Ricardo Alberto Gutiérrez López (*)
¿Se puede definir el amor? ¡No! Es un sentimiento que nos afecta de diferente manera. Pero quizás sea común en todos el afirmar que haríamos hasta lo imposible por lo amado, hasta ofrecer la vida misma.
A lo largo de mi existencia me he encontrado con gente de todo tipo y siempre he tratado de aprender algo de todos con los que he interactuado. He ahí la belleza del vivir. El crecer, el madurar se logra aprendiendo de los demás y de las experiencias que la vida nos pone en el camino. Algunos pasan rápido y sin embargo nos marcan de la mejor manera, dejándonos con la sensación de que no seríamos quienes somos si no hubiéramos tenido el privilegio de tenerlos como parte de nuestra historia.
Leonor era hija de mi tía Amadita y ambas vivían en Ciudad de México. En noviembre de 1956, mis padres nos llevaron a vivir ahí y las fuimos a visitar. Quedó grabada en mi memoria la sensación de desagrado que me produjo inicialmente el ambiente del lugar. Era un departamento oscuro y feo situado en alguna calle de la colonia Roma.
Tal vez esta sensación contribuyó a que me deslumbrara la belleza de mi prima Leonor. Destacaba por su belleza, me pareció que era la única luz que alegraba ese triste lugar. A mis trece años, me sentí embelesado por su juvenil presencia. Una hermosa niña de doce años. Su imagen quedó en mi memoria junto con un sentimiento de atracción muy especial que me acompañó desde ese momento. A pesar de lo breve de nuestro encuentro, su imagen nunca me abandonó.
Pasaron los años y la volví a ver en Mérida en 1961. Vinieron a esta ciudad por algún motivo que escapa a mi memoria, quizás fue por las vacaciones. Instantáneamente revivió en mí las sensaciones de años atrás y sin pensarlo mucho, la invité a ir al cine. Nos fuimos al cine Cantarell en el centro de la ciudad a ver y la película que estaban proyectando era nada menos que la estupenda “Amor sin Barreras”. Después fuimos al Smoking Club de San Fernando a cenar sandwichitos de Pedrito e Inés. La pasamos de maravilla.
Los años transcurrieron. Nuestros encuentros eran ocasionales cuando, por cuestiones de su trabajo, venía a Mérida o cuando murió su hermano Pepe y su papá. No lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que hablábamos por teléfono con cierta frecuencia. La sentía cercana y me importaba muchísimo el estar pendiente de su vida. Así me enteré que se unió a un piloto casado con quien tuvo una hija: Adara. Tal vez se conocieron en el trabajo, pues Leonor fue aeromoza de Mexicana de Aviación durante dos décadas. Su relación con el piloto duró años. Se ocupaba de mantenerla a ella y a su hija.
Con el tiempo el piloto, quien estaba jubilado por Mexicana, sufrió un revés económico cuando el responsable huyó con el dinero de las pensiones, dejando desprotegidas a muchas personas incluyéndolo a él. Supe que posteriormente se dedicó a pilotear una avioneta con la que llevaba mercancías de un lugar a otro en el estado de Chiapas. A consecuencia de estas estrecheces monetarias, dejó de mantener a Leonor y a su hija. No supe qué más pasó con él.
Como si fuera poco lo ya padecido, la vida le tenía preparada una nueva sorpresa a Leonor: se le diagnosticó un problema cardiaco menor, por lo que fue cesada de su trabajo. Supe que invirtió todo el dinero recibido por su liquidación de Mexicana de Aviación en montar una papelería. Dinero que perdió en su totalidad cuando fracasó su proyecto. Así pasó los años, en una lucha continua por mantener a flote a su familia.
En 1993, adquirí y restauré un automóvil Ford Fairland modelo 1962. Le mandé instalar un estéreo con tocacintas en el cual exclusivamente se reproducía música de los años sesenta y que obviamente incluía los temas de “Amor sin Barreras”.
Coincidió que en febrero de ese año, Leonor se encontraba de visita en Mérida; me apresuré a invitarla a salir. Fuimos al cine y a comer sandwichitos al Smoking club. Hablamos mucho, igual que lo hacíamos años atrás. Y aunque ya no sentía ese enamoramiento juvenil de antes, sí sentí que el afecto evolucionó en un profundo y genuino cariño hacia ella; desarrollamos un vínculo muy fuerte mutuamente.
Al escuchar acerca de su situación, le propuse que se viniera a vivir a Mérida, que le ofrecía trabajar conmigo en la Prepa México. Me dijo que aceptaba. Que iría a Ciudad de México a arreglar unas cosas y regresaría para quedarse.
Por esos días mi padre enfermó gravemente y murió una semana después. Leonor pospuso su viaje, decidiendo quedarse a hacer compañía a mi mamá. Fue un gran consuelo tenerla con nosotros. Estuvo en Mérida casi un mes, lo que nos dio la oportunidad de conocernos ya como adultos.
Finalmente partió para Ciudad de México, con la firme resolución de volver en un plazo máximo de tres meses. Pero el destino nuevamente tenía otros planes.
Por conducto de su hermano Jorge, me enteré que Leonor había sido internada por un problema relacionado con su alta presión arterial, y que le practicarían más exámenes. Lamentablemente falleció dos días después, así sin más, súbitamente. Llamé a mi tía Amada pero sólo pude hablar con su hermano Jorge. Consciente de la difícil situación económica en la que vivían, le ofrecí mi ayuda para afrontar los gastos del funeral. Ayuda que inmediatamente envié. Al poco rato recibí la llamada de mi tía Amada, diciéndome que no podía recibir mi ayuda. Yo no acepté tal negativa, insistí explicándole finalmente que ella sabía cuánto había querido a Leonor y que, aunque había aceptado la distancia en nuestras vidas, de ninguna manera iba a renunciar a no hacer todo lo que estuviera en mi mano en su muerte. Conmovida, mi tía accede y me manda en agradecimiento una foto y un objeto personal que había pertenecido a mi prima. Ambos recuerdos se encuentran atesorados en mi oficina de la prepa hasta el día de hoy.
Ese día me pesó mucho el alma. Solamente se aligera mi carga cuando pienso que Dios permitió que nos despidiéramos y que ella está esperándome en el lugar de paz donde no habrá más miedos.— Mérida, Yucatán.
leconser@yahoo.com
Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado
