El Estado tiene un origen popular y sus elementos constitutivos son la población, el territorio, el gobierno y la soberanía, y es creado para beneficio del pueblo que le ha dado vida.
Por eso conviene remarcar que el gobierno es una parte del Estado y no hay que confundirlos. El Estado permanece a través del tiempo y el gobierno cambia cada cierto tiempo.
El Estado tiene como fin el bien común, mediante un orden jurídico que debe basarse en la justicia y que establece normas que deberán cumplir tanto las autoridades como los individuos y grupos que integran la sociedad.
La fundamentación del Estado es la sociabilidad, ya que el ser humano, además de la vertiente individual que lo hace diferente a los demás, tiene una vertiente social que lo lleva a la convivencia y que le permite satisfacer necesidades que están más allá de su esfuerzo personal y así, poder realizar sus potencialidades y lograr su crecimiento.
Ahora bien, a lo largo de la historia, la humanidad ha ensayado diversas formas de estructuras políticas y la experiencia ha demostrado que la democracia es la forma de gobierno que mejor corresponde a la persona en su dignidad y a las exigencias de igualdad, tolerancia y pluralismo.
Hay que insistir en que el fin del Estado es el bien común, pero no hay que entender éste sólo como la suma de bienes particulares ni como el bienestar de la mayoría, sino como el conjunto organizado de condiciones económicas, políticas, jurídicas y culturales que den igualdad de oportunidades para que cada quien responda a su propia vocación de crecimiento.
Hay que decir entonces que se distorsiona la naturaleza del Estado cuando su gobierno pretende convertirse en una entidad absoluta que, al no considerar el principio de subsidiaridad, quiera imponerse sobre los ciudadanos, dictándoles desde arriba qué es lo que deben pensar, creer y querer.
La sinrazón del poder
Desde la más remota antigüedad, el hombre siempre ha luchado por el poder, y muchos lo han visto como prerrogativa, como recompensa o botín, como una manera de privilegiar la soberbia, el orgullo y el dominio sobre los demás.
Esta tendencia de obtener el poder como instrumento de dominio produjo los totalitarismos y el ejercicio abusivo de la autoridad, como, por ejemplo, la muy usada “razón de Estado”.
Sobre el bien de las personas se colocó al Estado, transformado en una personalidad colectiva suprahumana, uno de cuyos modelos más acabados fue el de Luis XIV, quien afirmó que el interés estatal es lo supremo y declaró que el fin más alto de la política es la grandeza, el bien y el poder del Estado. Él dijo la conocida frase: “El Estado soy Yo”.
En el siglo XX los totalitarismos, Fascismo, Nazismo y Comunismo, dejaron una estela de absurdas locuras, de increíbles matanzas y de crueldades.
En el fondo, se trata de lo mismo, lo que se busca es el poder por el poder mismo y todas la ventajas y privilegios que da al grupo que gobierna (o desgobierna). El error está en el vano propósito de construir un sistema sin tomar en cuenta la libertad y la dignidad de las personas, en abierta violación de sus derechos y de su integridad.
La razón del poder
Y aunque el bien común es el fin del Estado y de su gobierno, no es un fin en sí mismo, sino un medio para la realización del hombre. La vida humana y su libre desarrollo son los valores más importantes. La prioridad es la persona que siempre debe estar al centro.
El derecho, la política y la ética convergen en el llamado Estado de Derecho, en el que el poder público es el primero en someterse a las leyes y en respetar la libertad y los derechos humanos y que no son otorgados por ninguna autoridad, porque pertenecen a la persona desde el momento de la concepción.
El gobierno, al ejercer el poder, está obligado a reconocer estos derechos, protegerlos y garantizar su ejercicio. De ahí que se haya generalizado la figura del “Ombudsman” o defensor de los derechos humanos que, en los países de elevado desarrollo democrático son designados por la sociedad; lamentablemente, esto no pasa en otros países en los que el “Ombudsman” es un burócrata empleado del propio gobierno.
Tanto el derecho como la política son funciones colectivas, instituciones del orden social, por lo que es necesario tener siempre presente que es la persona humana el punto de partida, autor y destinatario de ese orden social institucional.— Mérida, Yucatán.
opdac.org.mx
Licenciado en Derecho y Doctor en Filosofía. Integrante del Organismo Promotor para la Democracia, A. C. (OPD).
