Ricardo Alberto Gutiérrez López (*)
Cuando tenía trece años de edad, mi familia tuvo que mudarse a México. Realmente, en la ciudad estuvimos muy poco tiempo. Ya que a mi padre le habían ofrecido la gerencia de un hotel en Tequesquitengo, un lago cercano a la ciudad de Cuernavaca. Como ese lugar no contaba con escuela, decidieron que era mejor que permaneciera en un internado en la Ciudad de México. Así las cosas, me vi inscrito en el Internado México, administrado por los hermanos maristas. Ahí cursé el primer y segundo años de secundaria.
Era fascinante para mí el estar en un lugar como el internado en el cual estudiaban jóvenes de diversas partes de la República. Me asombraba la diversidad de acentos de todos. De los trescientos cincuenta alumnos, solamente quince eran de la Ciudad de México. Y a pesar de la gran variedad de entonaciones en el habla y de los modismos propios de cada una de las regiones del país representadas entre el alumnado, me llamó la atención que a la mayoría de nosotros y sin importar el rincón de la nación de donde viniéramos, el término “cuate” nos era común. También estaba en el lenguaje coloquial de los internos las palabras “carnal” y “mano” para designar al amigo.
Sin darme mucha cuenta, analizaba la frecuencia y los casos en los que se utilizaba uno u otro término. “Cuate” designaba al amigo íntimo y “mano” a cualquiera; no necesariamente amigo. Pasaron muchos años, quizás veinte para que comprendiera el significado profundo de esta palabra.
En el centro del país es costumbre referirse a los hermanos gemelos como “cuatitos”. De ahí proviene la palabra cuate. “Es mi cuate” quiere decir: es mi gemelo; significa que él y yo somos uno. Es más que mi hermano, es mi “otro yo”. Sus alegrías son mías lo mismo que sus tristezas. Si tengo cuates, ya nunca estaré solo. Siempre habrá alguien junto a mí que me comprenderá y ayudará sin pedírselo.
En muchos casos una amistad de este tipo representa un lazo mayor que el de la sangre, puesto que fue libremente escogido.
Era el mes de febrero de 1957 cuando mis padres me llevaron al internado. Ya concluidos los trámites de mi admisión, se me asignó el dormitorio en la sección tres en el tercer piso. Era un galerón con cincuenta camas. Una vez que estuve instalado, mis padres y yo bajamos hasta al estacionamiento y ahí me despedí de ellos. Eran como las seis y media de la tarde de un domingo. Me apoyé en una columna y me puse a llorar.
Todo era extraño, no conocía a nadie. Estaba asustado y triste. En ese momento y del otro lado de la columna percibo que había alguien sollozando igual que yo.
Me asomé para ver quién estaba llorando y al vernos, instantáneamente nos identificamos pues compartíamos la misma pena. Éramos de nuevo ingreso y nuestros padres nos habían dejado solos por primera vez. Nos pusimos a platicar y me enteré de que él era de León, Guanajuato, que se llamaba Alejandro Pons y que al igual que yo, era de la sección 3. Hablamos por un buen rato y aún sin haberlo sabido en el momento, nos hicimos “cuates”. Mi primer cuate en el internado.
Después de un tiempo, sonó la campana. Ya era de noche y los alumnos estaban formados en diferentes filas. Buscamos la correspondiente de la sección 3, nos alineamos y entramos al comedor. Entramos al comedor ocupado por quince mesas de cuatro plazas cada una. Al frente, se ubicaba la mesa del prefecto quien para iniciar hacía una oración; al final de la cual todos nos sentábamos a comer.
En la mesa que me tocó estaban: Alejandro Pons, Longinos Marroquín Bueno de Tijuana, Jorge Ortiz de Celaya y yo de Mérida. Todos éramos de nuevo ingreso como casi la totalidad del alumnado. Nos traen un platón con guisado y lo colocan en la mesa. No sabíamos qué hacer. Entonces Ortiz toma la iniciativa y se sirve moderadamente, pasa el plato a la derecha y toca el turno a Marroquí, quien sin consideración, se sirve una porción muy grande; lo pasa a su derecha a Alejandro y yo quedaba en último lugar. Cuando Alejando ve lo que queda, sin decir palabra alguna divide a la mitad lo poco que quedaba con la intención de no dejarme sin alimento. Ahí, sin decirlo supe que Marroquín no era cuate. Al día siguiente en el desayuno establecimos una regla: al tocarte de primero hoy, mañana eras el último. Al que estaba a tu derecha le tocaba primero. Cuatro días después volvías a ser primero.
Durante los dos años que estuve en el internado, Alejandro Pons, Jorge Ortiz y yo compartimos nuestras gastadas y todas las golosinas y comidas que nos mandaban de nuestras casas, éramos cuates. Lo mío era de ellos y lo de ellos era mío.
En septiembre de 1958 pasé quince días de vacaciones en la casa de Alejandro Pons, en León. Tenía una casa muy grande y recuerdo haber sido muy feliz. Sus papás fueron muy atentos y se preocuparon por hacerme sentir como en casa. A sesenta y dos años de distancia en el tiempo, lo recuerdo con cariño y ternura.
Regresamos al internado en noviembre. Al concluir ese año escolar, mis papás me llevaron a Tehuacán y nos separamos (la vida suele hacer esto a las personas). Ahí hice nuevos cuates y amigos. — Mérida, Yucatán.
leconser@yahoo.com
Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado
Hasta el día de hoy no he vuelto a saber nada de ellos. Como un recuerdo muy concreto de esa época maravillosa. Conservo los anuarios editados por el internado. Cada vez que los hojeo, vuelven a mi mente muchas anécdotas de mi estancia en ese lugar. Veo mi foto de secundaria y en mi interior, para mí al menos, ellos y yo siempre tendremos quince años con toda su ingenuidad e inocencia.
Sin embargo, ahora con el camino recorrido, podemos y debemos hacer una distinción entre ser cuate y actuar como cuate. Viene a mi mente otra anécdota:
En cierta ocasión tuve un accidente de tránsito y dañé mucho al otro coche; no tenía seguro ni dinero en ese momento. La persona afectada y a quien yo no conocía, confió en mí; no llamó a la policía ni me exigió nada en ese momento. Confió en mi palabra, en que le iba a pagar, tal como lo hice; esa persona sin conocerla, en esa ocasión fue cuate. Hizo lo que sólo un cuate hace.
Tener cuates te da el privilegio de amar y ser amado.
Una degeneración de esta bella palabra es “carnal”. Que alguien sea “mi carnal” significa que es de mi carne, que es mi sangre. Implica que somos uno. La palabra “mano” viene de hermano y se usa para referirse a los que sólo son amigos. Hoy, ya en la vejez, digo con orgullo que tengo muchos “cuates”. Unos todavía aquí, ayudándome a vivir, mientras que otros se me adelantaron en el viaje sin retorno, me esperan en el cielo para seguir unidos… como cuates.
