He salido de casa con anticipación, no me arriesgo a llegar tarde a la oficina por el mal servicio de transporte público en Mérida, el talón de Aquiles de los últimos gobiernos locales.

¡He tenido suerte! Una vez más he logrado torear las horas pico y llegar con unos 45 minutos de antelación.

Como es habitual, cargo mi libro electrónico para aprovechar el tiempo con mi lectura en turno, en estos casos. Hago una escala el Parque Hidalgo, a una cuadra de la Plaza Grande.

Visualizo la banca de madera menos rota y cobijada con la sombra más frondosa, me instalo con café en mano, me predispongo a zambullirme unos minutos en la lectura, las intermitentes bocanadas de aire fresco de esta época del año provocan que realmente disfrute el momento.

He avanzado aún pocas líneas y de pronto revivo esa sensación de cuando sonaba la estridente alarma del antiguo despertador de mi abuela. La verdadera aventura recién comienza…

Se acerca la primera persona: una mujer, que aparenta no más de 30 años, pide dinero a quienes, como yo, esperan o toman un descanso; dice que lo destinará a niños de un orfanato, no menciona el nombre de la asociación que dice representar, habla tan rápido como la persona de cualquier banco que te toma una llamada que se avienta un discurso sin respirar y terminas envidiando su capacidad pulmonar.

A la distancia, un hombre le hace señas discretas para indicarle a quiénes dirigir la petición. Ella finge ir sola, pero al terminar la colecta le entregará el dinero y se dirigirá a otro parque del rumbo. Los he observado en varias ocasiones en el Parque Eulogio Rosado, cerca del mercado Lucas de Gálvez.

Aún no pasan 5 minutos, cuando se acerca una señora con una canasta de dulces regionales, palanquetas, cacahuates garrapiñados, entre otras delicias, mis ojos se clavan en ellos, pero ella ha empezado a hablar; más que ofrecerlos, te platica que vende porque mantiene a toda su familia y tiene un hijo enfermo, que si no le quieres comprar le des un aporte económico. Caigo en la cuenta de que su producto es prácticamente utilería para representar a un personaje.

“Para personas con cáncer”

Algunos minutos más tarde, quizás 10, escucho una letanía similar a la primera y casi por inercia respondo: “¡Sin pecado concebida!” como cuando acudo a rezar el Rosario. Esta persona trae unos folletos.

“Sí que le han invertido”, pienso. Levanto la vista, veo detrás suyo a un grupo de chicas y chicos que no deben pasar de 20 años. Ellos se esfuerzan por abordarte con comentarios tipo comedia de stand up, para atrapar tu atención. Claro que aprenderse el guión no es gratis, ellos te dicen que te dan el folleto tipo “raspadito” pero debes pagar entre 20 y 50 pesos.

Normalmente en un juego de lotería pagas y te llevas el premio que indica el área donde raspaste. El folleto que ellos dan, raspas y tú pagas la cantidad que salga, según tu suerte de filántropo. Ellos se limitan a decir que el recurso será para personas con cáncer.

El folleto trae un código QR que te lleva a una página que bien podría no existir, pues hasta supuestas agencias de viaje han estafado con sitios web falsos. ¿Qué se puede esperar de los que medran con la necesidad ajena, apelando a tu caridad y empatía?

A los pocos minutos se acerca otra mujer ofreciendo medirte la presión arterial —a estas alturas debo tener elevadas sístole y diástole porque sentir la presión de todos y pensar que puedes ser parte de la solución dando unas monedas no es poca cosa—.

Sí respondes que no necesitas medir tu presión, así sin más solicita que les des “lo que sea tu voluntad”; se pone creativa y dice que es a beneficio de niños sin piernas, tampoco explica a qué organización representa.

Luego viene otra persona en silla de ruedas, es un hombre de unos 55 años con una guitarra, con mucha energía ofrece amenizarte el momento a cambio de la cantidad que gustes darle, ya lo has escuchado con otras personas y es indudable que pone empeño, se esmera y al final consigue su objetivo.

Un modo de vida…

Se acerca otra persona más en silla de ruedas, pero no interactúa. Quien pide la generosa aportación es la señora que empuja, eso escuché con la persona sentada a unos metros, veo el reloj, me he quedado sin dinero y sin tiempo para leer, ya es mi hora de entrada a la oficina. No avancé en mi lectura, pero descubro otro modo de vida del que poco se habla: los que tienen “el oficio de pedir”.

¿Son historias reales las que exhiben para pedir? Con toda seguridad habrá casos ciertos, pero otros, tal vez la mayoría, son inventadas. Recuerdo una noche reciente que al salir, un hombre joven, bien vestido, me intercepta a la salida del trabajo y con voz dulce que casi implora me dice: “podrías regalarme 10 pesos”; sí, tienen tarifa.

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Lo pide al momento que entra una llamada al celular y me dispongo a responder mientras cruzo la calle, apenas atino a contestar con un movimiento de cabeza mientras digo a mi interlocutor “bueno…”, voy apurada tipo Forrest Gump para que no me deje el último camión a casa.

Al estar en la otra acera, el hombre pedigüeño se transforma como Hulk y me grita a todo pulmón: “¡Ojalá se te queme el teléfono!”.— Mérida, Yucatán.

Correo: mariana.pacheco@megamedia.com.mx

*Periodista

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