El sábado 30 y el domingo 31 de julio se efectuaron las elecciones de Morena para elegir consejeros multifunción, pues, a la vez de que lo serán para designar a los integrantes de los órganos estatales del partido, designarán, también, a los de sus órganos nacionales.

Es un sacudón dentro de éste pues se hará una renovación casi completa de sus dirigencias ya que sólo dos de sus miembros no serán sustituidos, el presidente y la secretaria general del partido, Mario Delgado y Citlalli Hernández, respectivamente, quienes, por determinación del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, deberán permanecer en sus cargos hasta el 23 de octubre de 2023.

Quizás se recuerde que en 2020 ambos fueron elegidos mediante una encuesta ordenada por el citado Tribunal que fijó el lapso de su mandato. La encuesta la hizo el INE.

Es por eso que en el Congreso Nacional de Morena a celebrarse los días 17 y 18 de septiembre, ambos tendrán que solicitar se apruebe que sus respectivos periodos se prolonguen y concluyan junto con el que de quienes ahora serán electos, esto es, en 2024, inmediatamente después de las elecciones generales de ese año —cuando se renovarán las cámaras federales, se elegirá nuevo presidente de la república y, a lo largo y ancho del país, a gobernadores, alcaldes y congresos locales— en un nuevo congreso partidario.

El proceso es —hablamos en presente, porque aún no termina— una interesante experiencia que está provocando intenso debate en amplios sectores de la sociedad, e incluso, entre los mismos miembros de la organización, porque nunca antes ningún partido político realizó, de manera abierta —no en espacios cerrados sino en plazas públicas— una elección de la importancia de ésta, no sólo para el presente y el futuro de sí mismo sino para el futuro del movimiento de transformación en que está inmerso, que comenzó a gestarse desde hace décadas, en oposición a los regímenes neoliberales que asolaban al país, y cobró fuerza incontrastable a raíz de que se organizó alrededor de la figura de quien es su máximo referente, López Obrador, y el programa de cambios económicos, sociales y políticos que enarbola.

Es lógico que cuando un partido hace una elección abierta y permite que voten en ella quienes cumplan la condición de estar afiliados —aun cuando la afiliación sea en el momento— y la votación de todo un distrito electoral, compuesto por decenas de comunidades, se hace en un solo sitio, la gente tenga, necesariamente, que transportase en grandes grupos para poder emitir su voto y se organice para ello.

Esto no es inmoral. Pero, puede haber un líder que lo haga a cambio de que el transportado emita su voto en favor de él o de quien diga. A esto último es a lo que se llama “acarreo”.

En la elección del domingo hubo afluencia masiva que llegó al evento en vehículos colectivos y ello ha dado pie a denuncias de que todos los que así llegaron fueron acarreados y, peor aún, que quienes realizaron el acarreo son expriistas y expanistas en perjuicio de los miembros más antiguos del partido.

No es fácil, sin embargo, dilucidar el contenido real de estos señalamientos en virtud de que es difícil convertir los indicios de transgresiones a la legalidad del evento en pruebas inequívocas de su ocurrencia.

Menos se puede alegar que por la existencia de irregularidades que saltan a la vista, toda elección tiene que ser, necesariamente, antidemocrática, pues la participación de quienes lo hacen dentro del marco legal puede superar a la de quienes lo hacen fuera de éstos.

Una muestra es que en las elecciones constitucionales de 2018 no dejaron de haber fraudes, pero, finalmente, se impuso la voluntad de las mayorías y triunfó quien el pueblo quiso.

Tampoco se puede satanizar a todos quienes en algún momento de su vida cambian de opinión y abandonan al partido en que militan para afiliarse a otro. En todos los partidos está siempre presente este fenómeno. Unos lo hacen porque se convencieron de que aquél en el que estaban no es lo que esperaban, desde el punto de vista de sus principios y sus ideales; otros, en cambio, porque ha dejado de ser opción para ocupar puestos, ya sea dentro del mismo o en el engranaje del Estado, sin importar programas e ideales y andan a la caza del que está en ascenso porque creen que ofrece esta posibilidad. En la elección de Morena es obvio que se presentaron ambos casos.

Es un hecho, también, que miembros antiguos de Morena no alcanzaron a ser electos mientras otros más recientes, lo fueron, entre estos, personas que en el pasado fueron furibundos adversarios del partido o del presidente del país.

En todos los casos, el respeto a las reglas de la democracia deberá privar al revisarse los casos impugnados para poder decidir quiénes fueron electos de acuerdo con ellas y quiénes las violaron, y completar el proceso electoral.

Por supuesto que quienes más se han volcado a denigrar la elección son precisamente los adversarios del partido. Los comentaristas que comulgan con la oposición no han escatimado esfuerzos por desacreditarla. Se entiende, porque ven el ejercicio como una amenaza.

Por primera vez en la historia de la vida política de México un partido elige a quienes a su vez elegirán a sus dirigentes en plazas públicas no en lugares cerrados sin acceso al pueblo, pero esto trajo como consecuencia que mostrara al país un músculo “escandaloso”: hizo crecer el número de sus miembros de 500 mil, aproximadamente, a cerca de tres millones de militantes, algo que los atemoriza.

La única forma de saber si Morena se suicidó poniendo las condiciones para que sus enemigos lo tomaran por asalto con el fin de convertirlo en instrumento de los mismos sectores sociales que manejan al Prianrd, es decir, de quienes añoran el retorno al pasado, es esperar el resultado de la elección: Por ello, no será sino hasta la realización de su Congreso Nacional que podrá verse en qué medida incidieron las prácticas denunciadas en la integración de su dirigencia.

Ahí comenzará a verse si cambia de orientación o sigue apoyando la profunda transformación que su fundador más importante encabeza.— Mérida, Yucatán.

fipica@prodigy.net.mx

Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa

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