Cientos de espectaculares desplegados por políticos se atreven a desafiar la ley: creen que con ambigüedades se abstienen de violarla.

El solo hecho de que actúen en agravio de la normativa constitucional es —o debería ser— motivo de repudio entre el electorado.

Un amplio sector de la sociedad mira con suspicacia estos grotescos intentos por sacar ventaja, por acortar distancias, por hacerse de un lugar preponderante en el imaginario colectivo.

En medio de los dimes y diretes de la vorágine electorera, surge la necesidad de que la oposición perfile a la figura que contenderá por la silla presidencial; debe ser alguien capaz de neutralizar la apabullante transformación de la que el país ha sido objeto en más de un sentido desde la llegada del presidente López Obrador al poder.

Una respuesta mal calculada, tras negarle la entrada a Palacio Nacional y su derecho a réplica, coloca los reflectores sobre la senadora Xóchitl Gálvez, quien es aspirante a la candidatura por el Frente Amplio por México. Inicia con un impecable discurso que la pinta de cuerpo entero: la descubre como la mujer franca, entrona, con intereses genuinos por el bien común; como una empresaria ambiciosa, de ideas vanguardistas, interesada en el desarrollo social, en las energías limpias y en el respeto a las libertades de todas y todos como algunas de sus principales cartas de presentación.

Para quienes la seguimos desde hace años, resulta gratificante que las circunstancias hayan favorecido la visibilización de una mujer que, a pesar de haber trabajado en administraciones panistas, no milita en el PAN. Que no compromete su voto sin argumentos y no parece proclive a doblegar sus principios por órdenes ajenas.

Sin embargo, Xóchitl ha de enfrentarse todavía a las resistencias ideológicas más complejas en su camino por la obtención de la candidatura: por un lado, aquellas que ven en su progresismo una amenaza a los valores tradicionales; y por el otro, aquellas que cuestionan su discurso de movilidad social (capacidad de las personas para cambiar de posición social y poder adquisitivo a lo largo de su vida) y de meritocracia (sistema de recompensas basadas en el mérito individual), factores que —tal como ella afirma— la han llevado hasta donde está.

En términos generales, quienes apoyan a Xóchitl sin miramientos son las mismas personas que han marchado en defensa del INE y en algunos frentes conservadores, y que se conflictuan en buena medida cuando la escuchan expresarse con “palabrotas” y folclorismos.

No les gusta la forma. Se escandalizan cuando Gálvez admite con desparpajo haber consumido peyote en rituales tradicionales o cuando reconoce la existencia de más de una estructura familiar en la que “todos aportan” sin importar si son parejas heterosexuales u hogares homoparentales. Este sector, que necesita a Xóchitl para derrotar a AMLO, tendría que abrazar sus ideas progresistas en la búsqueda de la unidad y la congruencia.

Ideas progresistas

Paradójicamente, quienes se identifican con las ideas progresistas que reconocen las libertades de hombres y mujeres para decidir sobre su vida tienen problemas con el discurso de movilidad social que Xóchitl Gálvez ha enarbolado.

Es decir, la narrativa de una mujer procedente de un entorno social comprometido, que tuvo necesidad de vender gelatinas para la supervivencia de su familia y que logró salir de la pobreza para convertirse en una exitosa empresaria, choca con las ideas de un sector intelectual que asegura que, para la mayoría de los mexicanos, es fácil comprar la ideología del mérito, pero hacerla cuadrar con su propia historia de vida.

Y es que hay mucho de cierto en estas dudas: la movilidad social en México se ve influida por diversos aspectos de la dinámica social y la desigualdad económica que la retan y la limitan: es decir, no es tan fácil salir de la pobreza por más duro que se esté dispuesto a chambear.

Algunas de las personas más inteligentes y mejor preparadas que conozco han expresado abiertamente su aversión por el tema político y su renuencia a opinar sobre la ruta político-electoral que nos llevará a las elecciones del 2024. Aseguran que la organización comunitaria es la única solución posible a los males y los vicios que nos están acabando, y que la clase política es responsable de la podredumbre que nos contamina, pero que no hay forma de que ella misma ponga remedio a los males que ha creado.

Hoy más que nunca se hace necesario mantener un criterio amplio en el análisis del presente para poder tomar decisiones sobre el porvenir.

Considero que sacar las manos no es opción, y me parece que es momento de ablandar las resistencias ideológicas para admitir la necesidad de una figura que comprenda a cabalidad estas diferencias de pensamiento: yo sí creo que Xóchitl Gálvez tiene la sensibilidad para comunicar la importancia de abrazar los derechos de todas y todos; que tiene la inteligencia para crear las políticas públicas adecuadas para ir recuperando estos relatos de movilidad ascendente que se han perdido por generaciones. Deberá cuidar, sin embargo, no acartonar el discurso en la búsqueda por captar a la base de seguidores del régimen morenista.

Los políticos llegarán y decidirán sobre nuestro futuro; procuremos, por lo menos, elegir a quien creamos capaz de hacer resonar nuestro espíritu de comunidad. Es preciso sacudirse los prejuicios, pues no habrá candidata o candidato que sea un modelo exacto de las ideologías morales que venimos arrastrando.— Mérida Yucatán.

erica.millet@gmail.com

Licenciada en periodismo y maestra en relaciones públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado

 

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