La hora de la sociedad (II)

Eduardo Seijo Gutiérrez (*)

Una vez que en la primera parte de este escrito hemos visto que a la ciudadanía le corresponde un papel protagónico en el sistema político democrático, que tiene el derecho y el deber de controlar por medios lícitos a sus gobernantes, procederemos a exponer las principales dificultades a vencer.

Hay que superar la mentalidad individualista, contraria a la solidaridad fraterna, en la familia, la escuela, la comunidad de trabajo y en los organismos intermedios. Estos organismos constituyen en sí una escuela de participación, elemento fundamental de la democracia.

Para lograr lo anterior, se hace necesario combatir con el ejemplo y con formación la pasividad egoísta, la apatía y el temor de muchos ciudadanos, que esperan que sea un país vecino, un líder carismático, los partidos políticos u otros, los que resuelvan nuestros problemas políticos, económicos y sociales.

Esta forma de pensar tiene lamentables consecuencias que estamos viviendo. Somos nosotros, la sociedad civil, quienes superando nuestras autolimitaciones impulsaremos el cambio para tener un país más justo. Cambio que también debe repercutir, para bien, en los gobiernos.

Las organizaciones de la sociedad civil (OSC) son fundamentales en el sistema político democrático porque, en sí, son forma vital de participación ciudadana.

El gobierno, respetando el principio ético social de la subsidiariedad, no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino apoyarle con miras al bien común. Es un principio tan básico, que respetar la subsidiariedad equivale a promover la participación ciudadana.

Por este motivo, las OSC se deben beneficiar del principio de la subsidiariedad según el cual la autoridad debe alentar su creación y su desarrollo. Estos entes son parte del tejido social que se requiere para que haya desarrollo sociopolítico y económico en la solidaridad, que es hacernos responsables unos de otros, y en la justicia, para que haya paz.

Dictaduras

El hombre es un ser que busca la verdad, la profundiza y se esfuerza por vivirla en un diálogo intergeneracional. Una verdad que entraña el reconocimiento de un principio superior, de un absoluto que permite tener una escala de principios y valores que garantice una conducta que favorezca el desarrollo integral de todos, que respete el Estado de Derecho y oriente la acción política.

Hay que estar conscientes y propiciar esta guía segura para nuestro sistema político porque sin estos principios y valores se convierte con facilidad tarde o temprano en una dictadura visible o encubierta como demuestra la historia de las democracias y nuestra propia historia nacional. La dictadura acrecienta la desigualdad y desmantela el sistema político democrático.

Analizando nuestra realidad es evidente que hace falta impulsar la formación de la conciencia social, lejos de toda ideologización. Promover una cultura que se exprese por el respeto a la dignidad humana, a la solidaridad, a la subsidiariedad, a la participación, al destino universal de los bienes y el bien común, teniendo como marco de referencia la libertad, la verdad, la justicia y la caridad.

La falta de la cultura antes mencionada origina que proliferen malos gobiernos generadores de injusticia social, de pobreza de muchos, y una sociedad donde campea la participación efímera.

La pobreza material y espiritual que padecen muchos mexicanos es producto de malos gobiernos, pero también del egoísmo social que nos aparta de la visión de ser responsables en procurar que haya equidad, que también debe incluir el cuidado del medio ambiente, para que a nadie le falte lo necesario para su propio perfeccionamiento.

Nuestros hermanos desposeídos deben ser sujetos de la necesaria asistencia, como inicio de un proceso que debe rematar en la promoción integral y lejos del degradante paternalismo. En esta tarea debemos involucrarnos todos: el gobierno, las OSC y los ciudadanos en lo individual, guiados por el espíritu de solidaridad fraterna. Todos podemos compartir algo.

Epílogo

Por todo lo antes dicho se puede afirmar que ha llegado la hora de la sociedad civil. Participemos cívicamente por deber, por derecho, con suficiente fuerza y con perseverancia, en la tarea de controlar a nuestros gobernantes por el bien de todos, incluidos éstos.

En la sociedad civil hay el ingenio y la creatividad que se requieren para poner en marcha y llevar a cabo su insustituible misión de ser protagonista del desarrollo integral de nuestra nación.

Quisiera concluir parafraseando una recomendación de san Juan Pablo II a los países americanos: “SI quieren la paz, trabajen por la justicia. Si quieren la justicia defiendan la vida. Si quieren la vida, abracen la verdad, la verdad revelada por Dios”.—Mérida, Yucatán

opdac.org.mx

Integrante del Organismo Promotor de Instituciones para la Democracia, A. C. (OPD)

 

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