La razón por la cual la inmensa mayoría de los mexicanos apoya al presidente López Obrador —y es probable que, por esto mismo, haga triunfar a los candidatos de su partido en las elecciones estatales del próximo año y federales del siguiente— es que encabeza un movimiento de transformación para mejorar las condiciones de vida de todos ellos, a diferencia de los gobiernos anteriores, cuyo fin primordial era saquear al erario y favorecer a una minoría oligárquica que acumuló fabulosas fortunas con base en los privilegios que los gobernantes les concedían y de no pagar impuestos, minoría que, por razones obvias, quiere el retorno al poder de sus benefactores.

Los “expertos” de la derecha andan buscándole tres pies el gato sabiendo que tiene cuatro. Que si los seguidores de su rival son iletrados, que si son chairos, que si son tontos, que si fanáticos, que si no saben nada de política, en fin, toda una serie de denostaciones que sólo les sirven para eludir el hecho incontrovertible de que, no obstante la andanada de metralla salival, la fuerza del denostado aumenta cada día ante el asombro de aquellas eminencias grises que no se explican la razón del avance en el sentir ciudadano.

Si López Obrador fuera un gobernante como los que le antecedieron, para no ir más lejos, en los últimos 35 años, hace tiempo que hubiera saltado como tapón de sidra porque el pueblo no hubiera aguantado otro gobierno como el de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón o Peña Nieto, frívolos, insaciables, entreguistas y sometidos a los intereses de una oligarquía que los tenía como empleados.

Los seguidores de AMLO no están sólo en Morena; si fuera así su gobierno no tendría la aceptación que tiene. Según la última encuesta de Morning Consult, hecha en la semana del 23 al 29 de noviembre y publicada el 1 de diciembre, el presidente de México ocupa el segundo lugar entre los 22 mandatarios sometidos a la prueba, con un 71 por ciento de aprobación de sus conciudadanos, índice que ya hubieran querido para un día de fiesta sus antecesores del Prian en el inicio del quinto año de sus respectivos mandatos. Según la encuesta quienes lo desaprueban son sólo el 24 por ciento.

Esto pone de manifiesto que la polarización que existe en nuestro país no es de dos mitades contrapuestas sino la de una mayoría que apoya una forma de gobernar y una minoría que por más ruido que hace no logra avanzar.

Es la polarización del llamado “Círculo rojo”, del que habla Aguilar Camín, donde están los intelectuales orgánicos, la denominada clase política, la oligarquía, los editorialistas de derecha, además de la minoría social que los sigue, frente a una inmensa mayoría que día a día adquiere mayor grado de politización.

Esa polarización no podrá significar guerra, ni pasos hacia ella mientras los conflictos se diriman por vías democráticas, como hasta hoy ha sido, gracias a un gobierno respetuoso de todas las libertades, que no reprime y no persigue. Ni siquiera cuando su titular es insultado en los debates o una fanática, fuera de sus cabales, lo ofende ruidosamente en un avión comercial.

La democracia

La derecha debe meterse en la cabeza que democracia no es dictadura de minorías, como era antes, sino gobierno de mayorías. Es cierto que las minorías deben tener, también, su espacio político para plantear lo que a sus intereses convenga y deben ser atendidas, pero de eso a que un gobierno que fue electo por el 53 por ciento de los electores, porcentaje que, en su trayecto, ha elevado en 18 puntos porcentuales, traicione a éstas y se ponga a gestionar los asuntos que convienen a las minorías que usufructuaron antes el poder, aunque choquen con los de las mayorías, hay una gran distancia.

Salvo un gobierno, el de Lázaro Cárdenas, que gobernó con el pueblo en Palacio Nacional nunca en la historia reciente del país, había llegado a la presidencia una persona de izquierda, comprometida con un programa que pone en primer lugar a los más desafortunados, sin menospreciar a quienes no lo son, hasta hoy, cuando —gracias a la politización del pueblo que venció los obstáculos de siempre en materia electoral— llegó uno con la misma orientación.

Tampoco había llegado al timón presidencial alguien que combatiera la corrupción de hecho, no de palabra; que trabajara los 7 días de la semana, desde que amanece hasta bien entrada la noche —recuérdese que Peña Nieto se iba los fines de semana a jugar golf con sus amigos en helicópteros de la Sedena y que Calderón, que hasta mandó a construir una cava en Los Pinos, cerraba el changarro a las dos de la tarde hasta el día siguiente— y recorriera los fines de semana el territorio nacional para supervisar las muchas obras que realiza.

Los infundios y las calumnias no han hecho mella en el apoyo masivo del pueblo. Los pronósticos catastrofistas, uno a uno, han sido barridos por la realidad. Que el peso se devaluaría en grado extremo a las pocas semanas que AMLO tomara posesión, asentaban. Hoy el peso se ha revaluado. En diciembre de 2018 un dólar costaba $ 20.36, el sábado 2 de diciembre de 2022, estaba en $ 19.30, es decir, $ 1,36 menos que lo que costaba al principio de la administración.

La economía se recupera a pasos acelerados después de la pandemia. El poder adquisitivo del salario mínimo, que en los regímenes prianistas se achiquitó ha recuperado en gran medida el poder de compra perdido; los programas sociales, motivo de pillaje en sexenios anteriores, hoy son derechos consagrados en la Constitución y de cuantía importante.

No se han resuelto, por supuesto, todos los problemas del país, pero se garantiza que hacia allá se camina con paso firme porque el actor que irrumpió en la escena encabezando una transformación aplica un programa apoyado por las grandes mayorías del país y mientras goce de este apoyo la obra continuará.— Mérida, Yucatán.

fipica@prodigy.net.mx

Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa

 

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