Dios tomó forma de mendigo y bajó al pueblo. Buscó la casa del zapatero y le dijo: “Hermano, soy muy pobre, no tengo una sola moneda en la bolsa. Estas son mis únicas sandalias y están rotas. Si tú me hicieras el favor…”
El zapatero, con fastidio, exclamó: “Estoy cansado de que todos vengan a pedir y nadie a dar”.
El Señor le dijo: “Yo puedo darte lo que tú necesitas”.
El zapatero, desconfiado, viendo un mendigo, le preguntó: “¿Tú podrías darme el millón de dólares que necesito para ser feliz?”
El Señor le dijo. “Yo puedo darte diez veces eso, pero a cambio de algo”.
—¿A cambio de qué? —preguntó el zapatero.
—A cambio… a cambio de tus piernas —respondió el Señor.
—¿Para qué quiero yo diez millones de dólares si no voy a poder caminar? —respondió el zapatero.
Entonces, el Señor le dijo: “Puedo darte cien millones de dólares a cambio de tus brazos”.
—¿Para qué quiero yo cien millones de dólares si ni siquiera voy a poder comer solo? —dijo el zapatero.
Entonces, el Señor le dijo: “Bueno, puedo darte ¡mil millones de dólares a cambio de tus ojos!”
El zapatero pensó un poco y respondió: “¿Para qué quiero yo mil millones de dólares si no voy a poder ver a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos…?”
—¡Ah, hermano, hermano! —dijo entonces el Señor—. ¡Qué fortuna tienes… y no te das cuenta!
—¿Qué le parece esta historia, don Polo? —exclamó Ángel Trinidad mientras conversaba con su amigo en un café del norte de la ciudad—. ¿Verdad que está chévere? Se la escuché a Facundo Cabral.
—Muy chévere —sostuvo don Polo Ricalde y Tejero—. Una excelente lección sobre la importancia de la gratitud, un valor que lamentablemente se diluye en la sociedad.
—La gratitud —Ángel Trinidad retomó el hilo que lanzó su amigo y, adoptando un aire docto, señaló— nos diferencia de los animales.
—Por el contrario —respondió don Polo—. La gratitud nos iguala a ellos. Lo que nos diferencia es la ingratitud. ¿Cuándo has visto un animal ingrato? Todos ellos son leales, siempre y cuando no los obliguemos a lo contrario. El único animal capaz de la ingratitud sin razón es el ser humano.
Ángel Trinidad permaneció pensativo mientras bebía su café americano y veía a su amigo menear la cucharilla en su expreso cortado.
—Es como renegar de la institución que creó, organizó, montó, ejecutó, contó y avaló el proceso electoral por el que alcanzaste el poder —añadió don Polo—. Como que ahora repudies a ese organismo y pretendas tomarlo por asalto con el argumento, poco o nada sostenido, de que es caro y parcial.
—Así como usted lo pinta, parece ingratitud.
—Lo es. O bien, es como jurar defender a la ciudadanía portando gallardamente un uniforme y seas tú aquel de quien deben cuidarse los ciudadanos. Ingratitud es que te conviertas en una institución cuyos elementos detienen a personas y éstas terminan muertas.
—Claro, la ingratitud es con el pueblo y con el uniforme —respondió Ángel Trinidad.
—Y también lo es el hecho de que, como gobierno, guardes silencio ante esos atropellos y muertes, que simplemente no digas esta boca es mía —manifestó don Polo—. La ingratitud, mi amigo, es la que nos diferencia de los animales.
—Caray, don Polo —dijo Ángel Trinidad, reflexivo, mirando el café—, qué importante es el valor de la gratitud. Pareciera que, sin él, la sociedad puede desmoronarse.
—Y vaya que sí, por eso lo mismo debe uno dar gracias por lo que tiene, como el zapatero, que por lo que no tiene. Dar gracias al que ayuda, gracias al que sonríe, gracias al que barre porque su trabajo nos permite vivir en un entorno limpio, gracias a la vida, gracias a Dios…
Ángel Trinidad dijo entonces. “Oiga, don Polo. Ya que estamos en esto, qué pidió en su carta al Niño Dios para esta Nochebuena”.
—Veamos… Le pedí tener un país donde el esfuerzo redunde en una mejor vida, como nos enseñaron nuestros padres. No donde baste pertenecer a un grupo de edad para recibir dinero, que después se cobrará vía apoyos y votos.
—También —prosiguió—, que no seamos insensibles ante los migrantes, esas personas cuya lacerante vida vemos cada vez con más normalidad, con el riesgo de convertirlos en invisibles. Mientras nuestras familias están unidas junto al nacimiento, ellos cruzan el río o son acosadas por los traficantes, pasan hambre, frío, miedo…
—Pedí, igualmente, que la delincuencia organizada y la desorganizada dejen de adueñarse del país y que las autoridades comprendan y asuman su función de garantes de la seguridad del pueblo, no garantes de la seguridad de los delincuentes, o verdugos de la ciudadanía.
—Y…
—Sabe qué, ya mejor párele. No creo que le traigan nada de lo que pide.
—Tal vez no, pero eso no significa que deje de exigirlo.
—Tiene razón —dijo Ángel Trinidad al momento de levantarse—. ¡Déjeme darle un abrazo para desearle una muy feliz Navidad!
Don Polo se levantó pesadamente y respondió con sinceridad al abrazo de su amigo.
—¡Feliz Navidad! —le dijo, añadiendo—. Y ¡gracias!— Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
