La historia y su conceptualización
Los iconoclastas hicieron muchas más estatuas de las que destruyeron, Gilbert Keith Chesterton
A mitad del año pasado, en la mañanera, el señor presidente dijo: “Sobre las estatuas, pues solo las que tienen que ver con nuestra cultura, porque ya no es tiempo de rendir culto a las personalidades…en mi caso, tengo escrito en mi testamento que no quiero que se use mi nombre para nombrar ninguna calle, no quiero estatuas, no quiero que usen mi nombre para nombrar una escuela, un hospital, nada absolutamente”, lanzó el jefe del Ejecutivo Federal.
Es muy probable que en esta sentencia pueda existir de todo: desde un dejo de humildad, sensatez, discreción, cordura, pero sobre todo una buena dosis de sentido común. Y con esto me refiero a la cada vez más creciente tendencia a dirigir toda clase de misiles a estos íconos urbanísticos, los que cuestionan la validez del homenaje, los que señalan su falta de estética, los que conllevan tintes políticos y más recientemente los enfocados a tratar de cambiar, enmendar y hasta retorcer la historia a veces a conveniencia, y en donde es claro que representan como símbolos que son: un trozo de la historia y cultura en todas las ciudades.
No creo que el señor presidente siendo como es, un adicto al “apapacho popular”, no quisiera tal vez que en unos años se le recuerde con alguna estatua, y que es muy factible también piense en todo lo que pueda sucederle a su efigie: desde el cotidiano baño de excremento de las aves, una grafiteada, hasta ser tumbada de un pedestal, porque así es la historia y la naturaleza del ser humano.
¿Por qué las sociedades reaccionan contra las estatuas? En la mente están al caer el bloque comunista las imágenes de enormes estatuas de personajes como Stalin que fueron derribadas, algunas incluso antes de la Perestroika (1956, Budapest, Hungría). Lenin corrió la misma suerte en Ucrania y en Bucarest, Rumania, después de la caída de Nicolae Ceaucescu.
En 2003 después de la invasión norteamericana una colosal escultura de Sadam Husein fue espectacularmente derribada a punta de soga y brazos por la gente enardecida, que una vez en el suelo la curtieron a chancletazos, considerado esto último como una de los insultos más graves en el mundo islámico. Hasta en Venezuela, una figura de Hugo Chávez corrió una suerte similar, y así, a lo largo de la historia, vemos como el desplome de una estatua conlleva un aspecto tan simbólico que se pierde la mayoría de las veces el cariz de acto vandálico que encierra.
Sin embargo, la caída del muro de Berlín a golpes de marros, la remoción algunas veces gentiles, la mayoría no tanto de estas figuras de bronce o piedra de personajes que transformaron en su momento la historia, no garantizaron necesariamente un cambio significativo en el derrotero del país, no al menos en la Rusia de Putin y mucho menos en Siria, Irak o Malí donde los yihadistas han destrozado estatuas y monumentos en un afán de acabar con una “soberbia de idolatría”.
Las estatuas hoy en día se han convertido en el blanco ideal para manifestar un repudio, pero a veces la intencionalidad se pierde cuando no se justifica, y vaya que es difícil hacerlo en la mayoría de las veces en donde el origen de estos ataques es endeble.
En Acapulco, en octubre del año pasado fue inaugurada una de Eugenio Derbez, como muestra de agradecimiento por las aportaciones que el actor ha tenido con este destino turístico; la memoria es corta, la reciente intervención del comediante para promocionar una serie filmada en Acapulco (Apple TV Plus) es señalada por sus detractores como insuficiente para un homenaje de este tipo; la verdad, es una pena que los lugareños no recuerden el cariño que el histrión le ha tenido al puerto, la gente parece olvidar que él donó alrededor de 30 millones de pesos de las regalías de su película “No se aceptan devoluciones” para la reconstrucción de escuelas en 2013, afectadas por el paso del huracán “Manuel”. ¿Aun así, se merece este actor una estatua?… no sabemos si fue consultado, tal vez no, es un individuo que es conocido por ser un altruista de bajo perfil, posiblemente hubiera contestado como su personaje Armando Hoyos: “¡No me barbeen!”, pues tal parece que para muchos acapulqueños fue un rotundo: ¡No! A pocos días de inaugurada… ya estaba grafiteada.
En la capital
Hemos sido testigos de las manifestaciones de grupos feministas, sobre todo en la ciudad de México (más que justificadas), y cómo en muchas ocasiones han derivado en ataques a monumentos históricos: grafitis, golpes de martillo y picoletas, de esta especie de marabunta de la inconformidad, y nadie se ha salvado: monumentos y esculturas de todo tipo, ni el mismo Juárez en su Hemiciclo, ni el Ángel de la Independencia (esto ya no justificado). En la avenida Reforma donde existen 77 estatuas, todas de hombres, muchas han recibido ya la ira de las manifestantes.
