Catón
En un tiempo —¡dichoso tiempo!— hubo un súbito renacimiento del canto gregoriano. Las grabaciones de los monjes de Santo Domingo de Silos, en España, contribuyeron a revivir esa altísima forma del arte musical.
Se hizo grande el número de discos de canto gregoriano, y surgieron en muchas partes agrupaciones que lo interpretaban. Se habían perdido la hondura y la belleza de ese canto, que a través de la música acerca al hombre al misterio de lo divino.
La Iglesia casi dejó de usar en su liturgia el canto sacro, y con eso renunció en gran medida a uno de sus más valiosos tesoros. A la belleza, sin embargo, no se le puede ocultar siempre, y poco logran contra ella los concilios de los hombres.
En estos días de forzado encierro me gusta escuchar las notas de esas antiguas partituras que llegan hasta nosotros desde el fondo de los siglos. Severas y majestuosas se elevan las melodías como humo de un incienso que se levanta al cielo. Esto es música vuelta oración; esto es oración vuelta música.
Escucho ese canto y siento que algo de mí sube también a la altura donde la belleza vive su eterna vida…
El señor cura quería aprender a jugar golf. Se compró la ropa indicada y adquirió el mejor equipo que pudo encontrar. Cuando llegó la mañana del sábado se dirigió feliz al campo de golf, y contrató los servicios de un caddie para que lo acompañara a hacer el recorrido.
Lleno de animación colocó el sacerdote la pelota en el tee y se dispuso a golpearla con el bastón. ¡Zas! Falló una vez. ¡Zas! Falló otra. ¡Zas! Falló una tercera. Tres air shots seguidos, que así se llaman en lengua de golfistas los tiros en que no se acierta a la pelota.
Mohíno y encorajinado, la cabeza hundida en los hombros, se quedó en silencio el sacerdote rumiando su enojo y frustración. Con tono de reproche le dijo entonces el muchacho: “Padre: éste es el silencio más maldecidor que he oído en toda mi vida”…
El papá de Pepito lo reprendió severamente, y el chiquillo rompió a llorar, desconsolado. Al oír aquello acudió su mamá. “¿Qué sucede? —le preguntó a su marido—. ¿Por qué llora así el niño?” Respondió con enojo el señor: “Lo pesqué agarrándole el busto a la criada”. Entre lágrimas replicó Pepito: “Tú agarras las cosas con que juego y yo no te digo nada. ¡Y luego te enojas cuando yo agarro las cosas con que juegas tú!”…
El señor y la señora se jactaban de ser modernos. Al cumplir ambos 60 años decidieron irse de vacaciones cada uno por su lado. A la semana el señor le puso un mensaje a su esposa: “¡La estoy pasando en grande! Me encontré a una mujer de 30 años y me ha ido de fábula”. “Yo también me encontré un hombre de 30 años —contestó la señora—, y apostaría a que la estoy pasando mejor. “¿Por qué supones eso?” —se intrigó el marido. “Simples matemáticas —respondió ella—. 30 entra dos veces en 60; pero 60 no entra en 30”.— Saltillo
