Acabamos de ver, disfrutar es un verbo más adecuado, los diez capítulos de The Offer, la serie que Paramount bordó sobre el proceso creativo detrás de la película “El Padrino”, de Francis Ford Coppola.

La casa productora tuvo la idea de crear la serie como una conmemoración por el 50 aniversario de su mayor éxito. No deja de ser cautivadora la iniciativa, tratándose de un filme de culto, sobre todo cuando el que escribe es uno de sus cultores.

En cambio, es una lástima que la casa editora no haya hecho lo mismo para conmemorar las cinco décadas del lanzamiento de la novela de Mario Puzzo, a quien a lo largo de los años hemos rendido culto leyéndola en más de un par de ocasiones.

Quizás los cultores del libro debamos rendir homenaje al autor con un “Vitosday” o “Corleonesday”, en abierta analogía de la celebración que los dublineses hacen del “Bloomsday”. En este festejo, que desde 1954 se realiza cada 16 de junio, se hace una celebración en honor del “Ulises”, de James Joyce, con varias actividades. El nombre se refiere a Leopold Bloom, personaje principal de la novela, obra señera de la literatura en ingles del siglo XX.

Más de un personaje está un tanto caricaturizado en The Offer. Se puede interpretar como un guiño de los productores para no profundizar en temas duros que enmarcaron al filme. Uno de estos personajes es Joe Colombo, gángster de carne y hueso que se va metiendo como la humedad entre las costuras de la película —el personaje de Luca Brasi es un mafioso verdadero, al servicio de Colombo; quizá por eso en la película Kay confiesa a Michael: “Ese hombre me da miedo”—.

Usando más la mano izquierda que la derecha, aunque sin dejar de sostener la espada de Damocles en ésta, Colombo logra la amistad del productor, personaje principal de la serie.

Con esa mano izquierda, más pesada que suave, captura en sus redes a Al Ruddy y lo exhibe en primera plana de los periódicos como su amigo. Nadie quiere ser exhibido como amigo de un mafioso, menos el productor de la película más esperada. Ruddy había caído en la trampa.

Esta alegoría —quizá no lo sea— muestra cómo los tentáculos del crimen están presentes en todas partes; la poderosísima industria del cine no se libra.

En México

Como en Hollywood, en el plató llamado México nos encontramos con que esos tentáculos están en una cantidad creciente de actividades. Pero no solo es la delincuencia. En muchos casos no necesita estar presente para que haya violencia exacerbada, como lamentablemente se ve con más frecuencia y crueldad.

Anteanoche, en un restaurante de lujo en Ciudad de México, un sujeto le descargó tres balazos a su esposa. Si ya de por sí el hecho es dantesco, lo es más cuando se sabe que el tercero se lo propinó en la cabeza, un tiro de gracia. Se trató de un hecho violento, en apariencia sin la presencia de la delincuencia.

En contrapartida está la delincuencia sin violencia física. Se sabe que es creciente la cantidad de robos de identidad para sustraer fondos de cuentas bancarias. Las víctimas de este delito son objeto de la delincuencia sin que haya violencia física de por medio.

En El Salto, Jalisco, se produjo una balacera que dejó 12 muertos que al día siguiente subieron a 13. En Ecatepec, donde tiro por viaje asaltan a cualquier cristiano, un sujeto mató a decenas de mujeres durante largos años de impunidad.

En Puebla, en un hecho que recuerda la historia relatada en la película Canoa, un joven fue linchado por la población al confundirlo con “robachicos”… Sabe el lector que, si uno pretende hacer una lista de delitos ocurridos en el último mes en el país, se enfrascará en una misión interminable.

La atención a esta podredumbre no debe verse como un tema partidista. Corresponde a los gobiernos mitigarlo, sí. A los de cualquier nivel y filiación política.

Esto va más allá de colores. Hemos caído en las arenas movedizas de una dinámica social que, como en el caso de la figura de Joe Colombo en The Offer, ha normalizado la violencia y la presencia de los delincuentes. En el caso del gángster, al final casi se le ve con lástima. A fin de cuentas, es humano.

Esto parece no tener freno. Como sociedad violenta hemos demostrado ser capaces de alcanzar nuevos, inusitados niveles y, en el colmo de la abyección, se asesina a sangre fría a un par de sacerdotes mientras uno de ellos aplica la extremaunción a una víctima de la delincuencia en la Sierra Tarahumara. ¿Qué mal hicieron? Ninguno. Por el contrario, hacían el bien, siempre el bien. Pero en el México actual no es necesario hacer mal para ser objeto de las balas y la saña y la violencia y la podredumbre.

El llamado hecho el jueves por los obispos es estremecedor, no solo porque acompaña la reclamación por el lacerante crimen contra los sacerdotes jesuitas, sino porque es la voz de la sociedad de bien: “¡Ya basta! No podemos ser indiferentes ni ajenos a lo que nos está afectando a todos”.

En un México convertido en el plató donde se rueda una película en la que se desprecia la dignidad humana, el llamado de los obispos es una oferta que no se puede rechazar.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

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