Muchas personas están en una lucha constante con su cuerpo. No tanto en cómo se sienten en él, sino en cómo se ven. Tienen una idea de perfección acerca de cómo deberían lucir físicamente, y hacen hasta lo indecible para hacer realidad esa idea.

Hemos normalizado la falta de aceptación a nuestro cuerpo, y lo hacemos de forma desconsiderada cuando lo privamos de comida a través de ayunos prologados, cuando lo castigamos con pastillas para adelgazar, o cuando lo sometemos a ejercicios intensos, a tratamientos de belleza dolorosos y cirugías innecesarias; cuando recurrimos a purgas usando laxantes, induciendo el vómito o haciendo retos de desintoxicación. Es poco probable que alguien no haya hecho una o más de estas cosas con el fin de cambiar la apariencia de su cuerpo y evitar verlo con disgusto.

Los medios de comunicación hegemónicos nos bombardean con estándares de belleza y delgadez inalcanzables. Esos estándares sobre la apariencia física vienen apareados con infinidad de alternativas para alcanzarlos. Aunque una y otra vez hayamos comprobado que es casi imposible lograrlos de una forma sana y sostenible, muchos lo siguen intentando.

Como resultado de esta hostigación y estos esfuerzos frustrados, muchas personas, especialmente mujeres, experimentan problemas de autoestima, trastornos alimenticios, ansiedad y depresión. La presión que se ejerce en nuestro entorno por apegarnos a estos estereotipos es enorme, y genera un ruido interno en las personas que impide que escuchen las verdaderas necesidades de su cuerpo y lo que realmente necesitan para sentirse y verse bien.

Muy poca gente tiene una relación saludable con la comida, porque la comida ha dejado de ser un alimento para el cuerpo y para el alma, y se ha convertido en un agente amenazador para alcanzar los estereotipos mencionados.

Aun cuando los alimentos son una necesidad fundamental en el ser humano, mucha gente le teme a la comida en vez de disfrutarla. Nuestra relación con la comida y con nuestro cuerpo se ha circunscrito a un número: al de la báscula, al de nuestra talla, al de las calorías ingeridas, al de los pasos que damos o las repeticiones que hacemos de un ejercicio, etc. O bien, ingerimos enormes cantidades de comida, o nos privamos de la necesidad de comer; pero no sabemos ser respetuosos con nuestro cuerpo ni agradecer nuestros alimentos.

Esto es preocupante. Es triste que no se fomente la cultura de cuidar y honrar nuestro cuerpo por lo que es y por lo que hace por nosotros. Es triste que antepongamos la estética a la salud integral, y que nos castiguemos físicamente de múltiples formas, sin importar las consecuencias, con tal de vernos de determinada forma.

Desde hace décadas surgieron métodos milagrosos para adelgazar y empequeñecer el cuerpo, que han ido desde hacer cinco comidas al día, a hacer ayunos prolongados, a quitar azúcares, luego grasas y después carbohidratos. Siempre aparece una fórmula “efectiva” para lograr esa perfección que solo está en nuestra mente.

Sin embargo, en todos esos métodos para tener el cuerpo ideal hay dos factores en común: la restricción y el juicio. Tenemos que evitar algún alimento porque es “malo”. Pensar que ciertas comidas son malas o que no las podemos disfrutar genera mucho estrés, tanto físico como emocional.

Hemos permitido que se infiltre la idea de que la comida estropea nuestra imagen. Esto nos agota emocionalmente, porque genera culpa y un reproche constante hacia nosotros por no tener la suficiente fuerza de voluntad para evitar esos alimentos “peligrosos”.

Y lo que realmente es peligroso es que no sepamos aceptarnos en nuestra forma y tamaño antes de poder hacer cambios de valor, que sigamos alimentando obsesiones que nos desgastan y que no hagamos algo para reconciliarnos con nuestro cuerpo y apreciarlo de forma genuina.

Hemos perdido total conexión con nuestro cuerpo. Ignoramos las señales que nos da de hambre, de dolor y de cansancio porque, en algún punto, como resultado de una vida llena de agitación y actividad, dejamos de escucharlo y de confiar en las señales internas que nos ofrece para tomar decisiones que aseguren su salud y bienestar. En otras palabras, no se nos insta a aprender a escuchar lo que nuestro cuerpo nos dice y hacer lo conducente para cuidarlo, valorarlo y amarlo de verdad.

Si estás cansado de hacer dietas o probar métodos milagrosos para tener el cuerpo que quieres, te invito a que te replantees este objetivo y pienses en términos de aceptación, salud, gratitud y amor. Para esto, lo que necesitas es aprender a escuchar tu cuerpo y a incrementar tu nivel de consciencia respecto a la alimentación.

