Antonio Salgado Borge

Las pintas al Monumento a la Madre

Antonio Salgado Borge (*)

Las pintas al Monumento a la Madre han generado una reacción inusitada de nuestras autoridades y de algunos sectores de la sociedad.

(1) Una primera opción para entender esta excepcional reacción es apelando a un daño excepcional generado por estas pintas. Esto tiene sentido si probamos que estamos ante una destrucción sin precedente de un monumento considerado en particular valioso en términos históricos o culturales.

Por ejemplo, el incendio en la Catedral de Notre Dame generó reacciones alrededor del mundo por tratarse de un sitio con profundo arraigo en la cultura occidental —por circunstancias relacionadas con la historia, las artes y la cultura popular— y de un marcador turístico de la ciudad de París —impensable visitar la capital de Francia sin acudir a esta catedral—.

Sin embargo, el Monumento a la Madre es una réplica donada de una escultura del francés Alfred Charles Lenoir, cuya versión original se llama “Maternité”. Además, rastrear esta obra en internet es sumamente complicado. De acuerdo con Wikipedia, “Maternité” tendría que encontrarse en un sitio llamado “Sèvres – Manufacture et Musées nationaux”; sin embargo, ni siquiera en el catálogo de “Sevres” disponible en su página web me fue posible encontrar esta escultura.

El punto es que en un sentido meramente histórico o cultural es fácil ver que existen diversos sitios o monumentos en Mérida y en Yucatán que revisten mayor importancia y que en algún momento han sido objeto de vandalismo, sin que esto haya generado mayor reacción de nuestras autoridades o cámaras empresariales.

(2) Otra forma de entender la reacción ante lo ocurrido es apelando a que este tipo de acción implica violencia. Y es que en este caso estamos ante una acción de vandalismo ejercido por un grupo de individuos a manera de protesta. Aclaro que utilizo el término “vandalismo” en su sentido más preciso; es decir, entendido exclusivamente como la ejecución de acciones destructivas. La idea aquí es que las acciones destructivas o dañinas no son positivas y que, por ende, deben de ser limitadas o evitadas en la medida de lo posible.

Sin embargo, que la preocupación por una acción destructiva sea justificable no termina de explicar la dimensión de la respuesta que hemos visto en días recientes. Y es que si a acciones violentas nos atenemos, las yucatecas y yucatecos tenemos una lista muy larga para repasar.

En términos de violencia contra personas —la destrucción o el daño de vidas—, uno puede incluir en esta lista los feminicidios, los casos de tortura, la violencia contra la prensa, o los despojos a comunidades mayas. En ocasiones estas acciones no son ejecutadas por turbas enojadas a manera de protesta o por personas encapuchadas, pero esto no las hace menos destructivas o violentas.

Por el contrario, encontrar cadáveres de mujeres violentadas o retener a un periodista contra su voluntad son eventos de la mayor gravedad que tendrían que ser inaceptables e indignantes para cualquier persona.

(3) Finalmente, es posible apelar a que no son las acciones vandálicas como tales lo que ha generado la alarma, sino el que estas acciones estén siendo ejecutadas a manera de protesta. La discusión sobre la existencia de condiciones que pueden justificar protestas violentas tiene un largo abolengo y ha sido abordada por teóricos sociales desde distintas perspectivas a lo largo de la historia. En esta línea es posible incluir desde ventanas rotas o pintas callejeras hasta revoluciones.

Dado que no cuento con los recursos académicos para abonar al tema, en este artículo parto de una base más modesta: en términos generales, el escenario ideal es uno donde no haya destrucción o vandalismo. La pregunta que habría que responder aquí es por qué es más problemático el vandalismo que se ejecuta con fines de protesta que el vandalismo ejercido con fines económicos.

Por mencionar sólo dos ejemplos, hace unos días una empresa constructora destruyó el casco de la Hacienda Santa Gertrudis Copó, y el año pasado un “megaproyecto” de siembra de soya y maíz destruyó tres pirámides medianas mayas (Diario de Yucatán, 20/04/2018).

A ello tenemos que sumar el vandalismo contra recursos naturales que afectan a miles o millones de personas, como el manto freático o la selva maya. Sin embargo, ni estas destrucciones ni otras similares han generado una reacción tan poderosa de nuestras autoridades, de organismos empresariales y del público como las pintas al Monumento a la Madre.

La reacción que ha generado el vandalismo contra el Monumento a la Madre no se explica satisfactoriamente en los términos en los que suele ser justificada.

Por ende, un análisis serio exige encontrar las premisas ocultas. Una posibilidad es que detrás de la reacción se oculte alguna forma de sexismo. Es crucial subrayar aquí que el sexismo, como cualquier otra forma de discriminación, no tiene que ser consciente para ser real. Este fenómeno se conoce en la literatura como “sesgo implícito”, e implica el constante autoanálisis para intentar descubrir y en su caso eliminar prejuicios silenciosos y arraigados.

Lo importante aquí es que alguien puede creer genuinamente que cierta etiqueta de discriminación no le corresponde e incluso luchar contra esta discriminación y a la vez reproducir sus patrones.

El argumento de que mucho o algo de sexismo se esconde tras las reacciones a las pintas al Monumento a la Madre no es nuevo ni exclusivo de Yucatán. Recordemos que cuando eventos similares ocurrieron hace unas semanas en Ciudad de México, mucho se habló de la forma desproporcionada en que se tomaron las pintas de grupos feministas en comparación con actos vandalismo de hombres, y de cómo esto implica una reproducción de la opresión por motivos de género.

Desde luego, determinar cuánto este factor juega un papel en la reacción exige autoanálisis y una buena dosis de autocrítica. Además, no es posible asegurar que este argumento aplique en la mayoría de los casos.

Me parece que la mejor forma de explicar la reacción excepcional ante lo ocurrido pasa por apelar al rechazo fundamental al aborto, el tema que originó la marcha de la que surgieron las pintas. El argumento aquí es que las pintas al Monumento a la Madre son particularmente ofensivas porque éstas fueron hechas en nombre de la defensa de la despenalización del aborto. Es decir, que no son los eventos en sí mismos lo particularmente problemáticos, sino la causa que les ha generado.

Para quienes se oponen a la legalización del aborto, una explicación de esta naturaleza es, por los motivos explicados arriba, más consistente que cualquiera de las que hoy son más populares.

A ello se puede sumar que cada persona tiene el derecho a elegir qué temas o luchas sociales le parecen más relevantes y la lucha contra el aborto es fundamental para algunos sectores sociales, por lo que no apelar a términos distintos al asunto de fondo contribuye a no distorsionar su mensaje.

Y es que quitar el foco de la atención del puñado de personas que pintaron el monumento ayuda a elaborar juicios más certeros y, con ello, evita la criminalización con generalizaciones a quienes no pintaron o a todo el feminismo.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

 

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