Filiberto Pinelo Sansores
Filiberto Pinelo Sansores

Se frustraron los deseos de los adversarios del gobierno de AMLO que deseaban ver humillado a su titular por alguna salida de tono de Joe Biden, el presidente estadounidense, durante la Cumbre de Líderes de América del Norte, celebrada en Washington, el jueves 18, ya fuera a solas, en la bilateral, o en presencia de Justin Trudeu, primer ministro de Canadá, en la trilateral.

Durante semanas estuvieron haciéndose ilusiones de que eso ocurriría, pensando en que quien iba a representar a México estaba hecho de la misma pasta que los mandatarios anteriores caracterizados por genuflexos.

Deseosos estaban de que el primero dijera al segundo que estaba mal que tratara de fortalecer a la CFE porque ello implicaría que afectara a las empresas extranjeras que hacen pingües negocios con los subsidios que el país les da con recursos provenientes del esfuerzo de todos los mexicanos o que dejara de practicar la política exterior soberana que ha permitido a México, al mismo tiempo que firmar un tratado, el T-MEC, con la potencia del norte, condenar, sin ambages, su criminal bloqueo a Cuba para someterla.

Pero se quedaron con las ganas. Las reuniones, tanto una como la otra, transcurrieron como el presidente mexicano había previsto y culminaron con acuerdos para beneficiar a los tres países sin ningún desencuentro entre las partes.

Por el contrario, hubo un mejor entendimiento sobre lo que cada país defiende.

Habrá quedado en Biden la convicción de que estaba ante el representante de un país que goza del respaldo de su pueblo y por eso expresa sin ambages sus posturas que no pretenden el antagonismo con las del anfitrión, sino sólo ser firmes en defensa de los intereses del país que representa.

Y en AMLO, la de estar en presencia de un mandatario que, en el breve lapso que lleva, ha respetado, quiérase o no, la soberanía de México, a pesar de los llamados a intervenir en nuestros asuntos internos que, desde acá se le hacen.

Quien mejor expresó su decepción porque no se cumplieron las expectativas del grupo fue Jorge Castañeda, excanciller de Vicente Fox, quien escribió: “Existía la posibilidad —o quizás solo un deseo piadoso— de que en el encuentro entre López Obrador y Biden, el segundo ya no se haría de la vista gorda ante sus múltiples diferendos con el primero. No parece haber sido el caso, todo parece indicar que Biden sigue empeñado a no tocar a López Obrador ni con el pétalo de una rosa” (D. de Yuc., 20-11-21). Esta postura recuerda a quienes fueron a Europa a buscar emperador en el pasado siglo XIX.

Qué doloroso ha de ser para los que piensan que el país debe ser una sucursal norteamericana que un presidente mexicano, distinto a quienes lo antecedieron, haya no sólo salido airoso de su encuentro con el representante del país más poderoso y belicoso de la tierra sino hecho propuestas puntuales para mejorar las condiciones de vida de las tres naciones.

Es la primera vez en mucho tiempo que un presidente mexicano regresa de una visita a la Casa Blanca sin que los ciudadanos de su país sientan que un jirón de su soberanía quedó flotando en tierras ajenas. Esto es así porque es poco el respeto que los jefes de Estado del país del Norte han brindado a los anteriores presidentes mexicanos, siempre listos a ceder ante los más mínimos deseos de aquéllos, como lo muestra la historia reciente.

En 2001, Vicente Fox permitió que, desde su rancho en Guanajuato, George Bush, con una total falta de respeto a México, ordenara un bombardeo a instalaciones militares de Iraq, un país con el que el nuestro no estaba en guerra, en lugar de hacerlo desde su propio país.

Y un año después, en marzo de 2002, su servilismo se expresó de nuevo en el célebre episodio del “Comes y te vas”, cuando le pidió a Fidel Castro, invitado a la Cumbre de Jefes de Estado de América, que se regresara a su país antes de la cena dada a todos ellos, porque no quería que su presencia entorpeciera la digestión de Bush.

Con Felipe Calderón la historia no fue muy distinta. Aceptó la imposición de la iniciativa Mérida que permitió al gobierno norteamericano irrumpir en México con hombres y armas que “orientaban” a las fuerzas federales en la guerra contra las drogas con que inició el proceso de muertes, desapariciones y reguero de tumbas que todavía sufre el país. En su periodo, con un programa llamado Rápido y Furioso, funcionarios de Estados Unidos introdujeron decenas de armas en México para seguirles la pista y capturar a quienes las usaran, que sirvieron para asesinar a muchos mexicanos sin capturar a un solo capo, sin ninguna reacción del entonces presidente mexicano.

Es célebre la metida de pata de Enrique Peña Nieto al invitar a Los Pinos a Donald Trump, cuando aún era candidato para congraciarse con él creyendo que si triunfaba en las elecciones presidenciales de su país, como en efecto ocurrió, lo trataría bien. Pero, lo único que logró fue darle aire a su campaña al servirle de patiño en su propia casa.

Todavía no se alejaba del lugar donde había sido recibido y ya el magnate estaba burlándose —en un mitin en Arizona— de quien había sido su anfitrión. Lo demás es historia conocida.

La declaración conjunta de la Cumbre consigna que propuestas de México fueron acogidas muy bien por los otros países e incorporadas al proyecto común, tanto para fortalecer su integración económica —con total respeto a sus soberanías—, potenciar la región y, en consecuencia, mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, como para resolver problemas singulares que los afectan como el de la migración, que impacta sobre todo, a México y Estados Unidos, y el del combate a una pandemia que todavía no termina.

Hacía tiempo que los mariachis no sonaban a las puertas de la Casa Blanca, en muestra cálida de apoyo de la comunidad mexicana en Estados Unidos, a un presidente mexicano. Compárese esto con los gritos de ¡asesino¡ contra Calderón cuando visitó a Obama en marzo de 2011 o las corretizas a Peña Nieto cada que ponía un pie en Washington. Una grande y sustancial diferencia.— Mérida, Yucatán.

fipica@prodigy.net.mx

Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa

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