Dejemos a los envidiosos la tarea de proferir injurias y a los necios la de contestarlas —Louis Emmanuel Dupaty

El tipo parado, envalentonado, soltó sus carteles de protesta, dio unos pasos hasta quedar al frente del Palacio de Gobierno para gritar a todo pulmón una serie de epítetos sarcásticos y groserías para culminar con: “¡Presidente eres un imbécil! Acto seguido los guardias apostados a la entrada, toletes en mano, sometieron a punta de golpes al rijoso hasta ponerlo boca abajo.

El sujeto empezó a protestar: “¿Qué les pasa?, estoy hablando del presidente de Estados Unidos”; a lo cual le dan otra tunda hasta que uno de los gendarmes le espeta: “¡No te hagas, todos sabemos a qué presidente imbécil te refieres!”

Un borrachito está con singular alegría empinando el codo, se acerca junto a un templete donde el Presidente está dando un discurso y en eso el beodo lanzó con todas sus fuerzas: “¡Qué muera el Presidente!” De modo similar, los policías lo rodean para darle una paliza, uno de los oficiales sujetándolo de la camisa después de zamarrearlo exclamó: “¿Qué fue lo que dijiste?”

El pobre tipo enseñando su botella responde: “Dije que se muera el Presidente…y el Bacardí, Don Pedro y de paso… la Tecate”.

Un funcionario de Relaciones Exteriores del gobierno está viendo el noticiero, donde uno de estos dictadores sudamericanos está diciendo “linduras” del presidente mexicano. El diplomático llama a su secretaria para redactar una nota de protesta. “¡Ningún extranjero va a insultar a nuestro presidente…, para eso está el pueblo de México!”

Con algunas variantes y, desde luego, empleando adjetivos más exactos, por no llamarles soeces, estos trillados chistoretes han sido utilizados por los mexicanos; hemos hecho escarnio, sátira y mofa del primer mandatario en turno.

La escalada de injurias, ofensas o cualquier adjetivo desagradable a los ojos y oídos presidenciales ha sido siempre motivo de censura, desde luego con una justa tolerancia equilibrante. Basta recordar desde la época de Porfirio Díaz con el célebre “El Hijo del Ahuizote”, o aquí en Yucatán con “El Padre Clarencio”. Tal vez por eso don Venustiano Carranza, el 12 de abril de 1917, emitió un decreto denominado “Ley sobre delitos de imprenta”, del cual solo transcribo el primer enunciado:

“ARTÍCULO 1.— Constituyen ataques a la vida privada, ataque a la moral, al orden o la paz pública:

“I.— Toda manifestación o expresión maliciosa hecha verbalmente o por señales en presencia de una o más personas, o por medio de manuscrito, o de la imprenta, del dibujo, litografía, fotografía, o de cualquier otra manera que expuesta o circulando en público, o transmitida por correo, telégrafo, teléfono, radiotelegrafía o por mensajes, o de cualquier otro modo, exponga a una persona al odio, desprecio o ridículo, o pueda causarle demérito o en su reputación o en sus intereses… La infracción de este precepto será castigada administrativamente con multa de cincuenta pesos”.

La verdad que, en medio del polvo del olvido, transcurrió sin pena ni gloria.

Con el paso de los años, las injurias, ofensas e insultos contra figuras públicas han danzado en la cultura, en el quehacer político y en el devenir de la sociedad; por supuesto en medio de este ambiente de condescendencia de las autoridades alternado con algunas persecuciones.

Un caso recordado, el de Jesús Martínez “Palillo”, el llamado rey de la carpa, un genio para llevar al escenario la sátira política que lo transportó más de una vez a la cárcel, sobre todo en la época del regente de la ciudad de México Ernesto P. Uruchurtu, que en repetidas ocasiones le clausuró su teatro. Recordamos memorables obras como: “Adiós guayabera mía”, “Agarren a López por pillo”, “El Maleficio es el PRI” y “Cuna de robos”, entre otras.

En un estudio de 2012, la maestra Claudia Gamboa Montejano, investigadora parlamentaria, es clara al señalar: “El derecho a la libertad de expresión, por una parte, así como el derecho al honor e intimidad de las personas, por otra, cuentan con la protección máxima constitucional, y ambos derechos tienen límites. Es difícil separar a uno de otro.

“En México los tipos penales que prohibían las injurias, difamación, y calumnia fueron derogados en abril de 2007, pasando a formar parte de la materia civil, con sanciones a través de una indemnización como reparación del daño moral, dejando de lado la privación de la libertad a través de la prisión y la multa que traía aparejada como reparación del daño”.

Pues en este clima de crispación y polarización que, quiérase o no reconocerse, se incuba todas las mañanas desde el púlpito nacional, la diputada de Morena Bennelly Jocabeth Hernández Ruedas (de no muy buenos antecedentes) propuso resucitar la ley de don Venustiano, pero actualizando además las multas en caso de injurias al Presidente de la República, gobernadores, secretarios de estado o quien ocupe la jefatura de gobierno de la ciudad.

En comisiones, la Cámara de Diputados dio luz verde a la reforma a la Ley sobre Delitos de Imprenta, “poniéndola de pechito” para que la aplanadora morenista lo aprobara. Lo que no contaron fue la inmediata postura de rechazo de Ricardo Monreal y para rematar del mismo presidente que, anunció el veto para esta ley en caso de que fuera emitida…, ¡faltaba menos!

El primer mandatario se dice defensor de la libertad de expresión, pero sin lugar a duda traería inevitablemente el cuestionamiento de por qué solamente los funcionarios…, ¿y qué pasa cuando el insulto o injuria proviene de arriba a la gente de a pie?

Las descalificaciones en las mañaneras no son exclusivas para contrincantes políticos o figuras públicas, simplemente están para todo aquel que piense distinto al presidente…, emergen a borbotones todos los días.

Sin meternos al costo monetario, que ya dijo más de un ciudadano estaría sin pena dispuesto a pagar, imagínense que difícil tratar de aplicar una ley de este tipo, cuando es evidente que los medios impresos habría que homologarlos al mundo de las redes sociales, elucubremos lo caótico para perseguir a quien diseñe un meme o lance algo injurioso.

Así que tomando en cuenta que esta ley no será decretada, aprovecho para decir que la propuesta de la morenista es propia de lambiscones, barberos, lamebotas, lisonjeros, halagadores, adulones, zalameros, cobistas, melosos, carantoñeros, lagoteros y un larguísimo etcétera.

Hace unos días, tuve la oportunidad de escuchar la interesante charla: “El arte del insulto” que el M.I.V. Raúl H. Lara Quevedo diera en estos días en la Facultad de Medicina de la Uady; una valiosa conclusión: El insulto no es malo, es parte de la lengua coloquial, pero si vas a insultar…que sea con conocimiento.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

 

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