Uno de los indicadores más evidentes del progreso de la humanidad es el incremento en la esperanza de vida de las personas. Gracias al desarrollo científico y tecnológico, en los últimos siglos (y sobre todo en las últimas décadas) las mujeres y hombres han aumentado significativamente la posibilidad de vivir muchos años, lo cual se conoce como longevidad.

El asunto no es menor: la mortalidad infantil se ha reducido de forma drástica, siendo un fenómeno excepcional en los países desarrollados, y la medicina moderna es capaz de curar centenas de enfermedades que hubiesen resultado fatales hace apenas un siglo.

Por supuesto, este incremento en la expectativa de años que vivirá una persona promedio al nacer es una buena noticia. La vida es el bien más valioso, porque sin ella nada es posible. Empero, el hecho de que los individuos cuenten con períodos vitales extensos representa retos significativos que es imperante abordar como sociedad.

Calidad de vida. En primera instancia, hay que ser conscientes de los procesos biológicos inherentes al cuerpo humano al transitar por las diversas etapas de la vida. Así como durante la niñez los infantes son susceptibles a adquirir ciertas enfermedades, las personas adultas mayores requieren observar aspectos determinados de su salud.

La edad avanzada, claramente, no es sinónimo de patología, pero es una realidad que existe un declive natural con el transcurso del tiempo debido al diseño fisiológico del cuerpo humano.

Por tanto, es indispensable poner el foco en la calidad de vida de las personas, desde la infancia hasta la adultez; más aún porque es probable que, en un futuro no muy lejano, los seres humanos vivan durante décadas como personas mayores, superando ampliamente la edad de 65 años.

De tal suerte que la seguridad social, las políticas de salud pública y el acceso a oportunidades en sentido amplio, será crucial para que las personas adultas mayores gocen de vidas plenas, pudiendo llevar al cabo planes y proyectos personales que les permitan ser felices.

No discriminación. Lamentablemente, existe un estigma hacia las personas adultas mayores que vulnera la dignidad humana de quienes lo padecen. Por increíble que parezca, incluso en el siglo XXI, no hemos sido capaces de erradicar los actos discriminatorios por razón de edad.

Todavía es frecuente ver anuncios laborales que establecen edad máxima para ocupar alguna vacante, sin justificación; y el abandono de personas mayores, por sus propias familias, es una práctica deplorable, aunque sumamente extendida. Considero que todo individuo, mujer u hombre, es valioso en sí, por lo que no es aceptable hacer a un lado a alguien por considerarle “desechable”.

El Humanismo consiste precisamente en ver y apreciar la dignidad que hay en cada uno de nuestros pares, independientemente de clases sociales, raza, género, edad o cualquier otro aspecto.

Es comprobable que las personas adultas mayores disponen de talentos, virtudes y habilidades al igual que cualquier ser humano; si a ello añadimos la experiencia vital y el conocimiento acumulado, obtenemos a personas productivas con mucho que aportar y, seguramente, enormes ganas de vivir.

Convivencia intergeneracional. La gran oportunidad que tenemos como sociedad es construir redes de apoyo donde participen mujeres y hombres de distintas generaciones, con el propósito de sumar voluntades para crear un mejor presente y un futuro de esperanza.

Cuando las personas adultas mayores, las niñas y niños, adolescentes, y adultos jóvenes interactúan entre sí en ambientes sanos, los resultados son maravillosos. Lo anterior se comprueba, de manera enfática, en la convivencia familiar, contribuyendo a fortalecer valores como la generosidad, la solidaridad y la empatía.

Esta dinámica de convivencia intergeneracional puede trascender más allá del núcleo familiar, dando pie a comunidades donde el intercambio de afecto se dé indistintamente entre todos los grupos de edades, en un espacio de paz y apertura.

Soy optimista respecto de lo mucho que somos capaces de lograr como humanidad cuando colocamos en primer lugar el respeto y el afecto por el prójimo. Vislumbro un porvenir cercano donde la educación, los principios éticos y la conciencia social desemboquen en una sociedad más incluyente, donde la convivencia intergeneracional sea latente y armónica.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

 

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