Lo que importa no es aquello que miras, sino lo que ves —Henry David Thoreau

“¡Tremendo tumorón!” Ahí estaba, absorto, como el resto de mis compañeros viendo la imagen de una mole del tamaño de una calabaza de Halloween. No podíamos concebir que una persona pudiera, y en este caso una mujer, llevar en sus entrañas una masa de colosal tamaño y de varios kilos, que no fuera un útero preñado.

Un enorme tumor quístico de ovario. En mi época de estudiante, en un aula de la T-1 y en una clase impartida con el apoyo de un proyector de diapositivas. Corría el año 1983. El maestro en turno: nuestro querido Álvaro Bolio Cicero.

Maestro de generaciones de médicos, el Dr. Bolio, “Alvarito”, como le llamaban sus colegas y compañeros del hospital, tenía esa habilidad que pocos tienen de convertir una materia árida en algo no solo interesante, sino hasta divertido.

La cátedra de Anatomía Patológica era impartida en aquellos tiempos además del maestro por los doctores Francisco Vadillo Rivero y Jorge Hadad Herrera. Decir fundamental es poco. Posiblemente para el alumno de tercer grado de aquel entonces, aún no nos caía el veinte de la trascendencia que tendría a lo largo de nuestro ejercicio profesional.

Pasamos de la imagen artística y hasta romántica de los huesos, músculos, órganos, arterias, venas y demás de los textos de anatomía y las clases de disección, a la transformación, muchas veces con imágenes de terror, de cualquier segmento del cuerpo trucado por la enfermedad y sin lugar a duda, las más impactantes como suelen ser los procesos cancerosos.

Pero si el aspecto macroscópico del organismo mostraba el rostro feo de la enfermedad, lo que seguía a la microscópica de los tejidos afectados equivaldría a sacudirnos también la visión romántica que macizamos en las clases de histología, con otro inolvidable maestro: el Dr. Miguel Ángel Berzunza Novelo, donde aquel orden tan simétrico, como estampa perfecta de un caleidoscopio multicolor se transformaba en una imagen digna de una pintura abstracta plasmada por un pincel esquizoide.

En esos años durante la clase que correspondía a tumores óseos, recuerdo que mencionó que estos eran hasta cierto punto: “el coco” para los patólogos; la dificultad técnica incluía primero que nada que el material obtenido por el ortopedista fuera de buena calidad, había que esperar un proceso de 3 a 5 días porque las muestras se congelaban y luego se descalcificaban, pero además, era requisito enviar todos los estudios previos: expediente con historia clínica completita, radiografías, análisis y lo que se tuviera, en una época que no había tomografía, resonancia magnética, gammagrafía y ni siquiera los llamados marcadores tumorales.

“No sean gachos…, ni las radiografías mandan”. Aquella petición, tendría en mi trayecto personal una especie de segundo recordatorio.

Cuando estuve de residente en el Hospital Juárez de Mérida y teníamos un caso de algún tumor óseo, nos topábamos con el mismo panorama. El patólogo en turno, el Dr. Antonio Reyes Ortega, un buen colega, carismático, se retorcía su enorme bigote, se sacudía la melena de aquellos tiempos y de nuevo: la petición de radiografías, laboratorio, etc.

Esbozaba una amplia sonrisa y luego soltaba: “Estudios previos… o te llevas tu retazo de hueso a otro lado”.

Lo que surgió en esos años fue la saludable costumbre de interactuar con el patólogo en aras de ser lo más preciso posible en el diagnóstico, de lo cual dependía el tratamiento y las posibilidades de que el paciente preservara la extremidad o la vida, pero además en un clima de amistad sincera. Pero me atrevo a pensar que ese fue el camino correcto con el cual nos formamos, el protocolo clásico: conocer la historia clínica del paciente, incluso los datos relacionados con su entorno, esto es, los antecedentes no patológicos, una buena exploración física, todos los exámenes de laboratorio y gabinete afines al caso.

De aquí, correlacionar las pistas: agregado de grupos de hallazgos en patrones, selección de eje o hallazgo clave, confección de una lista de causas, selección y confirmación de un diagnóstico para lo cual el resultado de la biopsia era como la cereza del pastel y en todo esto la comunicación con el enfermo, la más de las veces angustiado, y en donde antes de tener el resultado, nuestra empatía con él es crítica para lo que vendrá después.

