No bien habían abierto las puertas del pequeño café del norte de la ciudad, cuando don Polo Ricalde y Tejero las traspuso y, encaminándose al fondo del local, se acomodó en una mesa diminuta junto a la pared. Era la única con espacio para solo dos comensales.

Nuestro personaje se acomodó, pidió el expreso cortado de costumbre, asentó el Diario, que ya lucía un tanto desacomodado, y se dispuso a leer un pequeño libro. Aquel que lo viera pensaría que era una insignificante obra, pero qué equivocado estaría quien así pensara. Las grandes esencias vienen en frascos pequeños.

Don Polo leía con deleite lo mismo que con inquietud, con fruición y no poca turbación. De haber podido hacerlo, pasaría las hojas al vuelo, pero al mismo tiempo que quería consumir vorazmente la historia, no deseaba avanzar de tanto que se deleitaba en cada pasaje.

Fríos escenarios ginebrinos, turbulentas calles de Londres, neblinescos escenarios escoceses y helados mares del norte dibujaban las rutas por las que el personaje, más bien el par de personajes, trashumaban persiguiendo su destino.

Uno estaba en franca persecución del otro. Lo odiaba tanto como aquél a éste. Apenas lo alcanzara se enfrascarían en una confrontación a muerte. El destino le deparaba el Hades a uno de los dos. Ahí estaba ¡por fin! Ahora, el sino de ambos se escribiría al momento de…

—¡Dichosos los ojos, don Polo! Hace cuánto tiempo no le veía —Ángel Trinidad se acercó a su amigo con una sonrisa franca y alzó la voz de una manera que habría escandalizado a los comensales, si los hubiera—. Hoy madrugó. Mire, es usted el único cliente.

Su amigo no supo si reír, llorar o maldecir por la interrupción de su lectura. Tan enfrascado estaba en ella que el expreso cortado se enfrío. Es más, no se percató cuando el mesero lo asentó sobre la mesa y le preguntó si quería pan.

Alzó los ojos con resignación y cerró el libro en forma pausada, casi triste.

—Lo mismo digo. Hace más tiempo no te veía por acá —exclamó don Polo—. ¿Dónde te habías metido? Más si estabas juntando para ir a ver a Guns’n Roses.

—Nada. Ojalá. Dicen que se puso muy bueno. Que fue un hito. Un caso único, algo fuera de lo ordinario, es más, no merecemos que nos hayan traído tan grande espectáculo a los humildes yucatecos.

—¿Hito? ¿Y qué fueron Pavarotti, Sarah Brightman, Plácido y tantos otros?

—Tranquilo, don Polo. Ya parecemos Mitch y Víctor. Mejor aquí paramos de hablar de eso. Si quiere luego seguimos en redes.

—Las únicas redes que conozco son las de pesca. Que, por cierto, me dicen que no ha estado tan buena la de pulpo este año, como fue el año pasado.

—Mala cosa.

—Los progreseños, que vaya que saben del tema, dicen que tan malo es que la temporada sea mala como que sea muy buena.

—¿Cómo va a ser?

Don Polo bebió un trago del expreso que estaba a medio camino entre tibio y frío. Su amigo pidió café americano y pan.

—Cuando la temporada es mala, todos cierran con siete llaves sus casas, pero cuando es muy buena, al terminar vienen los problemas sociales: consumo de alcohol, se termina el mucho dinero que se generó en la temporada, hacinamiento, familias que vinieron de otros estados y se quedan a vivir en el puerto… En fin, se trata de problemas sociales importantes.

—Supe que hay agrupaciones que hacen labor social en lugares como Flamboyanes y la colonia Vicente Guerrero.

—Y en otras, en efecto. Ojalá el diablo no meta la cola.

—¿Qué significa eso, don Polo? —exclamó Ángel Trinidad sin poder evitar la risa.

—Que esperemos que los políticos no metan las manos, porque tienen el don del rey Midas, mas no precisamente con oro.

Ángel Trinidad se percató de que, en forma discreta, al cerrar el libro su amigo colocó la tapa boca abajo.

—¿Y ahora qué lee, don Polo? —preguntó.

—El Diario.

—Me refiero al libro. Me parece que no quiere mostrármelo.

—Ah, ¿esto? —dijo en tono distraído, conteniendo las ganas de abrirlo y seguirlo devorando—. Pues, es la historia de un monstruo.

—¿Godzilla, King Kong, Dos Bocas, el Tren Maya…?

—Ninguno de esos. Éste no es tan voraz —afirmó—. Fue creado por un sujeto que creyó ser muy hábil y la creación se convirtió en su ruina. El monstruo adquirió más poder y fuerza que la prevista. Una vez que cobró conciencia de que nadie podía hacerle frente, arrasó con aquel que osara confrontarlo. Una calamidad.

—¡Don Polo! —exclamó con angustia Ángel Trinidad—. Está usted leyendo la iniciativa por medio de la cual le ampliaron las facultades y el tiempo de permanencia en las calles al Ejército.

—¡¿Cómo?! No, no, no —dijo, y al momento mostró la cubierta del libro.

“Frankenstein”, de Mary Shelley. Y completó: “El moderno Prometeo”.

—¿Prometeo? ¿Por qué?

—Fue aquel titán que robó el fuego del Olimpo y con él dio vida eterna a los seres humanos, que antes de eso vagaban sin alma ni rumbo.

—¡Rayos! —Ángel Trinidad no cabía en sí de asombro—. Seguramente ese Prometeo era tabasqueño. Ya ve usted que son más inteligentes que los norteños.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

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