Éramos un puñado de adolescentes que siempre acompañábamos al padre Alfredo Estrada Quirarte a todos lados a donde iba.
Nos encantaba escuchar sus anécdotas sentados en el piso del atrio de la iglesia, contemplando las estrellas y viendo, de cuando en cuando, pasar un ave blanca que intrépidamente se aventaba a los cielos nocturnos con agilidad desde el campanario.
Era Semana Santa y habíamos terminado de apoyarlo en las tareas propias de los rituales de la Iglesia Católica. Platicábamos de cosas de la vida y del futuro y también recibíamos instrucciones para el día de mañana, “Sábado Santo”, que según el padre era el más importante, porque significaba la ceremonia del fuego nuevo y de la resurrección de Jesucristo.
Trabajo en equipo
A unos les correspondió la tarea de traer leña, a otros armar el equipo de sonido y a los demás nos tocó sacar las bancas del templo y ordenarlas en el atrio.
La ceremonia era espectacular y la vivíamos con verdadera fe, el sábado en la noche el templo abarrotado de gente quedaba a oscuras, el sagrario permanecía vacío y con la puerta abierta, se sentía la tristeza y el abandono por la muerte de Cristo en la cruz.
Pero luego, el padre prendía la fogata en el atrio y de ahí encendía el Cirio Pascual, al cual le ponía unas inscripciones con el año correspondiente y una cruz.
Luego venía el canto del Gloria y la voz fuerte del padre Alfredo anunciando “Cristo, ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega”.
Aquella Semana Santa fue especial para mí, porque fui escogido por el padre para ser uno de los 12 apóstoles a quienes le lavaría los pies en la ceremonia del “Jueves Santo”, cuando la Iglesia recuerda la última cena de Jesucristo con sus discípulos, a quienes dio una lección de amor y de servicio al lavarles los pies a cada uno de ellos.
Me sentía especial y particularmente comprometido con esa lección de humildad y de servicio, dos de los valores fundamentales de la fe católica.
Visto a la distancia, reconozco que aquellos días de Semana Santa en la Parroquia representó algo fundamental en mi vida. Fue como una escuela en donde aprendimos a compartir y a dar lo mejor de nosotros, nuestro tiempo y nuestro esfuerzo.
Considero que, en su momento, el padre Alfredo Estrada logró hacer de su parroquia una Iglesia joven. A los muchachos de aquel entonces nos brindó espacios de participación activa en la Iglesia, nos hizo sentir especiales, nos inculcó el anhelo de construir la “Civilización del Amor” y nos convenció de que los jóvenes son el motor del cambio y de la transformación de la sociedad.
Seminaristas
También recuerdo con cariño a los seminaristas que acudieron a realizar su apostolado en la Parroquia de Buctzotz, entre ellos, Luis Antonio Ferráez Solís (q.e.p.d.), Augusto Romero Sabido, Pedro Enrique Alonzo Piña y Pedro Sergio Mena Díaz, actual obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Yucatán.
Fueron tiempos de camaradería, de actividades espirituales y deportivas.
Que esta Semana Santa nos ayude a renovar nuestra fe y esperanza en un mundo mejor, como aquel mundo nuevo y fresco de nuestros años juveniles.
Lo dejo de tara.— Mérida, Yucatán.
rogergonzalezh@hotmail.com
Profesor