Con el paso de los años hemos avanzado y agregado nuevas y extraordinarias herramientas: la tomografía, el ultrasonido, la resonancia magnética, la gammagrafía y modernas técnicas de punción guiadas por sofisticados equipos de gabinete para obtener en la forma menos invasiva una buena muestra para analizar, pero esto e insisto debe ser lo último.

Por eso no solo no comparto, tampoco acepto al médico novato, que pretende saltarse todos los pasos, e ir directo a una biopsia, teniendo solo un estudio de gabinete previo, sin tan siquiera muchas veces tomarse la molestia de la exploración clínica, requisito indispensable y oportunidad única de estrechar lazos con el enfermo.

En 1906, llegó a Yucatán a iniciativa del Dr. Augusto Molina, el Dr. Harald Seidelin. Hay un claro antes y un después en la historia de la Medicina en Yucatán, el impulso que el sabio danés dio a la Anatomía Patológica como arma, catapultó al Hospital O’Horán como uno de los mejores en su época, reputación preservada hasta en mis tiempos de médico interno de pregrado; en las sesiones hospitalarias era precisamente un patólogo, el Dr. Roger Sánchez Elías, el personaje estelar que colocaba los puntos sobre las íes.

De esa gran estirpe surgen médicos como el Dr. Álvaro Bolio Cicero que fue parte de los patólogos que le han dado prestigio a la Medicina yucateca. El maestro realizó el Postgrado en Anatomía Patológica en el Hospital de Enfermedades de la Nutrición de la Ciudad de México y en el Hospital General de México.

Fue Titular de las Jefaturas de los Departamentos de Patología y Citología Exfoliativa en el Hospital Escuela O´Horán, en el Hospital “20 de noviembre” de la SSA y en el IMSS.

Fue consejero de la Comisión de Arbitraje Médico de Yucatán (CODAMEDY). Profesor de Anatomía Patológica por 30 años en la Facultad de Medicina de la UADY. Asesor del Departamento de Patología Tropical del Centro de Investigaciones Regionales “Dr. Hideyo Noguchi” de la Universidad Autónoma de Yucatán. Autor y colaborador en trabajos de investigación. Recibió el reconocimiento al Mérito Médico en el año del 2011.

En el programa de la carrera no había una cátedra de Oncología como tal. Los procesos neoplásicos se abordaban cuando se cursaba la materia en específico (Ortopedia, Gastroenterología, Ginecología, Neumología, etc.), de tal manera que mucho de lo que veríamos después tuvo un fuerte precedente en las clases del maestro.

Recuerdo cuando a la pregunta sobre los tumores cancerosos, de cuál sería el menos y el más agresivo…, después de rascarse la cabeza, y tomarse una breve pausa dijo: “sí me va a dar cáncer, que sea de piel”—refiriéndose al carcinoma basocelular— “Tal vez el más agresivo y veloz sea el cáncer de cabeza de páncreas”—en relación con el otro extremo.

Por azares del destino superé un cáncer basocelular de piel hace seis años, pero mi madre se fue hace dos años, a solo tres meses de habérsele diagnosticado un cáncer de páncreas. Así de asertivo. Hoy afortunadamente el pronóstico del cáncer ha tenido en los 30 años de ser médico, una feliz evolución, en el sentido que el diagnóstico precoz, la certeza de la estirpe tumoral, su extensión, los avances en la cirugía, la radio y quimioterapia plantean un panorama muy distinto y en donde el médico patólogo mantiene un papel crucial.

El pasado 5 de noviembre el Dr. Álvaro Bolio Cicero falleció. Su legado como catedrático y médico quedará para siempre. En lo particular, lo recordaré como uno de los maestros más caballerosos, con un trato afable, un sentido de humanidad para comunicarse con los enfermos (sobre todo el dar malas noticias), para quien no había cuestionamientos fútiles. Heredó a su hijo Álvaro, el trato amable, la dedicación, la acuciosidad, la responsabilidad y el apego a su profesión. Va para él y toda la familia mis más sinceras condolencias.

Descanse en paz nuestro querido maestro el Dr. Álvaro Bolio Cicero.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

 

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