Recientemente tuve la oportunidad de asistir a una casa de retiros espirituales jesuita en las afueras de la ciudad esperando, de alguna manera, encontrar el alivio a una inquietud que había tenido durante estos últimos años de mi vida: el miedo a morir.
Sabía que Dios me concedería la paz mental que necesitaba, aunque no me imaginaba la forma en la que me respondería.
Estando ahí, tuve la dicha de observar algunos borregos pasear libremente por los amplios jardines del lugar. Una mañana al aproximarme a donde ellos se encontraban, fijé mi atención en cinco borreguitos, los cuales según el cuidador del recinto apenas tenían unos cuantos días de haber nacido.
Escena
Mirarlos era todo un espectáculo. Los borregos a pesar de ser tan pequeños ¡ya tenían la capacidad de caminar y seguir a sus madres! Juntos y bajo el cuidado de sus padres (dos carneros de gran tamaño) caminaban libremente por los alrededores del recinto. Mientras las madres pastaban los borregos se alimentaban de sus ubres. Su paciencia era increíble. Así permanecían unos cuantos minutos para después reanudar su camino, sin duda eran felices.
Aquella bella escena hizo que viniera a mi mente (después de 40 años) una historia increíble que me habían contado sobre los borregos y su manera de enfrentar la muerte.
Resulta que el borrego es el único animal que cuando va a ser sacrificado no se resiste, no lucha ni grita, sino que al sentir que morirá emite un tenue balido y ofrece el cuello para ser degollado. Al platicar con el cuidador me confirmó que dicha historia era verídica y he de admitir que aquello me hizo sentir pesar.
Yo antes pensaba que todo ser viviente al presentir su fin peleaba por prevalecer. Pero el borrego no lo hace. Aquello me enseñó una importante lección.
Temor
Durante muchos años tuve miedo de vivir, razón por la cual comencé a beber demasiado. El alcohol me daba las fuerzas para enfrentar la realidad, a tal grado que mi dependencia se hizo más fuerte que mis ganas de vivir. Pero, el 24 de enero de 1974 Dios me concedió el milagro; me quitó el deseo de beber y me dio las fuerzas necesarias para encarar mi realidad. Ya no necesitaba el alcohol.
Al mirar hacia atrás me siento orgulloso de lo que he logrado gracias a Dios, después de todo fue Él quien me otorgó la fortaleza y voluntad para llevar todo a acabo.
Ciertamente cometí errores graves en el pasado, pero también pude asumirlos sin pretender justificarlos.
Orgullosamente puedo decir que he vivido una vida con más triunfos que derrotas. Valió la pena. Este año al pedirle a Dios que me diera el valor de enfrentar la muerte con dignidad y valentía me di cuenta de la ironía, ya que antes le pedía que me quitara el miedo a vivir mientras que hoy le pido que me quite el miedo a morir.
Ver a los borregos y meditar sobre la manera en la que enfrentan su muerte era justo lo que necesitaba y estoy convencido de que no fue una casualidad. Dios me llevó de la mano en aquel entonces y lo sigue haciendo ahora. Creo que he enfrentado la vida y podré enfrentar la muerte con serenidad, tal como un borrego. Estando presente a la vista de Dios ¿realmente tengo algo que temer? — Mérida, Yucatán
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Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado
