Hace 28 años, precisamente el día primero de enero, nos despertamos con los noticieros de televisión informando de un levantamiento armado en San Cristóbal de las Casas y en otras comunidades de Chiapas.
Indígenas con paliacates cubriendo sus caras y mal armados, algunos con rifles de madera, tomaron las presidencias municipales y leyeron una declaración de guerra en contra del gobierno de México, encabezados por un carismático líder que usaba pasa montañas para ocultar su rostro y que fumaba una enorme pipa.
El levantamiento zapatista en Chiapas es catalogado por algunos como el distractor perfecto del entonces presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari.
Surge, precisamente, en un año electoral, 1994, que marcó de manera demoledora toda la década y en el cual se dieron otros acontecimientos relevantes, como la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá; el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio y de otro prominente político, José Francico Ruiz Massieu.
Ese año, el PRI logró ganar las elecciones presidenciales con Ernesto Zedillo. La alquimia del aparato oficial, nuevamente, frustró los deseos de cambio de la población.
El levantamiento zapatista fue el pretexto ideal para crear en la población un sentimiento de temor, por el avance de la oposición, sobre todo de la izquierda.
La posibilidad de la alternancia en el poder era real y el sistema usó a los zapatistas para justificar su continuidad.
Después de 28 años, las cosas no han cambiado sustancialmente en la cuestión indígena, salvo alguna ley que no se aplica y duerme el sueño de los justos. Si bien se reivindicaron algunos derechos de las comunidades autóctonas, la situación de pobreza y de abandono sigue existiendo.
Chiapas continúa siendo el estado más pobre de México y muchas comunidades indígenas sufren la devastación de sus tierras y de su habitad por la construcción del Tren Maya, proyecto colonizador que arrasa la selva maya y que está siendo impuesto por un gobierno de izquierda que, se esperaba, reivindique los derechos de los pueblos autóctonos de México.
El levantamiento zapatista motivó el turismo cultural y anarquista y se convirtió en una guerrilla amable y hasta domesticada, que ahora, 28 años después, sólo es un vago recuerdo.
Quienes ayer defendieron y alabaron la causa zapatista, como el presidente Andrés Manuel López Obrador, hoy gobiernan pisoteando los derechos de los indígenas, los despojan de sus tierras y les imponen proyectos, a cambio de dádivas económicas que consolidan el sistema paternalista que, desde la Colonia, mantiene a los pueblos nativos en la pobreza y en el abandono.
¿Cuándo veremos un cambio real? ¿Tendrá que surgir una nueva guerrilla o será necesaria una nueva alternancia política en México? Lo dejo de tarea.— Mérida, Yucatán.
rogergonzalezh@hotmail.com
Profesor
