Mi tío Enrique, yucateco hasta la médula, era de las personas que no saben quedarse calladas. Si veía a un niño haciendo una travesura o siendo majadero, invariablemente nos regalaba un aporreado: “¡Chiquito más pesado!”, aun delante de la madre del pequeño demonio.

Cuando una persona, lo mismo real que un villano de televisión, no era de su agrado, el comentario era: “¡Me cae más mal!” Y si una fiesta resultaba algo sosa, casi gritaba “¡Mmj. Esto ya no levantó!” Tenía esas frases muy suyas y muy de muchos yucatecos, a pesar de lo cual era harto educado y tan fino como el bigotillo que lo acompañó eternamente.

Entre aquella gente que le caía “¡más mal!” había un personaje que recibía con justicia esa calificación “enriquiana”. Sin importar que fuera buena o mala persona, amable o antipático, agradable o insufrible, el sujeto le caía “¡más mal!” por la forma como pronunciaba los nombres de algunas poblaciones del Estado.

Recordé esta semana aquellos odios producto del chauvinismo del tío Enrique porque una de las pronunciaciones que le pateaban el hígado era la que aquel sujeto hacía del municipio de Tixkokob. “Es tan huach, que dice Tiscocob… ¡me cae más mal!”, espetaba.

No paraba ahí la afrenta al yucatequismo exacerbado del tío. “También dice Mascanú. ¡Qué te parece! Tiscocob y Mascanú!… ¡Me cae más mal!”

Tratando de ser indulgentes con la secretaria de Turismo por su errónea manera de escribir el nombre del conocido municipio, podemos decir que no es de aquí ni creció en el Mayab. Y se sabe que, por mucho, Yucatán tiene las poblaciones de más difícil pronunciación y escritura del país. Quizá Michoacán se acerca, pero queda a la zaga. Por tanto, para un foráneo no es pepita y cacahuate la pronunciación, menos la escritura. Hasta el corrector ortográfico de Google tira la toalla.

El caso es que no se puede ser indulgente, precisamente porque se trata de la secretaria de Turismo, la promotora de las bellezas de Yucatán, la encargada de que nuestro estado sea conocido por propios y extraños para que las divisas lleguen a estas tierras. La persona a cargo de esa tarea no se puede dar el lujo de escribir mal un lugar que promueve. Equivale a que el secretario de Turismo veracruzano invite a todos a probar “las famosas picadas de Beracruz”. ¿Exageración? No. Para un yucateco a eso equivale.

Tamaño error no se le puede permitir a alguien con mediana preparación, menos a quien se le califica como una persona altamente preparada y, de paso, es la encargada de promover todo lo señalado líneas arriba. ¿Con esa dedicación promueve nuestro Estado? ¿Ese profesionalismo pone en la tarea que se le tiene asignada? ¿O cree acaso que es peccata minuta y que los yucatecos somos muy delicados?

Ya se sabe lo que se dice de aquellos que presentan currículums con faltas de ortografía: si no ponen cuidado en promoverse a sí mismos, ¿qué se puede esperar de su trabajo?

Cierto, un error cualquiera lo comete. Errar es humano. Corregir es de sabios. Y agradecer, de gente decente. Cualquier comentario que lleve incluida una corrección debe agradecerse, aun haciendo de tripas corazón. Enorme problema de muchos regímenes y de sus personajes es la impermeabilidad a la crítica. Al que critica se le ve como enemigo, en vez de considerarlo como un apoyo invaluable para mejorar la tarea asignada.

En lugar de agradecer, la secretaria aprovechó la ocasión para lanzar un dardo y lo demás es de todos conocido… aunque incompleto, porque falta una voz en todo este sainete: la del gobierno para el que la causante del estropicio presta sus servicios.

De nuevo, como en no pocos casos, la voz del gobierno del Estado no se ha hecho escuchar. A una semana del hecho, el gobierno no ha dicho esta boca es mía. ¿Qué opinión le merece el comportamiento irónicamente agresivo, amliano, de la secretaria frente a un particular? No lo sabemos. ¿Se tomarán acciones al respecto? Lo ignoramos. Una simple opinión sobre el asunto. Nanay.

El silencio, de nuevo, es la respuesta ante un caso que involucra a un funcionario del gobierno del Estado y que alcanza niveles de indignación.

El oxímoron brota natural. El escandaloso silencio de nuevo, como en el caso del exfiscal Wilberth Cetina y las grabaciones que lo exhibieron como un personaje que se aprovechó del cargo para sus fines personales.

El silencio atronador de nueva cuenta como en las denuncias de empresas fantasmas de los gobiernos estatal y municipal anteriores.

El ruidoso silencio ante el caso del súper asesor detrás de las resquebrajadas finanzas del Isstey.

El estrepitoso silencio en los casos de los detenidos que luego aparecen muertos. Hace dos años, el 24 de octubre de 2020, abordamos en este espacio el caso de “La Cuca”, un discapacitado detenido por la policía cuyo cuerpo apareció después sin vida. Hace dos años dijimos que “los sonidos del silencio oficial en el caso son atronadores”. A dos años vista, seguimos esperando que se rompa ese indignante silencio.

Para nuestro gobierno aplica la frase del tan admirado como odiado cantautor Ricardo Arjona: “El problema no es que digas. El problema es lo que callas”.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

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