocurrido de octubre del año pasado y en caso de todo permanecer constante Yucatán tendría que empezar a reconocer que estamos ante un sexenio fantasma.

Empecemos distinguiendo por qué es posible decir que estamos ante un gobierno fantasma. El término “gobierno fantasma” debe ser desambiguado, pues es evidente que estamos ante una administración en funciones; es decir, ante un conjunto organizado de individuos que ejerce el presupuesto en áreas específicas y que tiene a su cargo la materialización de distintos servicios. Pero lo que no se ve por ninguna parte, y por ende es fantasmagórico, es el proyecto o plan del gobierno de Mauricio Vila. Por ejemplo, más allá de acciones específicas o “entregables” ¿alguien podría mencionar cuál es el enfoque de política social de la actual administración? ¿El de su política económica? ¿Qué hay sobre su política educativa? Y es que la ausencia de respuesta para estas preguntas no se debe a la falta de información: el discurso y las acciones de la actual administración estatal tampoco ayudan a resolver estas interrogantes.
Para no ser injustos con la actual administración, es necesario introducir aquí al menos dos matices. El primero es que en este sentido la tónica de la administración de Rolando Zapata fue casi idéntica a la de la de la administración Vila. Esto es, Zapata navegó en piloto automático durante seis años y basó su gestión casi exclusivamente en la atracción de grandes inversiones —algo criticado en este espacio en más de una ocasión—. El segundo matiz que debemos considerar es que Vila no prometió en campaña algo distinto a lo que hoy ofrece: recordemos que su eslogan fue “Yucatán merece más” y no “Yucatán merece algo distinto y mejor”. Además, la campaña del hoy gobernador —como la de su rival, Mauricio Sahuí— se caracterizó por la ausencia de una narrativa que dejase ver una visión de desarrollo determinada. Es decir, con base en los matices anteriores, alguien podría decir que Vila no está haciendo algo que no se hubiera hecho antes y que está haciendo exactamente lo que anticipó en su campaña: navegar sin brújula. Pero ello no hace esta navegación más aceptable o prometedora.
En cualquier caso, luego de seis meses es seguro afirmar que la administración que tenemos en Yucatán actualmente es una instancia de neoliberalismo. Aclaro aquí que no utilizo el término peyorativamente; puede gustar o no lo que implica, pero el término neoliberalismo es crucial para fines analíticos. Para ver por qué, empecemos considerando que el neoliberalismo incluye una visión de gobierno mínima que pasa en buena medida por la idea de que los mercados deben reemplazar, en la medida de lo posible, al Estado. Para quienes comparten esta visión, el Estado debe eliminar cualquier tipo de regulación que evite el crecimiento de las grandes empresas y tiene que limitarse a facilitar condiciones para que éstas prosperen. Así, en la visión neoliberal el gobierno se convierte en un mero administrador y renuncia a la posibilidad de dirigir la corrección de opresiones o asimetrías; todo lo que no implique “productividad” inmediata —incluida buena parte de las redes del Estado de Bienestar— debe ser recortado o eliminado como gasto superfluo.
Hay al menos dos problemas con un proyecto de corte neoliberal. El primero es que es ingenuo suponer que el interés de las grandes compañías coincide con el interés de las mayorías y que las primeras se autorregularán para evitar injusticias, aun si ello lesiona sus utilidades. Lo anterior es ilustrado contundentemente por el caso de los dos aviones de la empresa estadounidense Boeing que recientemente se desplomaron. En la aviación, como en otras áreas, el gobierno de Estados Unidos ha apostado por ceder a las grandes empresas la responsabilidad de regulación y vigilancia. Boeing aprovechó este contexto para vender a sus clientes como “material adicional” una tecnología necesaria para evitar la falla que causó los dos accidentes mencionados.
El segundo y principal problema de los proyectos neoliberales es que éstos no funcionan; esto es, que la experiencia demuestra que son un fracaso en los hechos. Fenómenos como Donald Trump o Brexit son en buena medida consecuencias de una apuesta que consiste en la combinación entre políticas dedicadas a beneficiar a grandes empresas, la reducción del tamaño del Estado o políticas de austeridad. El resultado es una desigualdad creciente y una masa de individuos desesperados. En México no se explica el arrastre de López Obrador sin la arrogancia neoliberal de las últimas tres décadas. Lo importante para efectos de este artículo es que no hay ninguna razón que lleve a suponer que un gobierno fantasma por neoliberal puede mejorar las condiciones de vida de las personas que más lo necesitan: no ha ocurrido fuera de Yucatán y no hay motivo para pensar que repitiendo lo mismo que se hizo en México y otras naciones este estado puede generar desarrollo social y humano.
