Los atletas mexicanos en las olimpiadas
La medallas con boteadas saben más —Misael Rodríguez (boxeador)
Era el 14 de octubre de 1968, dos días después de la inauguración de los juegos olímpicos en México. La caminata de los 20 kilómetros. Al entrar los competidores al estadio de Ciudad Universitaria el público explotó, después de una difícil prueba ahí estaba a solo 300 metros de la meta el Sargento Pedraza, en bravía reacción compitiendo con los soviéticos Vladimir Gulobnichiy y Nikolay Smaga, bajo un enardecido estadio que lo impulsaba a más no poder.
El militar rebasó a Smaga, pero le faltaron metros para hacer lo mismo con Gulobnichiy que por solo dos segundos derrotó al mexicano. El rictus del esfuerzo de nuestro atleta fue memorable, como lo fue la sonora mentada de madre que, según se contaba, y muy al estilo mexicano, le propinó al soviético.
“En el carril número 4 se está colando, es la locura, la medalla de oro es para México, sí señores “el Tibio”, la locura…” Y vaya que lo fue, la voz en la narración de Agustín “Escopeta” González quedó para siempre en nuestros oídos.
Por cierto, pocos saben que esta hazaña se gestó en la alberca de la Unidad Deportiva Morelos del IMSS en CDMX, con un chico de 17 años, Felipe Muñoz, entrenado en aquel entonces por un hombre de singular fortaleza: Nelson Vargas.
Olimpiada de Los Ángeles en 1984, inolvidable escena. Han cruzado la meta en primer y segundo lugar dos mexicanos: Ernesto Canto y Raúl González. Segundos más tarde, el primero con un sombrero de charro, fundidos en un abrazo. Unos días después, el hombre del enorme bigote ganaría la medalla de oro en los 50 kilómetros.
En Sidney, Australia, comenzando el siglo, Soraya Jiménez con la rodilla izquierda lesionada, logra la hazaña, levanta más de 220 kilogramos, suelta las pesas, da un espectacular salto para celebrar, el mismo que dimos todos por la hazaña: nuestra primera atleta en ganar una medalla de oro.
Cuatro años después, para ser exactos el 24 de agosto, recuerdo haber interrumpido la clase de Ortopedia que daba a mis alumnos de la Unimayab, el motivo: Ana Gabriela Guevara competía en los 400 metros en las Olimpiadas de Atenas. La velocista conquistó la medalla de plata apenas a centésimas de Tonique Williams.
“Gol de Oro, gol de oro, gol de Oribe ¡Gol de México! Oribe, Oribe, no te mueras nunca Oribe. Te amo Peralta, te amo Peralta. Doy todo por ti, tú eres el héroe de la película. Yo te amo Peralta. Dr. García, vamos a morir con Oribe. Que nos entierren juntos, Oribe. Por el amor de Deus el carnaval es mexicano”. El segundo gol de México, que venció 2 a 1 a Brasil. La narración de Christian Martinoli. Londres 2012, en la cuna del futbol y contra Brasil, el gigante sudamericano. El oro olímpico era nuestro, y digo nuestro porque así somos en la victoria: todos somos los dueños.
Tal vez podríamos seguir remembrando algunas otras gestas olímpicas. La actuación en los clavados, el Taekwondo… Mencioné los anteriores porque tal vez sean los que más me han entusiasmado.
¿Qué no nos hemos emocionado con nuestros atletas en las olimpiadas?, ¡por el amor de Dios!, nadie puede decir eso. En los tiempos modernos somos un pueblo con una perenne urgencia en tener buenas noticias, necesitados de triunfos que alimentamos cada 4 años por considerarlos propios, por el amor que le tenemos a nuestro país.
A lo largo de la historia de juegos olímpicos, sin contar los actuales de Tokio, México ha obtenido 70 medallas: 13 han sido de oro, 24 de plata y 33 medallas de bronce.
