La fuerza siempre atrae a los hombres de baja moralidad —Albert Einstein
De pronto se escuchó una explosión. La hermana Eunice sintió que caía en un profundo abismo. Fueron eternos segundos en los que se suspendió en el aire hasta caer de bruces en el terreno. Su rostro se llenó de arenilla.
Lo primero que vino a su mente fue preguntarse por qué la hermana Amparo se había metido en ese hueco. Al quedar boca arriba, vio a su derecha una de las portezuelas clavadas en el suelo.
En la copa de un enorme eucalipto colgaban partes del vehículo. A su izquierda estaban los restos de la camioneta, que había dado un giro de 180 grados, quedando en dirección contraria a la que venían. Sintió un hilo caliente de sangre recorrer su rostro. Le fue imposible incorporarse. Su pierna derecha dio un giro involuntario y sintió un fuerte dolor. “Caímos en una mina”, pensó.
Un zumbido le impedía captar algunos sonidos. Intentó alcanzar uno de los cojines del asiento trasero. Angustiada, llamaba a la hermana Amparo, pero no había respuesta.
Lo anterior es un fragmento de la novela “Bungo”, de mi autoría. Es la crónica del terrible accidente que sufrieran las hermanas Amparo y Eunice, religiosas de la congregación de las Misioneras Hijas de la Madre Santísima de la Luz.
El 7 de febrero de 1990, cerca del mediodía, la camioneta Land Rover manejada por la hermana Amparo, en un camino de Bungo, Angola, detonó una mina terrestre; ella falleció en el lugar de los hechos y su compañera quedó mal herida. Hecho lamentable que fue informado oportunamente en su momento por el Diario de Yucatán.
Este relato me fue narrado de viva voz por la hermana Eunice, que además me contó (tema recurrente en la novela) el terror del día a día en que permanecieron en aquel país africano por el daño que ocasionaron las minas terrestres, en particular las llamadas antipersonales que cuando no mataban, producían terribles mutilaciones; Mons. Fabio Martínez Castilla, uno de los protagonistas de “Bungo”, los definió como: “Artilugios del demonio”.
Después de un gran esfuerzo mundial, las minas antipersonales están prohibidas, como consta en el tratado de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales, promovido por la ONU.
Se ha intentado hacer lo mismo con las minas antivehículo, que aunque menos frecuentes, siguen aún causando estragos. La desgracia es que aunque prácticamente ninguna nación las produce, existe hoy día suficiente información, hasta en internet, para su fabricación artesanal.
Las minas terrestres sembradas por los grupos combatientes, de todos los conflictos bélicos recientes, siguen matando y mutilando gente.
Volviendo a Angola, se calcula que existen más de medio millón de minas enterradas en su territorio. Este es uno de los factores por los que la agricultura y el comercio de aquel país aún no se recuperan.
En todo el mundo, se considera que nueve personas al día son afectadas por las minas antipersonales. Para poder detectar las minas en África que siguen activas, escuadrones de trabajadores emplean desde técnicas tradicionales y rudimentarias hasta otras más sofisticadas que incluyen el empleo de ratas de Gambia amaestradas, o el trazo de nuevas carreteras, estudiando por satélite el desplazamiento de manadas de elefantes. Es una lucha cotidiana para limpiar el territorio de Angola, que sin lugar a dudas, es una de las naciones que más ha sufrido con estos artefactos perversos. Y los relatos similares se obtienen en Afganistán, tierra de mutilados, y en otros puntos de medio oriente.
Don Cristóbal, un campesino de 79 años acompañaba a su hijo que conducía una camioneta o troca como les llaman en algunas regiones del país. Se dirigían hacia el Aguaje, un caserío situado en Aguililla, por cierto la cuna del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación, Nemesio Oseguera Cervantes (a) El Mencho, en la llamada Tierra Caliente en Michoacán.
Don Cristóbal y su hijo, dedicados durante años a la siembra del aguacate y limón, después de meses de zozobra por el asedio del crimen organizado, se dirigían a esa zona para ver que podían rescatar de sus cultivos. Circulaban por un camino de terracería. La explosión los tomó por sorpresa, por lo súbito que suelen ser, cuando ni se piensa en la posibilidad de una explosión.
Habían pasado sobre una mina terrestre. La detonación mató al anciano en forma instantánea y dejó mal herido a su hijo que fue trasladado a un hospital de Apatzingán. Un mes antes cerca de esta ciudad, en un camino vecinal, un convoy del ejército corrió una suerte similar. Un camión militar blindado resistió el brutal estallido, aunque dejó mal heridos a diez elementos.
En la guerra contra los cárteles, el crimen organizado, entre los cárteles entre sí, o llámelo como quiera, en este gobierno que le llama combate y no guerra, la escalada tanto del número de víctimas, como los procedimientos empleados por los grupos criminales, cada vez son más atroces y lo más evidente: de una exponencial crueldad.
Y aunque en sentido estricto esto no es una guerra, sus tácticas y el armamento dicen lo contrario. Tan es así que bien podría emplearse el artículo 3, común a los cuatro Convenios de Ginebra, y que se puede aplicar en guerras civiles, conflictos armados internos que se extienden a otros Estados, o conflictos internos en los que terceros Estados o una fuerza internacional intervienen junto con el gobierno, y que establece que se debe tratar con humanidad a todas las personas que no participen en las hostilidades, o que caigan en poder del adversario, sin distinción alguna de índole desfavorable. Prohíbe específicamente los atentados contra la vida, las mutilaciones, la toma de rehenes, la tortura, los tratos humillantes, crueles y degradantes, y dispone que deben ofrecerse todas las garantías judiciales. Establece que se debe recoger y asistir a los heridos y los enfermos.
Pero sabemos que este conflicto difícilmente es una guerra cuando los elementos de las fuerzas armadas son capturados, no hay juicios, no hay cárcel, son ejecutados o bien cuando los de los cárteles caen heridos, no hay hospitales…, no hay atención médica.
Los objetivos del crimen organizado han variado. En particular los agricultores dedicados al cultivo del aguacate en Michoacán han pagado muy caro el dedicarse al “oro verde”.
A las agresiones habituales, la extorsión con el pago al derecho de piso, agréguese los ataques directos empleando drones cargados de explosivos y ahora ser víctimas de minas terrestres…, y por si faltara poco la suspensión temporal con visos de ser definitiva de la importación de aguacate por Estados Unidos, después de que uno de sus inspectores fuera amenazado de muerte, lo cual traería una pérdida calculada en más de 3,500 millones de dólares anuales.
Los campesinos se han organizado ante la falta de respuesta federal; grupos de autodefensa recorren los caminos, con el rostro semicubierto, que no les permite esconder el temor y el pánico, el mismo rostro que vimos esta semana en uno de los elementos del ejército, que con un insuficiente mandil de plomo y unos goggles de plástico era entrenado para desactivar una mina terrestre.
Los artilugios del demonio ya están aquí. Lo que pensamos que no veríamos en México. Sin que veamos cambios en la estrategia del gobierno…, quién sabe qué nos falta aún por ver.— Mérida, Yucatán.
arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
