Catón

Catón

Mira el jardín municipal de este pequeño pueblo. En sus cuatro costados tiene rejas forjadas en estilo porfiriano, que es el estilo francés. Hay una puerta por el lado norte que el cuidador del parque abre a las 7 de la mañana y cierra a las 9 de la noche.

En el jardín hay una fuente donde las niñas se miran como en un espejo y donde los niños echan a navegar barquitos de papel. Tiene también un kiosco en el cual una banda de música interpreta valses —“Alejandra”, “Recuerdo”, “Club Verde”— en las serenatas de los jueves. Los señores y las señoras grandes escuchan esos valses y dicen invariablemente: “¡Hasta parece que me estoy casando!”

Las muchachas y los muchachos no hacen caso de la música. Ellas caminan por el andador que da la vuelta al parque, y ellos caminan en dirección opuesta. Al cruzarse él la mira a ella y ella lo mira a él. Se casarán. Pasará el tiempo; los valses volverán a oírse y él dirá, o dirá ella: “¡Hasta parece que me estoy casando!”

En tiempo de Cuaresma se cierra el parque, y nadie puede entrar en él, excepto el cuidador, que va a regar el césped y las plantas. Es que el parque es un lugar alegre, y en los 40 días cuaresmales no puede haber alegrías. Incluso en las casas las jaulas de los pájaros canoros —zenzontles, canarios, gorriones, clarines— son llevadas al traspatio a fin de que su canto no se escuche.

Pero llega el Sábado de Gloria, y en las iglesias la Gloria se abre. Se abre también el parque, y se oyen otra vez los valses, y las muchachas y los muchachos se miran otra vez. Regresan a su lugar las jaulas de los pájaros, y su canto es el canto de la vida. Cosas de pasados tiempos son ésas que he narrado. Ahora, en medio de esta larga cuaresma de confinamiento que nos ha impuesto la pandemia, recordemos esa lección sencilla, pero eterna: la vida siempre vuele a cantar…

En la cantina le dijo Empédocles Etílez a su amigo Astatrasio Garrajarra: “Ya deja de tomar. Te estás poniendo muy borroso”.— Saltillo, Coahuila.

 

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