El miércoles 25 se realizó en Italia el Dantedì

Desde Roma

Jorge Luis Hidalgo Castellanos (*)

La primavera en Roma se presentó tímidamente. Con pena, literalmente, por la situación del país.

A partir del 21 de marzo, unos días soleados con excelente clima, seguidos por los lluviosos y fríos. El clima reflejando las cifras de la tasa de contagios en Italia que dos días consecutivos a la baja nos dieron esperanza de que disminuirían pero al tercer día repuntaron.

Ante las medidas más estrictas establecidas por el gobierno y el hecho de que el jueves 26 de marzo Italia casi alcanzaba a China en número de contagios, la población local comenzó a desaparecer de las calles, ésas que los turistas habían abandonado antes forzados por el temor. El viernes 27, Italia con 86,498 contagiados superaba a China, pero Estados Unidos se ponía a la cabeza con 93,329 casos del nuevo coronavirus. Ese día, a las 6 de la tarde hora de Roma, en medio de la Plaza de San Pedro, enmarcada de un halo azul, el papa Francisco oficiaba la Eucaristía a espectadores de todo el mundo, pero nadie estaba en la majestuosa plaza.

Francisco caminaba solo, sobre un suelo gris y mojado, hacia el templo más conocido del catolicismo, lo que la historia de los creyentes considera el templo cristiano fundado por el apóstol que pese a amarlo, negó a Jesús. Llegó al templete ubicado en la centenaria explanada frente a los portones de la Basílica de San Pedro y fue recibido por su asistente, quien le ayudó a subir 7 peldaños. Ya en el pabellón en cuyo centro estaba un sillón, se colocó frente a un atril ligero con dos micrófonos blancos y comenzó la Adoración Eucarística y Extraordinaria. “Oremos” dijo. Pero estaba solo, en el templete, en una plaza solitaria, que suele estar repleta para escucharlo.

El Papa oraba ante millones de personas que lo veían por las cámaras de TV del Vaticano y en directo. Roma, Milán completa y la República Italiana en su totalidad. 60 millones de almas, incluso las incrédulas.

La luz crepuscular en la tarde lluviosa daba un tono azulado al ambiente, azul melancólico, que al mismo tiempo hacía resaltar el pabellón y la albina vestimenta del supremo Pontífice. Atrás del templete, estratégicamente colocada se veía la Salus Populi Romani, antigua imagen bizantina prestada para la ocasión por el templo de Santa María Mayor en la capital italiana. Es quizá la imagen más venerada en Roma de la Virgen María. Se cuenta que fue pintada por San Lucas, el evangelista. Esta imagen habría sido llevada en una procesión del papa Pío V para pedir el fin de la peste en el siglo XVI. También conocida como Regina Caeli, es la imagen más conocida y reproducida en el mundo cristiano, con versiones en Rusia, Grecia, Etiopía y China, entre otras.

En el lado sur, el crucifijo de San Marcelo del Corso, el mismo esculpido en madera que sobrevivió al incendio de 1519 del templo ubicado en la calle del Corso y que tres años más tarde, en 1522, fuera en procesión por las vías romanas para pedir que la gran peste terminara. Según la historia cristiana, esa representación de Cristo sanó a la población. La oración es sin duda una forma de catarsis en situaciones tensas como la que vive el mundo.

Dantedí

Dante Alighieri cumplió su aniversario luctuoso 700 el miércoles 25. El Ministerio de Cultura había organizado una fiesta literaria y escolar para homenajear al más grande poeta de la lengua italiana. Le llamó Dantedí. Ese miércoles todos los estudiantes de todos los niveles en Italia deberían leer “La Divina Comedia”. Se pudo hacer gracias a internet, pero los estudiantes no leyeron en sus salones dado que están cerradas sus escuelas. No hubo auditorios o salas magnas rebosantes de alumnos, profesores e investigadores. Los teatros no pudieron dedicar al más amado poeta de Italia la lectura que hubieran querido hacer. Pero Alighieri es más que una fecha, es un nombre que une a Italia, es su esencia. Valdría la pena que en México también se dedicara un día a leer a Dante y tomar el ejemplo para establecer una fecha para ofrecer un homenaje a la décima musa, nuestra poetisa, Juana de Asbaje.

Italia duplicó en 10 días el número de contagiados, pasando de 47,021 el 20 de marzo a 97,689 el domingo 29, con 10,779 decesos. De ellos 41,007 en la norteña Lombardía (solo Milán tenía 8,329). Roma, la capital del país, presentaba 1,945 enfermos, mientras que Nápoles, de las menos afectadas, 898 contagiados, un poquito más que México. El peor día de la crisis sanitaria en Italia ha sido el viernes 27 con 919 fallecimientos.

Lamentablemente, la petición —porque no orden— de permanecer en su casa (Io resto a casa) no ha sido atendida como se debía. Las autoridades han reiterado la necesidad de cooperar y ha tenido que anunciar multas más altas, de miles de euros e incluso detenciones. No parece quitar las ganas de salir a dar la vuelta. Quizá ver en los noticieros la situación en Estados Unidos u otros países dé una sacudida a los italianos para contenerse de una vez y comenzar a bajar la tasa de contagios y muertes. Los demás países deben estar muy atentos.

El mundo con el Covid-19 se presenta como la selva negra de la máxima obra literaria italiana, pero no creer en el infierno, el purgatorio o el paraíso dantescos no evita que en estos aciagos días todos queramos, al menos murmurar, como Pío V en 1522: “Ora pronobis Deum. ¡Alleluia!”.

Diplomático mexicano residente en Roma.

 

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