Pero más allá de lo anterior también es posible afirmar que estamos ante un gobierno fantasma en otro sentido. Para ver por qué basta considerar la falta de reacción del actual gobierno estatal ante problemas evidentes como la corrupción y la impunidad, las agresiones a periodistas o las violaciones a derechos humanos. La suavidad con que el gobierno de Mauricio Vila ha tratado las evidencias que apuntan a desvíos de su antecesor es comparable con el perdón otorgado de facto por el gobierno de AMLO al de Peña Nieto. Sin embargo, la administración de Vila tiene un problema adicional: las evidencias periodísticas que Diario de Yucatán ha presentado muestran una posible serie de desvíos en el Ayuntamiento de Mérida cuando éste fue encabezado por nuestro actual gobernador.
Ante los señalamientos de corrupción, la administración del estado ha optado por dar respuestas parcas o, de plano, por ignorar el tema probablemente con la esperanza de que éste se difumine de la arena política. Esta posición, sin embargo, no es improvisada o circunstancial; tras seis meses es evidente que estamos ante una estrategia diseñada para suavizar, por la vía del olvido, cualquier tipo de caso que resulte incómodo al actual gobierno. Todo indica que estamos ante un gobierno fantasma en términos de proyecto, y que desaparece cuando se le aparecen imágenes que no puede procesar y a las que tendría que dar respuestas puntuales; es decir, que estamos ante un gobierno fantasma que no puede lidiar con sus propios espantajos.
Pero hay un tipo de fantasma con que una administración fantasma sí puede lidiar cómodamente: una oposición fantasma. En Yucatán ésta es encabezada, desde luego, por el PRI y por Morena, los dos principales partidos de oposición en nuestro estado; tanto en términos legislativos como en términos políticos más generales, estos partidos son una oposición quimérica o de fantasía. Para ver por qué, uno puede formularse un par de preguntas: ¿de qué forma Morena o el PRI han ejercido un papel de contrapeso al gobierno estatal durante los últimos seis meses? ¿Qué proyecto alternativo proponen estos partidos para Yucatán? Si no hay respuestas concretas para estas interrogantes es porque estos partidos no han querido ser una oposición real al gobierno de Vila. Llama la atención el caso de Morena, un partido que tuvo importantes ganancias electorales el año pasado, pero que desde entonces no ha querido o no ha sabido tomar la bandera de una oposición inteligente capaz de marcar una alternativa de rumbo para nuestro estado.
Finalmente, otro fantasma muy cómodo es el Congreso de Yucatán. Éste ha jugado un papel lamentable y hoy cumple su razón de ser sólo en las figuraciones de la imaginación de sus integrantes. La forma en que han realizado nombramientos, pasando por su decisión de “dormir” el tema del matrimonio igualitario o sus charlas opacas con la persona que debería ser auditor superior del estado son apenas dos recientes evidencias de que las personas que nos representan en el Congreso no trabajarán por el bien de quienes les eligieron. Lo que es peor, queda claro que ésta será la tónica al menos durante los próximos dos años y medio.
Los primeros seis meses de la administración de Mauricio Vila se han caracterizado por la inexistencia de un proyecto y por la adopción de una posición neoliberal que no puede atender a las necesidades reales de Yucatán. En este sentido, estamos ante un gobierno fantasma cuya falta de brújula tan sólo puede exacerbar algunos de los problemas que afronta el estado. También hemos visto que la actual administración desaparece o se hace invisible cuando se trata de lidiar con espectros que le producen desagrado. Para su fortuna, nuestro gobierno fantasma está acompañado de una oposición y de un Congreso igualmente espectrales. Para desgracia de Yucatán, todo lo anterior indica que estamos ante lo que ya se anuncia como un sexenio fantasma.— Edimburgo, Reino Unido.
asalgadoborge@gmail.com
Antonio Salgado Borge
@asalgadoborge
Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)
