Jorge Álvarez

Estampas

Jorge H. Álvarez Rendón (*)

¿Alguna entidad vendrá que limpie el aire? Sacamos la nariz por la ventana y todo luce inhabitado. Como si un tribunal implacable hubiese dictaminado el destierro de las formas habituales de la vida en común.

Como frutos secos caen los días y las casas cerradas pregonan lo neutro de un calendario que se va perdiendo por canales temerosos… marzo, abril, mayo. El viejo reloj parece detenido.

Mas que imaginar un futuro, este parece un tiempo para interrogar los tiempos idos, intentar prevenir otras catástrofes, impedir el llanto. Hay que tener bien cosido el corazón al pecho. No permitir que emigre la esperanza.

Un consuelo es la lectura. Aliviar el amargor diario con las conjeturas de infinidad de ingenios. El hábito, jamás abandonado, resulta ahora sanación, reducto de alivio, baño en el agua tibia de las reflexiones dejadas por mentes inquisitivas y libres.

Está el volumen de poemas, soplos de cuidada métrica, azucarado zumo de limón o mordisco que no permite duda sobre la realidad de la existencia: Vallejo, Lorca, Neruda… explorados de nuevo en la redondez de su maestría.

Las biografías. Voz de un trovador que nos relata la gracia de Leonor de Aquitania. Humo de las barricadas parisinas rodean al adolescente Rimbaud. En medio de la batalla de Ipsos hallamos al portento macedonio, seguro de su origen divino, tenaz en su avance sobre Asia.

Los cuentos. Largos cabellos de la vieja Rusia se extienden en los textos del inmenso Chejov. Una niña asomada a la ventana contempla la ventisca. Aquel anciano se queda dormido con sus zapatones nuevos. Un perro deambula buscando a su dueño por las oscuras noches de san Petersburgo.

Mundos ajenos, apéndices floridos de los cuales nos apropiamos para sustentar la espera, levantar un muro que nos prevenga de la depresión y el abandono.

Mientras en el patio, algunas aves, pedazos de lumbre en libertad, nos recuerdan que la obra de Dios sigue su marcha. Por ahí hay una hebra de hilo de la que debemos jalar poco a poco para sentir tierra firme bajo nuestros pies.

Cronista de la ciudad.

 

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