En 1997 publiqué mi novela “Las conjuras”, que preveía el triunfo de Vicente Fox en las elecciones presidenciales de 2000 y el de Andrés Manuel López Obrador en 2006 (triunfo que habría de esperar 12 años). Uno de los personajes centrales era el entonces ministro de la Suprema Corte de Justicia Genaro Góngora Pimentel.

En la novela se menciona a los personajes principales con sus nombres reales, si bien los hechos en que participaban eran en su mayoría ficticios. Pues bien, ocurrió que yo no conocía personalmente al ministro Góngora y necesitaba poder describirlo, pero las fotos no eran suficientes para hacerlo.

En la redacción de “La Jornada”, diario del que fui editor en jefe, había yo trabajado con el reportero Jesús Aranda Terrones, uno de los mejores diaristas del “staff” de ese periódico capitalino.

Jesús tenía asignadas dos fuentes periodísticas, las Fuerzas Armadas y la Suprema Corte, de modo que acudí a él para que me describiera —como lo hizo— a Góngora Pimentel. El ministro había llamado mi atención debido a su postura sobre la matanza de 17 campesinos, en junio de 1995, en el vado de Aguas Blancas, Guerrero. Góngora planteó que la Corte investigara el gravísimo caso, pero solo tuvo el apoyo de José de Jesús Gudiño Pelayo. La mayoría de los ministros negó esa investigación, pero meses después, a solicitud del presidente Ernesto Zedillo, la Corte sí realizó la indagación.

Una tarde de la primavera de 1997, a petición mía, nos reunimos en un restaurante de la colonia Roma Góngora Pimentel, Jesús Aranda y yo, para entregarle al ministro un ejemplar del libro donde se le ubicaba como presidente de la Corte. El juzgador amenazó con demandarme por utilizar su nombre en una novela y comentó, entre irritado y preocupado, que por fortuna él no tenía interés ni posibilidad de ocupar la presidencia de la Corte, porque si la tuviera —dijo—, yo la había arruinado. Y bueno, en enero de 1999, Góngora Pimentel fue elegido presidente de la Corte en la segunda vuelta, tal como se narraba en la novela.

¿A qué viene que yo cuente todo esto en estos días difíciles en que la Corte está en el centro de un escándalo de plagio atribuido a la ministra Yasmín Esquivel Mossa?

Ocurre que el 12 de diciembre, el presidente saliente de la Corte, Arturo Zaldívar, develó una placa por la que se impuso el nombre de Jesús Aranda Terrones a la sala de prensa de la SCJN. El prestigiado reportero, quien se inició en “El Sol de México” y tuvo en “La Jornada” su período de mayor brillo profesional, murió hace cinco años, el 16 de agosto de 2017, en plena madurez periodística. Al evento de la Corte asistió su viuda, Ana Laura Hernández.

El homenaje a Jesús Aranda fue también un reconocimiento a la labor de los reporteros de la fuente judicial. En estos tiempos en que los profesionales de los medios son blanco de la violencia criminal que azota el país, resulta plausible que se haga explícita la estimación al trabajo de quienes contribuyen a dar rumbo y sentido al derecho a la información y a la libertad de expresión.

Periodista crítico y profesional

Jesús Aranda Terrones fue un periodista crítico que, además de su trabajo reporteril, publicó la columna Milicia y Justicia en “La Jornada” online. Sus cuestionamientos al trabajo del ejército, en particular la influencia de Estados Unidos en tareas militares mexicanas, originaron que fuera marginado de los eventos públicos de la Secretaría de la Defensa, lo cual motivó que la Comisión Nacional de Derechos Humanos emitiera en mayo de 2017 medidas cautelares en favor del reportero.El periodista laboró 24 años en “La Jornada”, diario que en el quinto aniversario de su fallecimiento lo recordó así: “Especializado en la cobertura de las fuerzas armadas y la SCJN, el reportero Jesús Aranda Terrones se convirtió en testigo privilegiado de las aceleradas transformaciones de ambas fuentes informativas hasta su fallecimiento, el 16 de agosto de 2017. A cinco años de su deceso, aún es reconocido como especialista que narró la historia del creciente protagonismo castrense, desde la caída del zar de las drogas, Jesús Gutiérrez Rebollo, hasta las secuelas de la masacre en Tlatlaya o la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa”. Nota bene: Los lectores interesados en lo que cuento al principio de este texto, pueden hallar un relato más detallado en la Revista de la Universidad de México (shorturl.at/gktMY), en un texto que fue prólogo del libro de Góngora Pimentel titulado La formación de un juez federal (Porrúa, 2016)— Ciudad de México.

Periodista

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