Verdaderamente contrariado consigo mismo estaba don Polo. Seguía leyendo la novela que desde hacía una semana tenía entre manos; lo hacía con lentitud pues aún no encontraba la punta de la madeja para desenmarañarla.
Estaba, pues, resignado a que le tocaba lidiar con uno de esos libros que al final unen piezas para darle sentido a lo que hasta ahora parecía una serie de ideas inconexas.
Consistía en una novela de espionaje, pero por el momento los personajes parecían —no había llegado al punto de tener la certeza— espías en retiro. Uno de ellos abrió una librería cerca de Londres, otro vivía en una casona alejada donde cuidaba a su esposa moribunda, recia dama que al parecer había sido una chucha cuerera del espionaje en la guerra de los Balcanes, y algunos personajes más, poco relevantes pero memorables, que salpicaban la críptica historia.
Don Polo estaba por decidirse a poner una pausa en sus relaciones diplomáticas con esa novela, pero no lo hacía por orgullo —no era partidario de dejar un libro a medias— y por la curiosidad de saber si al final todo tendría sentido.
Al momento de pedir su segundo expreso cortado de la mañana hizo su entrada Ángel Trinidad en el pequeño café del norte de la ciudad, donde don Polo leía y trataba de mitigar el frío con el café caliente.
—¡Hoy sí está fuerte la heladez! —bufó su amigo a guisa de saludo, mientras se frotaba las manos con fuerza.
—Sí, pero no seas bárbaro, esa chamarrita de mezclilla no te quitará el frío —el expreso cortado llegó a la mesa—. Anda, aprovecha y pide un café.
—Gracias por invitar.
—¿Cuándo dije que lo haría?
—De verdad, con usted no se puede —exclamó al tiempo de ver asentado en la mesa un libro en cuya pasta se leía “Proyecto Silverview” (John le Carré. Planeta, 2022)—. ¿Qué estamos leyendo ahora, don Polo?
—Una novela de espionaje que no logro desenmarañar, no le encuentro el hilo. Está más enredada y, al parecer, insustancial que la glosa del informe. Ya veremos en qué acaba. Quizá solo se trate de cómo viven los espías en retiro. De ser así, la jubilación sería pasar del vértigo al tedio en un tris.
—Tal vez eso les pase a muchos.
—Por eso hay que ocuparse leyendo, aunque sea las crónicas de la glosa del informe, a pesar de que ya sabemos qué postura tomará cada partido —hizo un mohín de disgusto—. Yo no sé por qué continúan haciendo ese ejercicio arcaico y estéril.
—¿Para qué sirve, don Polo? —Ángel Trinidad hacía chuc una concha en su café americano.
—Eso quisiéramos saber todos. El gobernador entrega su informe, luego sus principales funcionarios van a la glosa, los diputados les hacen un torrente de preguntas y ellos responden a medias, a su modo, esquivando obuses como en Mátrix y poniendo énfasis en los temas de su interés. Así se gastan los veinte minutos que tienen para responder tanto cuestionamiento. Es un diálogo de sordos.
Pero nos gustaría saber para qué sirve todo eso, además de para que cada quien saque raja política
—Por qué no se limitan a preguntas por escrito.
—Porque los diputados dejarían de aprovechar la glosa para ganar sus cinco minutos de fama. Cuestionan y critican furibundos los mismos que ya sabemos que lo harán y hacen más ruido que las nueces que mascan; los alineados, por su parte, aplauden sin cuestionar, y la chiquillada aprovecha el evento para decantarse del lado que más le convenga.
—Entonces nadie gana.
—Al contrario, todos ganan. Es como el juego de la perinola, todos ponen… su ego, su rollo, su posicionamiento, sus quejas, sus grillas, sus doctos discursos pretendiendo adoctrinar… los peques, sus críticas o sus adulaciones que después cobrarán a unos u otros. Pero nos gustaría saber para qué sirve todo eso, además de para que cada quien saque raja política.
—¿Lo calificaría como un espectáculo?
—Un espectáculo grotesco, diría para mayores señas. Pero, como casi todo espectáculo, logran hacer atractivo lo insustancial, lo fútil. Veámoslo como el fútbol: hora y media ver rodando una pelotita en un escenario donde prácticamente no ocurre nada, si acaso un gol o dos por ahí de lástima. Ah, pero cuidado que jugadores, árbitros, entrenadores, cronistas y público hacen de eso una función atractiva.
—Oiga, don Polo. Yo le voy a los Pumas, no me quite la ilusión.
—No eso quiero lograr, sino hacer una analogía que me ayude a plantear mi punto. Mira, ayer un diputado se quejó porque los panistas, claro, no los llamó por su nombre, ven todo perfecto; los resultados del ejecutivo son excelentes y paradisíacos, dijo.
—Lo mismo hacían los priistas, ¿se acuerda? —exclamó Ángel Trinidad—. Y así lo hacen Morena y sus compinches en el Congreso de la Unión.
—En efecto. Aquí habrá que preguntarse: señalar eso de parte del diputado, ¿a qué nos lleva? ¿Es bueno o malo que todo lo vean así? ¿Qué significa para el futuro de Yucatán? Esa declaración es un globo de gas si no viene acompañada de una propuesta.
—Parece que solo busca un golpe de efecto o “dar la nota”, como dicen los periodistas.
—Lo mismo pasó con el cierre que hizo un secretario. Se le ocurrió la puntada de hacer un llamado a la unidad para sacar a Yucatán adelante. Como diría Peña Nieto, “y yo me pregunto”: ¿ese rollo qué fin tiene? ¿Para qué fue? ¿Se asumió como el nuevo guía adoctrinador del Estado?
—Tal vez está viendo demasiadas mañaneras —aventuró Ángel Trinidad—. Eso se pega.
—Insisto: para el pueblo puro y duro, ¿qué representan esos ejercicios? Diputados y funcionarios deberían emplear su tiempo y capacidades en cosas más productivas. Confiemos en que el cierre de la glosa de este año los ilumine para legislar a fin de acabar esa práctica infumable.
—Mejor no hablemos de iluminados en estos tiempos aciagos, don Polo —sentenció Ángel Trinidad.
—Tienes razón, basta y sobra con uno que así se asuma.— Mérida, Yucatán.
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*) Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
