Desde Roma
Jorge Luis Hidalgo Castellanos (*)
Querido Carmelo:
Debido a la diferencia de horarios, recibí tu foto a la medianoche del sábado en Roma y me quedé pasmado. No fue necesario un texto. Estás en la unidad de cuidados intensivos, contagiado con el nuevo coronavirus. Es la realidad que golpea cerca y directamente.
Estar en esa gran ciudad, que nunca duerme. Quién puede dormir en estos días. Una de las más cosmopolitas, desarrolladas y ricas, en un país poderoso y con todos los medios a su alcance, permite que tengas un respirador artificial en el hospital. Desconozco cuántos días llevas internado y cómo vas evolucionando. Sin embargo, tu mensaje con la foto, recibido después de siete días de haberte enviado otro preguntando cómo estabas, me hace suponer que estás mejor. Eso quiero creer. Es lo que deseo con el alma.
¿Recuerdas cuando estábamos en la secundaria? En aquel pueblito perdido en la cordillera de la Sierra Madre del Sur y junto con otros compañeros estudiábamos, jugábamos básquetbol y nadábamos en los manantiales de Tecoapa. Después salimos a diferentes ciudades para seguir estudiando y en las vacaciones escolares nos reencontrábamos en ese tórrido lugar de nuestro origen. En Navidad, en Semana Santa y en el verano y con el tiempo pudimos realizar, por separado, algunos de nuestros sueños.
Llevas lustros fuera de México, los mismos que yo he andado por varios lugares sin verte todos estos años, pero las conversaciones telefónicas o a través de e-mail, WhatsApp o cualquier otro medio nos han permitido mantener nuestra amistad, una fraternidad.
El Covid-19 azota el mundo por primera vez en 2020 y el virus no distingue entre desarrollo y atraso, riqueza y pobreza, poder o debilidad. Tú y yo, por ironía del destino, residimos en dos lugares distantes de México, localizados en diferentes continentes y donde el mayor número de contagios del virus existen actualmente. Tú has caído, yo aún no y por eso soy quien escribe.
Hasta hoy, dos millones de personas han sido detectadas con el virus, de las cuales 742 mil están en Estados Unidos y 180 mil en Italia. Los decesos son casi 40 mil y 24,000, respectivamente. Mientras tanto, en México hay 7,500 contagios y casi 700 fallecidos, de los cuales dos han sido en nuestro pequeño terruño montañero, en una de las regiones más agrestes, alejadas y abandonadas de nuestro país, donde en nuestra adolescencia no llegaba la señal televisiva, el Covid-19 ha llegado rapidísimo.
Ésa es la evidencia de que el nuevo coronavirus no hace distinciones. De China a Canadá, de Madrid a Belice, de Viena a Bangkok, de Roma a Nueva York y de la ciudad al pueblito. ¡Todos son vulnerables! Empresarios, obreros, diplomáticos, cocineros, deportistas y médicos sufren la pandemia.
Disculpa la perorata, Carmelo querido, pero al verte detrás de una mascarilla que afortunadamente te permite respirar pienso que es momento de que todos quienes aún no nos contagiamos tomemos conciencia de la realidad. Que aceptemos que es mejor quedarse en casa que en el hospital, o peor aún, en el camposanto.
La gente debe atender lo que he llamado un “Estado de Solidaridad”. Preocuparse por no contagiar a los demás es solidarizarse con todos quienes viven en la misma casa, en el barrio o la colonia, en una misma ciudad, estado, región o país. No salir de casa, con excepción de una emergencia o hacer compras necesarias, cubrirse la boca, nariz y ojos, así como mantener un constante y permanente alto nivel de higiene realmente ayuda a que otros no se contagien.
Hay gente que sin sentirse enferma porta el Covid-19 y lo transmite de manera exponencial a quien le circunda. Esa atención plena hacia los otros es la solidaridad en tiempos de pandemia.
Probablemente, tú, querido amigo, fuiste contagiado a fines de marzo en el autobús, en el metro o caminando en la calle. O quizá en tu trabajo, cuando el jefe “creyó” que debías seguir yendo a laborar no obstante la indicación de las autoridades de no hacerlo. Ése es el precio que muchos pagan ante la falta de civismo, solidaridad y sentido común de quienes toman las decisiones.
Muchas víctimas del virus también resultan ser consecuencia de la indisciplina de muchos de nosotros cuando no atendemos las medidas establecidas en las ciudades, pueblos o naciones. Primeros ministros, gobernadores, parlamentarios y millonarios también lo padecen y se asustan.
Hace casi dos meses, amigo mío, en Italia se inició el registro de los contagios. De uno se pasó a 229 en tres días. Hace un mes, el 20 de marzo de 2020, ya había 47 mil contagios en Italia. Y hoy son casi 180 mil. Aunque la cifra ya no aumenta mucho, no desciende de tres mil contagiados al día. Italia, y el mundo siguen preocupados. Son ya 2.400,000 casos en total.
Si vemos hacia el país con más casos, Estados Unidos, el 20 de marzo tenía 16,315 contagios y 220 decesos. De 1,873 que había el 13 de marzo (10 veces más en 7 días) y solo 41 difuntos. Es escalofriante ver que solo en Nueva York la cifra de contagios anunciada hoy es de 240 mil. La más alta en Estados Unidos, ¡no puede ser! En una de las ciudades con mayores recursos y donde tantos mexicanos hay, gente que es parte indispensable de la fuerza laboral de la Gran Manzana y del estado de Nueva York.
Querido Carmelo, debes estar cansado, no puedo imaginarme siquiera lo que sientes ahora y la dificultad que tienes para respirar. Pero permíteme recordar algo relacionado con una parte de la historia reciente. En un día nublado en Nueva York, en el año 2000, nos tomamos una foto con las Torre Gemelas del World Trade Center de fondo. Meses después desaparecieron, dejando víctimas y traumas. El mundo no volvió a ser el mismo y, sin embargo, nuestra vida continuó. Hoy deseo que, de igual manera, haya pronto una fotografía en la que, aunque no estemos en ella juntos, al menos aparezcas tú con tu familia, con Manhattan en el horizonte, una vez que la pandemia haya desaparecido.
Con afecto fraternal, Jorge Luis.
Diplomático mexicano residente en Roma.