Cada 4 años, como un mal cartabón, esperamos mucho más de lo que se obtiene. La gran mayoría de los deportistas mexicanos hacen lo que pueden, muchas veces con lo poco que tienen. Hablar de la historia del esfuerzo y sacrificio para llegar a una olimpiada es irnos a un relato, por lo general, acompañado de un sinfín de sinsabores.
Los de cuna más humilde, los que utilizan el transporte público, o de plano se van a pie a sus entrenamientos. Los que tienen que “botear” para un pasaje de avión, los que compran sus uniformes y sus arreos de entrenamiento, los que son observados por las grandes empresas, en un perverso casting para ver si se debe apoyar o no al atleta que luego regresará el favor con creces en cuestiones publicitarias.
¿Por qué no se avanza más? También las respuestas tienen un cartabón: No se alimentan bien, es la raza, el rezago social y un largo etcétera, sin faltar por supuesto el poco interés de algunos gobiernos, la corrupción en las federaciones, la falta de instalaciones adecuadas y otro largo etcétera.
Pero así como el país se inventa cada seis años, en lo referente al deporte ocurre otro tanto: nula continuidad, con cambios de dirección, ajustes, cuando no recortes presupuestales, creación y desaparición de apoyo y becas.
¿No hay planeación? ¿Será el modelo neoliberal? No se trata tampoco de sistemas políticos. Recordemos las potencias deportivas que han sido no solo los países capitalistas, muchos del bloque comunista, incluyendo a Cuba, lo fueron durante la llamada Guerra Fría. No es el sistema político… ¿entonces, qué es?
Los prospectos mexicanos en box que competían en juegos olímpicos ya eran observados por estos buitres que apenas se descolgaban la medalla del cuello se los llevaban al pugilismo profesional; excepto casos como los de Ricardo Delgado o Alfonso Zamora, la conversión no fue del todo redituable.
¿Y qué pasa con estos atletas que nos han dado la satisfacción de una medalla? Algunos han incursionado en cargos públicos, la política, se han vuelto comentaristas, o dedicado a otra actividad. Otros ex medallistas son llevados a dirigir el deporte nacional, como si esto fuera una recompensa, como si el obtener una medalla sea el único requisito en puestos plagados de intereses creados y relaciones con grupos de poder en las distintas federaciones.
Prefiero quedarme con la imagen de ellos compitiendo, con sus historias de triunfo, y lo digo sobre todo por la actual dirigente del deporte nacional. Algunas de estas historias con epílogos tristes.
Decía el Sargento Pedraza: “esta pinche medalla de plata solo me ha traído desgracias, se me murió mi mujer…, solo obtuve un Rolex que vendí en mil pesos” y pasó sus últimos años viviendo de la magra pensión de la milicia.
O el triste caso de Soraya Jiménez, nuestra atleta que hoy tendría 44 años, y murió por secuelas de la influenza, triste y decepcionada por el poco apoyo en momentos claves de su enfermedad y los múltiples procedimientos quirúrgicos a sus maltrechas rodillas.
Y es muy seguro, como suele ocurrir, que al terminar estas olimpiadas vendrá una vez más la cascada de críticas, algunas injustas en contra de nuestros atletas, pero las más, y más que merecidas para los federativos.
Se llamará a rendición de cuentas y se pedirá la destitución de la titular de la Conade, lo cual no ocurrirá y es muy probable que desde el púlpito del Palacio Nacional, se escuche el clásico: “¡no estás sola, no estás sola…!” en un gobierno que ha retirado apoyos de todo tipo, recortando becas, estímulos para deportistas de alto rendimiento, que prefiere invertir en remodelación y construcción de estadios de béisbol.
Tristemente nos damos cuenta que el deporte no es prioridad junto al arte, la cultura y la ciencia. No olvidemos que son la fortaleza de nuestro tejido social. Mientras tanto sigamos siendo en las olimpiadas el país del “ya merito”.— Mérida, Yucatán.
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Médico y escritor
