¿Lo has notado? Sí, que todos, de una u otra forma, estamos rotos.
Todos tenemos grietas en el alma que suplican reparación.
Llegamos al mundo con estas heridas, sin entender su origen ni su propósito.
Pasamos gran parte de nuestra existencia mirándolas de reojo, evitándolas lo más posible porque sospechamos que a través de ellas se cuelan los sinsabores de la vida.
Nos esforzamos en no verlas porque creemos que nos distraen de nuestro emprendimiento de ser felices.
Las obviamos — aunque resulte inútil— y, paradójicamente, es nuestro constante rechazo hacia ellas lo que nos impide sanarlas.
Nos hemos convencido de que todo lo que necesitamos es ser felices.
Creímos la falsa idea de que todo tiene que salir bien en la vida y que, aunque no sea así, hay que perseguir la felicidad como un cazador a su presa. Por eso buscamos incesantemente la forma de lograrlo, pero no nos cuestionamos qué es realmente la felicidad.
Buscamos, ahí y allá, lo que nos parece fuente de dicha y bienestar: una relación, más dinero, un mejor trabajo, un mejor cuerpo, un viaje, un nuevo negocio, etc. pero, al final, todas esas cosas se reducen a paliativos de nuestro dolor; ese que deriva de nuestras heridas y que no queremos sentir, ese del cual huimos, como lo hace la presa del cazador.
Sucede que damos tumbos en esto de vivir, y vivir con alegría, porque continuamos ignorando nuestras fisuras y su propósito en nuestras vidas.
¿Qué haces cuando se te cae una taza?
El estrés y la velocidad con la que vivimos dictan que esa taza tienes que tirarla, ya no sirve… Pero en Japón, siglos atrás, eso era algo impensable.
En realidad, cuando algo se rompe, hay que arreglarlo. Así nace el kintsugi, un arte centenario que recompone las piezas rotas con barniz de resina mezclado con oro dejando como resultado una pieza todavía más bella que la original.
La palabra se escribe con tres símbolos. El primer símbolo representa el oro y los otros dos símbolos significan arreglo. Literalmente podemos traducirlo como “fijación con oro” o incluso “parche dorado”.
El Kintsugi es un arte y tiene mucho que enseñarnos sobre nuestras heridas.
¿Qué hacemos comúnmente con nuestras heridas?
Como dije al inicio, la mayoría de las personas tendemos a ignorarlas, mirarlas de soslayo, rechazarlas, negarlas y, en el mejor de los casos, sentirnos víctimas al descubrirlas. Pero tenemos mucho qué aprender del Kintsugi, porque cuando algo se rompe, este arte nos insta a restaurar las piezas rotas con sumo cuidado para obtener una pieza única y especial; en vez de disimular las rajaduras y las líneas de rotura, buscamos hacerlas más visibles utilizando polvo de oro o plata líquida, de forma que la pieza se remoza y adquiere un nuevo valor.
Este arte tan hermoso nos enseña que todos podemos reconstruirnos y que no tenemos que ocultar nuestras cicatrices.
Nuestras fisuras guardan su propio valor y belleza, principalmente porque son nuestra más preciada oportunidad para renovarnos y evolucionar.
No lo hacemos con polvo de oro o laca, pero lo hacemos reconociendo esas heridas y sanándolas con amor y conciencia.
Rara vez las cosas son lo que parecen. Nuestras grietas no han tenido otra intención que hacerse notar para que emprendamos un camino de sanación, no la búsqueda de la felicidad como muchos creímos durante tanto tiempo… Al menos, esa es la conclusión a lo que yo he llegado: la felicidad no es otra cosa que la consecuencia de sanar, de juntar nuestras piezas y aprender a amar las cicatrices visibles o invisibles que nos acompañan, porque son nuestras y porque cuentan nuestra historia. La historia de curación y aprendizaje que cada uno de nosotros hemos conseguido.
Cada cicatriz cuenta el camino que hemos recorrido, ese viaje de la fragilidad hacia la recuperación y el florecimiento de lo nuevo, lo que renace en nuestro corazón cuando sanamos.
Es en el proceso de aceptarte roto y repararte en donde se encuentra el genuino consuelo de tu alma. Es ahí donde se halla la paz y la plenitud, y lo que no sabíamos que se llamaba “felicidad” pero que resulta ser la dicha auténtica.
Para dejar de estar roto tienes que aceptar que lo estás y que lo has estado siempre. Y eso es lo mejor que nos podría pasar, porque como dijo Leonard Cohen, “Hay una grieta en todo, así es como entra la luz”.
Viniste a restaurar tu alma para volver a ser Uno con Dios. Si comprendes esto, lo has comprendido todo. —Mérida, Yucatán
gabrielasoberanis madrid@gmail.com
Coach Profesional y Acompañamiento Espiritual. Podcast Gabriela Soberanis
