Por Edgardo Arredondo Gómez (*)

 

La diplomacia es el arte de limitar el poder —Henry Kissinger

Se considera a un embajador como el representante de un país ante otro. El país anfitrión concede por lo general un espacio territorial, que es la embajada, y un estatus especial que implica cierta extraterritorialidad sobre la ubicación, dependencias específicas que incluyen vehículos que cuentan con inmunidad.

El embajador es nombrado para atender asuntos diplomáticos que son de índole política, económica, financiera, cultural, de salud, seguridad y un largo etcétera.

En la ley del servicio exterior mexicano, el artículo 19 señala que la designación de embajadores y cónsules generales la hará el presidente de la República, preferentemente entre los funcionarios de carrera de mayor competencia, categoría y antigüedad en la rama diplomático-consular. Asimismo, independientemente que un funcionario de carrera sea designado embajador o cónsul general, el presidente podrá removerlo libremente en los términos de la fracción II del artículo 89 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Sin embargo, desde hace muchos años, el dedo presidencial ha ungido para estos cargos: desde amigos cercanos, funcionarios a recompensar, hasta personajes incómodos que desterrar.

Los embajadores en todo el mundial y en todo tipo de relaciones internacionales han protagonizado desde escándalos diplomáticos hasta pueriles actos de intervencionismo; tal vez el que más nos duela sea el de Henry Lane Wilson, embajador norteamericano directamente inmiscuido en la Decena Trágica, que culminaría con el asesinato de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, y la llegada de Victoriano Huerta.

Por cierto este suceso, junto con la pérdida de gran parte de nuestro territorio, siempre me han hecho cuestionar que si a alguien debemos exigirle disculpas sería a EE.UU. y no a España.

Pedro Salmerón

Hace unos días la atención pública se dirigió al tema del nombramiento de Pedro Salmerón, el historiador designado o más bien propuesto por el presidente Andrés Manuel López Obrador, que ocasionó la reacción del gobierno panameño, que se informó del escándalo de los señalamientos del futuro diplomático como acosador sexual.

El presidente reaccionó de mala manera, defendiendo al frustrado embajador y generando un innecesario desencuentro y roce con el país centroamericano, cuya canciller Erika Mouynes fue equiparada a la Santa Inquisición. Al final de cuentas el nombramiento de Salmerón fue “bateado”, usando la jerga beisbolera que tanto le gusta al presidente, que reaccionó de una manera un tanto visceral, “lanzando una curva” y presentado a la exsenadora Jesusa Rodríguez, una mujer culta e inteligente, pero que es más conocida por algunas conductas frívolas, excentricidades y posturas abiertas a temas como la defensa al aborto o la legalización de la mariguana: “¡Tengan para que aprendan!”

El gobierno panameño y el primer mandatario, Laurentino Cortizo, habían mantenido un sensato y prudente silencio al respecto, pero ya lanzaron un más que diplomático y justo reclamo, exigiendo respeto, ¡tal cual…, como se debe!

Es evidente que los embajadores mexicanos tienen como prioridad el salvaguardar las necesidades y derechos de nuestros conciudadanos en otras tierras, pero en muchas ocasiones los intereses personales o la cercanía al presidente en turno no pueden ser disimulados.

Basta recordar recientemente a María Isabel Arvide Limón, la embajadora en Turquía, duramente criticada en la ceremonia del Grito, al incluir al presidente en la lista de personajes ilustres a los que se les dedica un “viva”.

Los recientes nombramientos que han causado críticas también son la de los exgobernadores Quirino Ordaz Coppel, como embajador en España (ya ratificado por el gobierno hispano), Claudia Pavlovich Arellano como cónsul en Barcelona y Carlos Miguel Aysa, embajador en República Dominicana.

Y aquí no puede evitar sentir cierto tufo pestilente: tres exgobernadores de oposición que entregaron sus gubernaturas a candidatos ganadores de Morena. No han faltado los señalamientos de la oposición. En este punto y confieso de las pocas veces que el señor presidente podría decir con toda libertad: “¿no están contentos con mis nombramientos?, ¿son malos?… ¡qué les, cuento los de antes eran peores!”

Y en efecto, basta recordar algunos para darnos cuenta que es posible que la propuesta de Salmerón, Jesusa Rodríguez y los otros palidezcan ante dos nombramientos hechos en tiempos de José López Portillo. El primero y el más polémico, el del embajador en España en la figura de un innombrable Gustavo Díaz Ordaz, que admitió públicamente asumir la responsabilidad por los crímenes ocurridos en 1968; a menos de 10 años de los hechos es llevado a la embajada de España.

Después de 40 años, las relaciones con la Madre Patria se habían reestablecido. López Portillo, lejos de mandar al mejor de sus diplomáticos, sentía que al igual que Echeverría, Díaz Ordaz era un estorbo y para este fin fue nombrado embajador en España el 4 de abril de 1977.

De inmediato comenzaron las muestras de inconformidad no solo de la izquierda, de ambos países en general. Una semana después un más que enfadado Díaz Ordaz se enfrentó literal a la prensa mexicana y no escondió asumir la encomienda con disgusto. A pesar de presentarse en el mes de julio ante el Rey Juan Carlos, 11 días después renunció y regresó a México.

Antes de esto, su antecesor y benefactor Luis Echeverría, que andaba de “entrometido”, fue designado embajador, lo más lejos que se podía, hasta al otro lado del mundo: Australia, Nueva Zelanda e Islas Fidji.

Pero hay más, cuando el presidente dice que España nos debe dar una disculpa por la Conquista, nosotros debemos preguntarnos si no le debemos dar una a España por lo que ocurrió en 1975, cuando Echeverría envió un mensaje a Kurt Waldheim pidiendo expulsar a España de la ONU por la política de exterminio en los últimos estertores del Franquismo. Sí, el mismo Echeverría que como secretario de Gustavo Díaz Ordaz tuvo injerencia indirecta en lo ocurrido en 1968 y francamente directa en el llamado “Halconazo” de 1971.

Como puede observarse, el servicio diplomático ha sido siempre un escenario en donde los nombramientos paradójicos han sido la distinción. Y en estos recientes acontecimientos parece que el canciller Marcelo Ebrard se ha convertido en un enorme florero. De tal manera que ahora sí, ante la crítica de estos nombramientos reitero, me pongo del lado del presidente en caso de decir: “Mis designaciones como embajadores son malas, pero los de gobiernos anteriores han sido peores”. Sin discusión.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

 

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