Editorial

Experiencias políticas

Karen Díaz Salgado (*)

El viernes 18 de diciembre el país despertó con la noticia del asesinato , en Puerto Vallarta, del exgobernador de Jalisco Jorge Aristóteles Sandoval Díaz. Era un día como cualquier otro, de esos que se viven en pandemia, que dependen mucho de las noticias que se difunden. La tarde anterior se informó que Armando Manzanero estaba hospitalizado por Covid-19 y que se encontraba en un estado “delicado”.

Un buen contraste. Ambas noticias cobraron relevancia nacional e internacional. Lo que tenían en común es que tanto Manzanero como Sandoval Díaz son reconocidas personalidades en dos estados en los que he vivido.

El gobierno de “Jorge”, como su esposa Lorena Arriaga Rosa lo llamaba; “Aristóteles”, nombre que utilizó para sus campañas políticas, que para muchos pasó sin pena ni gloria. Era una figura del “PRI joven”, esa nueva generación que vivió bajo la sombra de Enrique Peña Nieto y que se creó para que el partido político “limpiara su imagen”.

El primer acontecimiento del gobierno de Sandoval Díaz resultó importante para mí, fue en mayo de 2015. La administración estatal decretó “código rojo” tras un ataque atribuido al Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), que implicó el bloqueo de varias vías en más de 20 municipios, incluidos siete de los ocho de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), bancos y camiones quemados (algunos con pasajeros en el interior), y enfrentamientos, entre los que destacó el ataque a un helicóptero de la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena).

La reacción de Aristóteles Sandoval tras esos acontecimientos fue publicar en Twitter que los hechos se debieron a la “Operación Jalisco”, que tenía como fin la detención de integrantes de una organización delictiva. Horas después convocó a una rueda de prensa asegurando que el estado se encontraba “en calma”, aunque el código rojo seguiría en pie.

Los medios de comunicación relataban esos hechos tal cual su magnitud, pero en algunos puntos de la ciudad se respiraba cierta tranquilidad, algo que realmente me sorprendió. La gente no detuvo sus actividades. El centro de Tlaquepaque estaba como siempre: puestos de comida, restaurantes y comercios abiertos, transeúntes despreocupados y personas entrando o volviendo de trabajar y sin ningún tipo de protocolo de seguridad fuera de lo normal.

Lo único que pude suponer era que los habitantes de aquel estado, en el que yo solo era una estudiante de intercambio, estaban acostumbrados a ese tipo de situaciones. Y me pregunté: “¿Cómo hubiera sido si algo así pasara en Mérida?”.

La siguiente ocasión que la segunda ciudad más grande del país me sorprendió fue coincidentemente en mayo de 2018. Dejé la capital yucateca para trabajar en Jalisco en la campaña electoral de un candidato del PRI. Luego de un mes, el entonces secretario del Trabajo y exfiscal general del Estado, Luis Carlos Nájera Gutiérrez de Velasco, sufrió un atentado mientras comía en un restaurante en la avenida Chapultepec, la cual comparo con Prolongación Montejo de Mérida, donde hay más vida social durante la tarde y la noche. Tras los hechos, Aristóteles Sandoval dirigió una rueda de prensa y en esa ocasión no se decretó “código rojo ni alerta máxima”, pero desde mi perspectiva, ya trabajando con políticos, éstos se mostraron más cautelosos. Cancelaron sus actividades de campaña de ese día.

Para mí fue un día de descanso, con cierto nerviosismo pensando si mi trabajo me podía involucrar en algún hecho parecido… Los tapatíos, seguían con su rutina como en 2015.

Personas cercanas comentaban que “si uno no anda metido en ‘eso’, no la debe ni la teme”. Un mes después, casi al final de la campaña, tuve la oportunidad de conocer a Lorena Arriaga. En ese evento se presentó como presidenta estatal del DIF en apoyo a Miguel Castro Reynoso, en ese entonces candidato del PRI a la gubernatura. Ese mismo día fue uno de los eventos máximos del PRI. Antonio Meade Kuribreña, quien era candidato presidencial de ese partido, llegó a Jalisco a convivir con mandatarios y simpatizantes. Fue interesante presenciar las relaciones entre políticos del mismo color, pero de diferentes niveles. Al parecer, Aristóteles Sandoval, Castro Reynoso y Meade Kuribreña tenían una especie de alianza y buena relación que se reservaban con el candidato para quien trabajé. Ese día el Auditorio Benito Juárez se llenó de priistas. Me sorprendió la cantidad de simpatizantes (y acarreados) del partido, ya que Movimiento Ciudadano estaba ganando fuerza en el estado, algo que se demostró en las elecciones.

En octubre pasado Aristóteles renunció a la presidencia de la Secretaría de Innovación y Participación Digital del CEN del PRI alegando “falta de congruencia” y que “no hay futuro para el PRI recurriendo al pasado”.

Así pues, Sandoval Díaz quizá murió con la idea de un PRI “más revolucionario que institucional”, como en alguna entrevista mencionó, después de concluir su mandato en 2018.— Mérida

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