Una ciudad orientada por el capital, es un mercado.
Antonio Salgado Borge (*)
Mérida está creciendo y cambiando aceleradamente. Uno de los elementos de nuestra ciudad que más me ha llamado la atención este fin de año es su nuevo formato de decoraciones navideñas.
En el norte de la ciudad, glorietas icónicas han sido vestidas con adornos como renos, nieve, o Santa Claus, patrocinados por marcas comerciales. En cada uno de estos sitios, un logo gigante de la marca patrocinadora y motivos asociados con su imagen acompañan a las decoraciones.
Para algunas personas, este tipo de decoraciones pueden parecer el resultado de un ganar-ganar intrascendente. El Ayuntamiento gana, pues obtiene adornos navideños sin gastar fuertemente. Las empresas también ganan, pues tienen la oportunidad de vestir sitios en lugares privilegiados con sus logos, colores y elementos asociados con su marca.
Esta lectura es tentadora, pero aquí argumentaré que está radicalmente equivocada. Mostraré que lo que estamos viendo en las glorietas es el reflejo de una tendencia mucho más amplia, y que esta tendencia no es inofensiva.
Empecemos con el caso concreto de las glorietas. La cesión de espacios públicos a empresas particulares no es inédita en Mérida. Hace algunos años, una empresa embotelladora colocó estatuas homenajeando a sus refrescos en una transitada avenida. En ese entonces, probablemente por la falta de justificación presentable, llovieron quejas y reclamos.
Hay algo profundamente problemático en el hecho de permitir que marcas tomen espacios públicos. Por su naturaleza, esos espacios deberían ser para todas y todos, y no para una compañía. Además, el gobierno en turno debería gestionar con justicia esos espacios. Esto significa el hecho de que una persona o empresa pueda pagar más no debería implicar que esa empresa reciba un privilegio.
Alguien podría replicar que la analogía no aplica, pues en el caso de las glorietas las decoraciones navideñas habrán desaparecido en unos días. Nuestras glorietas regresarán a la normalidad y la vida seguirá como si nada.
A ello se debe responder que la duración del evento no tiene un efecto directo sobre el argumento. Es decir, que lo explicado arriba aplica así haya durado el evento un minuto o todo un año.
Pero esto no es lo más importante. Lo más relevante es lo que estamos viendo en nuestras glorietas es un perfecto botón de muestra clara de una tendencia que se ha venido desenvolviendo delante de nuestras narices; una lógica perniciosa que corroe espacios públicos y que afecta la calidad de vida de las personas que viven en Mérida.
Para ser claro, la tendencia es la siguiente: al igual que en el caso de las glorietas, bajo la apariencia de un ganar-ganar, desde hace tiempo muchas decisiones del Ayuntamiento de Mérida están orientadas principalmente por el interés público, sino por intereses privados.
Al igual que ocurre con las glorietas, el Ayuntamiento gana porque obtiene decoración; en este caso, un barniz que da la apariencia de desarrollo.
Para ilustrar este punto, le invito a hacer un recorrido mental por el norte de Mérida, entendido en su sentido más amplio, eliminando del paisaje todas las fachadas de tiendas, restaurantes, servicios, así como los anuncios comerciales y las enormes plazas recientemente desarrolladas. ¿Cómo se verían los espacios sin ellas? Es claro que permitir que intereses privados hagan y deshagan a su antojo tiene como “beneficio” vestir a la ciudad sin tener que invertir o hacer gran cosa para ello.
Los desarrollos comerciales dan apariencia de modernidad y prosperidad. Pero hemos visto que ello es engañoso, pues éstas son, literalmente, meras fachadas que no se traducen en mejores espacios públicos.
Pero este fenómeno cobra otra dimensión cuando se considera que el dominio del capital por encima del interés termina lesionando la calidad de vida. En el caso de Mérida, tres tendencias ayudan a ilustrar este punto.
(1) La primera es el intolerable y creciente grado de contaminación auditiva que tenemos en nuestra ciudad.
En distintas zonas de la ciudad el nivel de ruido que surge de comercios rebasa cualquier estándar admisible en una ciudad que se precie de respetar las normas y cuidad la calidad de vida de sus ciudadanas y ciudadanos.
