Mientras esperaba la luz verde del semáforo, un buen día levanté la mirada buscando un pedacito de cielo entre los antiguos y elevados edificios que prevalecen en el centro de nuestra hermosa ciudad.

Una trompa oxidada sobresalía del techo de una casona en ruinas y alcancé a ver al elefante completo, cubierto de óxido, pero estoicamente en pie.

Era la esquina del elefante, en la calle 65 con 46 del centro en la hermosa Mérida, seguramente escenario de tantísimos acontecimientos como sucesos resguarda en su privilegiada memoria el colosal y oxidado paquidermo.

Aunque él mismo parece olvidado, se dice que un elefante jamás olvida, ya que su capacidad de memoria es cercana a la que poseen los primates, y es quizá esa la verdadera razón de que se le hay ubicado en un sitio desde donde domina el acontecer de una de las calles más transitadas, concurridas e importantes de la capital yucateca.

En la historia del origen de este elefante en las alturas, hay una versión que apunta a una burla entre hermanos haciendo referencia al voluminoso cuerpo de uno de ellos, pero quizá su misión actual, ya revestido con el óxido del abandono, es recordarle a quien atine a elevar la mirada y percibir la oxidada trompa, que debemos revisar nuestro interior, revalorar lo que somos y, como en la novela de Robert Fisher, titulada “El caballero de la armadura oxidada”, remover la coraza que nos aprisiona e impide ser nosotros mismos, vivir a plenitud cada día y darnos por completo a quienes amamos.

Deslumbrados y confiados por el brillo de la envoltura, muchas veces descuidamos apreciar lo que realmente somos, omitimos amarnos a nosotros mismos y transitamos por la vida necesitados del amor de los otros, creemos que amamos cuando en realidad solo necesitamos.

Queremos ser escuchados, pero no sabemos escuchar; evadimos nuestros miedos, angustias y temores, construyendo con ellos una armadura que impide abrirnos a la vida.

Esa trompa oxidada a nuestro paso, bien puede ser un llamado a conocernos de verdad, a ver más allá del revestimiento para descubrir, o redescubrir quiénes somos, a no tener miedo a la soledad para hacer frente a todo lo falso de uno mismo y también para llorar… y en ese sencillo y valiente acto, evitar morir ahogados en las lágrimas no derramadas.

La armadura, como la trompa carcomida, ya no brillará. En su lugar, un alma bien pulida, dispuesta a amar de verdad, sin duda emanará más luz.

“Casi muero por todas las lágrimas que no derramé”. (Bobby Fischer. El caballero de la armadura oxidada).— Mérida, Yucatán.

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Psicóloga y periodista

 

 

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