El año pasado se inauguró “el Paseo de las Heroínas”, con cuatro de doce estatuas de mujeres destacadas. ¿Será que se respeten en la siguiente manifestación de estos grupos? ¿Quién puede debatirle a una chica que protesta cuando picoleta en mano grita: “la vida de una mujer vale más que cualquier monumento”…desde luego: irrebatible, pero es preocupante la escalada de la violencia de estas protestas; vimos recientemente a estos grupos de choque anárquicos—hay que señalar que es una minoría—agrediendo a otras mujeres; sí, las mujeres policías haciendo acto de heroísmo conteniendo la ira de esta turba…, la pregunta obligada: si son capaces de golpear a otras mujeres… qué pasará con las de piedra y bronce. También vimos a nivel mundial un ataque cada vez más creciente y sistemático a los monumentos de Cristóbal Colón cada vez que se conmemora el 12 de octubre, estatuas grafiteadas, derribadas y decapitadas. Es un hecho que la imagen del genovés ha caído en desgracia, este personaje que murió sin saber lo que había descubierto, y sin tener la menor idea de la consecuencia de sus viajes: el inicio del mestizaje que quiérase o no, es la cuna de todos los mexicanos.
Es cuestionable ésta cada vez mayor tendencia a retorcer la historia para cambiar versiones oficiales, sin tener que recurrir a la confrontación. Como si denostar a Colón, Cortés o Pizarro, condenarlos eternamente o exigir disculpas, hiciera que al día siguiente al despertar, saludáramos en automático en náhuatl, maya o quechua…no es así.
Los actos vandálicos en nuestra ciudad para esas fechas dejaron una gran variante de interrogantes. Qué tanto en verdad, sobre todo las nuevas generaciones, pueden ponderar de lo que es el justo equilibrio entre la hispanidad y el indigenismo, nuestras raíces están en ambos. Las estatuas de los Montejo situadas en “El Remate” han sido polémicas desde el mismo instante que estuvieron durante días cubiertas misteriosamente por una lona, hasta que “voilà ” el día de la inauguración muchos meridanos nos enteramos quienes estaban en el templete. Desde entonces han sido víctimas de todo tipo de ataques: desde colocarles cadenas, hacerles pintas, hasta los últimos intentos de “abollarlas” a punta de martillazos.
¿Cómo protestar por el día de la raza?: no hay estatua de Colón, pues lo más parecido son los Montejo… “¡y a darle!”. Cómo poder convencerlos de que se levantó en honor a los fundadores de la ciudad, bueno… con el detallito que también fueron los conquistadores. De hecho en el monumento yo veo a dos sujetos apuntando hacia el norte, nada bélicos, si comparamos a los dos guerreros esculpidos en piedra que están parados sobre las cabezas de indígenas y que se observan en la fachada del pórtico de la casa de los Montejo. Lo que no me cabe la menor duda es que los autores de este acto de protesta tornado en vandalismo (discúlpenme, las cosas por su nombre) acabaron arropados por el manto de la impunidad. Este monumento está en el mismo sitio donde a unos metros los fines de semana, los turistas admiran fascinados a nuestros jaraneros. Estos señores que protestan… ¿acaso saben que la jarana no existiría sin la afortunada mezcla de la jota aragonesa y los bailes autóctonos?
Volviendo al punto de partida, no tuvimos que esperar el fin de sexenio. En una franco acto de lambisconería el alcalde saliente de Atlacomulco, Roberto Téllez Monroy, militante de Morena erigió una estatua que solo costó 50 mil pesos (una ganga), en plena cuna del priismo.
Al simbolismo que encierra una estatua del actual presidente, en una región que ha sido un bastión priista, agréguesele el gasto austero y lo emblemático que pudo haber pensado el ex edil que significaba su proeza. Unas horas después yacía vandalizada, derribada y “sin pies, ni cabeza”, como si faltaran pretextos para buscar analogías de lo que ha sido la gestión del presidente. Es claro que como en el caso de Eugenio Derbez, si le hubieran preguntando antes de hacerla, López Obrador hubiera sido más que enfático: ¡No quiero estatuas!
Así que esperemos a ver hasta dónde llegará esta historia. Estos actos de barberos, la mayor parte de las veces no son bien recibidos por los gobernantes.
Recuerdo aquí en Yucatán un alcalde pintando en un poblado una barda con el lema: “Cervera es amor”, que no fue nada del agrado de don Víctor, o estatuas de expresidentes contemporáneos vivos que han sido destrozadas (recordemos la de López Portillo en Campeche). ¡Cómo si nos faltara más!: un granito de arena para este muro de la discordia que se construye día a día en la 4 T.— Mérida, Yucatán
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Médico y escritor