En Mérida, buena parte de esta contaminación proviene de bares y restaurantes. Si bien es cierto que muchos están instalados en zonas comerciales, también lo es que algunos optan por un volumen que produce que su música se escuche a varias cuadras a la redonda. Ejemplo de ello son los bares en la avenida García Lavín, como “Cotorritos”.
La contaminación auditiva también proviene de bocinas que algunos negocios instalan en su exterior para llenar el espacio de música o promociones con el fin de “atraer” clientes. El resultado es que no es posible transitar espacios públicos sin ser bombardeado por ruidos o anuncios en forma de audio. Lo que es peor, la bulla incluso se escucha al interior de las residencias a varias cuadras a la redonda. Ejemplo de esto son algunas sucursales del “Dr. Simi”.
En teoría existe un reglamento nuevo en materia de contaminación auditiva, pero este evidentemente es letra muerta o no aplica en todos los casos. Y hay motivo presentable para ello. El Ayuntamiento prefiere dejar hacer a los negocios con su ruido (que, dicho sea de paso, es totalmente innecesario con fines comerciales) antes que velar por la calidad de vida de sus ciudadanas y ciudadanos.
(2) La segunda tendencia que ejemplifica el fenómeno mencionado arriba son las escarpas, aceras o banquetas.
Las escarpas tendrían que ser espacios accesibles para cualquier persona. Es a través de ellas que las peatonas y los peatones se desplazan. También son vías que comunican a quienes utilizan el transporte público cuando se mueven de un paradero a otro. Finalmente, tendrían que ser caminos que permiten el encuentro entre personas; mucho se ha comentado que gobiernos autoritarios buscan hacer las escarpas estrechas para que esto ocurra.
Es obligación del Ayuntamiento hacer que cada escarpa de la ciudad cumpla con estas funciones. Sin embargo, claramente éste no es el caso. La mayor parte de los casos las nuestras no son uniformes en su altura, no tienen acceso para personas discapacitadas.
Los comercios o capitales entran al quite en materia esté estética cuando remodelan o habilitan estos espacios para fines comerciales. Pero ello suele ir en detrimento de la razón de ser de las aceras.
En algunas ocasiones, éstas son invadidas por sillas y mesas; en otras terminan siendo rampas para vehículos; hay incluso casos donde con un intencional elitismo en mente, se tienen a la mitad para impedir el paso a peatones.
(3) La tercera y última tendencia está relacionada con la contaminación visual.
La más evidente muestra de esto son los cientos de carteleras publicitarias que han inundado la ciudad gradualmente (algunas incluso son pantallas móviles). Aunque están asentadas en espacios privados, este tipo de estructuras impiden a la vista acceder al horizonte o descansar de distracciones.
Pero la contaminación visual también llega a espacios públicos. Por ejemplo, en Mérida han proliferado señales de tránsito que en realidad son publicidad encubierta. Así, junto a la señal que indica la dirección de un hospital, escuela o avenida importante, y exactamente en el mismo formato, se puede apreciar la señal que dirige hacia un supermercado o tienda intrascendente.
Algunas de estas señales incluyen los logos de las empresas. ¿Por qué el Ayuntamiento ha promovido este formato? ¿En serio es igual de importante para los automovilistas conocer la dirección de la carretera a Progreso que la del “Super Akí” más cercano?
Finalmente, la contaminación visual también ocurre en forma de las estatuas que se han multiplicado en camellones y otros lugares públicos, así como en los nombres de algunas avenidas.
Aunque no hemos llegado al punto de normalizar las estatuas dedicadas a marcas o botellas de refrescos, sí que es cierto que se han instalado estatuas o bustos dedicadas a personas que en muchos casos no tienen como mérito principal su aporte a la comunidad sino haber contado muchos recursos y haber sido “buenas gentes”. Estos son los nombres y caras que empiezan a quedar grabados en nuestros espacios públicos.
En este artículo he argumentado que las decoraciones navideñas patrocinadas con logos y motivos de empresas en las glorietas es el reflejo de una tendencia mucho más amplia, y que esta tendencia no es inofensiva.
Las empresas son cruciales para el desarrollo económico de una ciudad y sus establecimientos y espacios comerciales son vitales. Pero de ello no se sigue que un gobierno deba poner este tipo de desarrollo por encima de la calidad de vida de sus gobernados. A fin de cuentas, una ciudad es mucho más que un mercado.— Mérida, Yucatán.
asalgadoborge@gmail.com
Antonio Salgado Borge
@asalgadoborge
Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo).