He encontrado que hay cinco aspectos clave para mejorar nuestra relación con la comida:

1) Aprender a distinguir entre el hambre física y el hambre emocional.

a).— El hambre física puede manifestarse diferente en cada individuo, pero en la mayoría se presenta como un gruñido o sensación de vacío en el estómago, como una sensación de debilidad o cansancio, con un mareo o sensación de desvanecimiento, o con baja concentración. Cuando se trata de hambre física, las señales que el cuerpo nos envía nos permiten decidir qué, cuándo y cuánto comer.

b).— El hambre emocional, en cambio, surge como un impulso en donde se tiene antojo de un alimento en particuar; está relacionada con desencadenantes emocionales e, inevitablemente, después de comer emocionalmente, se experimentan sentimientos de culpa y remordimiento.

2) Aprender a identificar las señales de satisfacción y saciedad. Esto significa no darle al cuerpo más de lo que necesita o algo distinto a lo que necesita. Esta es otra forma de respetar y cuidar nuestro cuerpo.

3) Ser conscientes del ritmo que tenemos para comer. Aprender a disminuir la velocidad mientras ingerimos nuestros alimentos; masticarlos con calma y no llevarnos otro bocado a la boca hasta no haber tragado el anterior. Esto nos llevará a practicar mayor concentración, atención y conexión con nuestro cuerpo.

4) Aprender a sentir, disfrutar y agradecer nuestros alimentos. Esto es, ser consciente de los olores, sabores y texturas, poniendo nuestros cinco sentidos en la experiencia. Procurar que sea un momento placentero, que nos lleve a sentir alegría. Algo que, por cierto, parece prohibido o que va en contra de los objetivos de belleza y delgadez.

5) En el acto de comer nos debemos dar el tiempo y la atención suficiente para ingerir nuestros alimentos. Contrario a esto, es frecuente que la experiencia esté matizada por las prisas o rodeada de múltiples distractores, principalmente del uso de dispositivos digitales. Esto impide que tengamos una conexión real con nuestro cuerpo y las sensaciones que se producen durante la experiencia de comer.

Si has llegado hasta aquí, quizás es porque ya empiezas a dudar de todo lo que has hecho para verte como crees que debes verte. Te insto a que priorices respetar, cuidar y honrar tu cuerpo. Pasar de un comportamiento automático a uno consciente, para mejorar tu relación con la comida y con tu cuerpo, incluida tu apariencia física.

Nadie realmente come de más, porque sí; ni tampoco come de menos, sin motivo. Nuestra relación con la comida guarda una estrecha relación con las heridas no sanadas, con nuestros conflictos emocionales y nuestros dilemas no resueltos. Debemos comenzar a entender que la comida no nos engorda o nos adelgaza, y que no existe tal cosa como alimentos buenos o malos. Es verdad que hemos catalogado la comida como saludable o chatarra, pero cuando aprendemos a comer de forma consciente y a escuchar las señales de nuestro cuerpo, podemos hacer mejores elecciones para asegurar que cubrimos todas nuestras necesidades de salud, tanto las físicas como las emocionales y psicológicas.

Algo que la mayoría de la gente no comprende es que la belleza verdadera se manifiesta realmente cuando nos aceptamos y nos amamos tal y como somos. Con esto no estoy diciendo que estar por debajo o por encima de un peso adecuado para nosotros, sea irrelevante. Lo que estoy diciendo es que la premisa para hacer cambios de valor en nuestros hábitos es aceptarnos y valorarnos en el momento presente. Cuando nos aceptamos tenemos, por fin, la energía suficiente para hacer los cambios que tantas veces se vieron frustrados. Antes, la energía la ocupábamos en despreciar aspectos de nuestro físico y sentir disgusto por las partes de éste que no se adecuaban a nuestra idea de perfección. Cuando comprendemos que conectar con nuestro cuerpo y saberle dar lo que nos pide es mucho más importante que cumplir con estereotipos de belleza, ahí comienza la verdadera salud física.

Sin duda, este es un tema vasto, pero espero haber sembrado en ti la inquietud de saber más acerca de cómo aplicar nuestra intuición y nuestra consciencia al acto de comer. Espero que, en algún punto, puedas dejar de una vez por todas de intentar cualquier régimen alimenticio o dieta de moda; simple y sencillamente porque no funcionan. Imponernos reglas o restricciones estrictas es justamente lo que nos aleja de de toda posibilidad de conectar con nuestro cuerpo, y las sensaciones físicas de hambre y saciedad.

Seamos benévoloso con nosotros mismos. Tratemos nuestro cuerpo con amabilidad, aprendamos a reconocer todo lo bueno que nos da y agradecerle por ello. Y recuerda: una persona que se ama, es una persona que brilla con luz propia. De esto trata la verdadera belleza.— Mérida, Yucatán.

gabrielasoberanismadrid@gmail.com

Coach profesional y Acompañamiento Espiritual. Podcast Gabriela Soberanis

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán