Foto: Megamedia

María Teresa Mézquita Méndez (*)

El silencio comenzó hace casi ocho meses. Después de aquel concierto de la noche del 13 de marzo de este año los sonidos de los instrumentos callaron por completo entre las paredes del Teatro Peón Contreras. El virus microscópico y mortal llegó también a la XXXIII temporada de la OSY, que resultó trunca poco después de comenzar.

Desde casa, entre encierros y protocolos, higiene y distancia, el público de la OSY —que no es un ente abstracto sino una suma de personas—, las maestras y maestros ejecutantes, el director, los funcionarios y empleados del teatro y el Figarosy volcaron su mirada en lo que entonces era urgente y prioritario: acatar la información e instrucciones oficiales, seguir las normas, cuidarse.

Sin embargo y prácticamente desde entonces comenzó la nostalgia por todo lo que juntos compartimos. Entre todo ello, por supuesto que también los conciertos de nuestra OSY. Claro que a lo largo de todos estos meses el público se acercó a la intimidad de la casa familiar de los músicos que ofrecieron con sus instrumentos breves recitales que acompañaron la cuarentena; claro también que cada viernes se retransmitieron por las redes sociales de la agrupación antiguos conciertos, funciones inolvidables de ópera presentadas en el Peón Contreras y momentos culminantes de ensambles corales y musicales. Todo ello, amén de compensar parcialmente una carencia de consumo cultural dejó más en evidencia el innegable poder de una presentación real en la que comparten espacio, tiempo y goce el artista creador y el espectador.

Temporada

El viernes 2 de octubre pasado comenzó la XXXIV temporada. Desde entonces se han ofrecido tres funciones sin público presente que fueron transmitidas en vivo y a las cuales los espectadores virtuales, contados por cientos en tiempo real, respondieron siempre con entusiasmo. Las redes sociales estaban plenas de aplausos, felicitaciones… y nuevamente la nostalgia, el deseo por estar allí, por asistir.

Después de tres funciones de esa manera y una primera el 23 con un reducido grupo de asistentes (a quienes se les agradeció con esta invitación su solidaridad en la temporada anterior) este mes de noviembre llegará con una dádiva muy esperada: el próximo viernes 6 será el reencuentro de la agrupación con el público real, aquel público fiel que ya podrá adquirir sus boletos, ocupar su butaca y finalmente poder escuchar y disfrutar en vivo, todo ello con la proporción y número de personas aprobados por las autoridades y las medidas de seguridad ya establecidas.

Atmósfera

Y es que aun con pocas personas, la atmósfera del concierto del viernes 23 fue diferente: con el violonchelista César Martínez Bourget como invitado especial para interpretar el Concierto en Do mayor de Haydn, y en un programa que abrió con el sonoro Danzón No. 4 de Arturo Márquez y cerró con la Sinfonía No. 2 de Beethoven, el sonido de los aplausos fue indudablemente cálido, esperanzado. Aún con la asistencia reducida, detrás de los cubrebocas se adivinaban las sonrisas de los músicos y el director. La magia fue posible.

En el mundo entero, la debacle económica consecuencia de pandemia del Covid19 no sólo frenó cuantiosas acciones de beneficio social sino también cercenó innumerables proyectos culturales. Pese a ello, hacemos memoria y gracias a la música y el teatro, a la literatura y a las artes visuales expresadas en manifestaciones audiovisuales, gracias al cine, a las series de plataformas por streaming, a los conciertos en solitario, a las publicaciones de libros y artículos, a la música on line y en fin a tantas vías de la expresión humana por medios creativos y sensibles es que han podido sobrellevarse con menos silencio y zozobra las largas horas de aislamiento, los trayectos plenos de incertidumbre, las noches de lluvia, las inundaciones, y la simple soledad del confinamiento.

Relevancia

No es este el espacio para ahondar en teorías sobre las necesidades estéticas de los ciudadanos, pero sí para recordar la existencia de éstas y la pertinencia de procurar atenderlas. Además, una agrupación como la OSY no tiene influencia exclusiva en un reducido número de asistentes a un concierto o en un puñado de ejecutantes; por el contrario, su presencia, a través de sus músicos, sus directores invitados y sus proyectos y el soporte perenne de un patronato sólido y activo genera fuerza creativa, mejora del nivel académico universitario en el ámbito artístico, crea fuentes de trabajo, brinda educación, eleva la calidad interpretativa de las organizaciones musicales privadas que acompañan los actos y episodios más significativos de las familias de Yucatán, fortalece redes de colaboración en el sector cultural y finalmente posiciona a la entidad en el contexto nacional e internacional, actualmente, por ejemplo, como la primera orquesta del país que regresa a la actividad presencial.

Bajo la dirección de Juan Carlos Lomónaco nuestra OSY ha transitado por un repertorio riquísimo y variado, ha acompañado ópera y ballet y, sobre todo, ha construido en torno a sí un público fiel que semana a semana ha completado el aforo a los conciertos, con todas las entradas vendidas. Hoy, con estrategia y creatividad, se ha encontrado la posibilidad de encontrar un repertorio de gran nivel, compatible con los requerimientos de número de ejecutantes adecuados para lograr sana distancia entre los músicos y al mismo tiempo excelente calidad sonora, mérito innegable de una agrupación que ya forma parte de nuestro patrimonio cultural y a cuyo encuentro y disfrute ya tenemos nuevamente, afortunadamente, la oportunidad de acudir. —Mérida, Yucatán

Periodista

 

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