La ignorancia es el peor enemigo de un pueblo que quiere ser libre —Jonathan Hennessey
En las calles del centro de Toluca, una tarde, un hombre delgado, de tez morena, cabello negro y piocha tupida, enfundado en una levita un tanto desgastada de color beige, recorría de uno en uno la cerca de media docena de estanquillos, donde recolectaba pliegos completos y fragmentos sobrantes de papel estraza que en ese momento eran muy socorridos para envolver cualquier artículo; se llevaba hasta los arrugaditos.
La gran mayoría de los comerciantes se preguntaban para qué utilizaría tanto papel el maestro o el licenciado, como le llamaban: “Es que debe de escribir mucho, con eso que es profesor aquí en el Instituto”. “Para mí que no le alcanza y vende cosas”. “A lo mejor va a empapelar su recámara” … un mar de conjeturas.
Algo parecido sucedió una noche lluviosa y fría, al irrumpir en una casa, de aspecto un tanto lóbrego, situada en el callejón de los Gallos. Unos minutos después de su llegada, doña Preciadita Domínguez, popular agiotista, no le quitaba la vista a un reloj de oro. “Así que usted me jura y perjura que le perteneció al mismísimo cura Hidalgo”. El hombre arqueó una ceja y con cierto dejo de fastidio respondió: “Al reverso se pueden ver las iniciales, pero es suficiente el testimonio de mi señor padre que lo obtuvo en un local de empeños”.
Con rostro sarcástico la mujer respondió: “Pues no ha de ser por hambre que lo tengo en mis manos…, licenciado, ¿lo quiere vender o empeñar?” A punto de perder la paciencia el visitante respondió: “Por supuesto que lo quiero vender. Lo vendo por una causa justa, ¡sabe usted!” La mujer sonrió maliciosamente: “Ah, sí, ¡no me diga…!”
Una semana después en su casa, aquel hombre colocaba en una mesa una pequeña imprenta manual, fruto de lo obtenido del trato con la usurera. En un rincón, perfectamente apiladas se podían observar las hojas de papel estraza del tamaño de una gacetilla y así comenzó la impresión de decenas y luego cientos de ejemplares del Libro Rudimental y Progresivo; en medio de la clandestinidad de la época, nacía el primer libro de texto gratuito, un evangelizador laico de la nación mexicana en términos de su creador: Ignacio Ramírez, mejor conocido como El Nigromante.
Héroe a veces un tanto olvidado de la historia. Hombre probo, licenciado, jurista con una gran visión humanista; el verdadero autor de las Leyes de Reforma.
En aquellos días de 1845, era un joven abogado recién graduado, cuando ingresó y formó parte del Instituto Científico y Literario de Toluca. Con él, nació la educación laica y gratuita, apoyando con becas a niños y jóvenes sin recursos.
Se inició la independencia intelectual de México. De inmediato originó el encono de los nocivos conservadores y el Clero. Al enterarse de la maniobra de El Nigromante, la Iglesia Católica pegó el grito al cielo y ordenó con las autoridades locales el decomiso y posterior quema de estos libros gratuitos por considerar que: “Les quitaban su inocencia natural a los indios”. Algo parecido ocurriría cuando publicó el Manifiesto Indígena.
Con el triunfo de Juárez, El Nigromante publicó de nuevo el texto, y casi cien años después, Lázaro Cárdenas promovió el libro El niño campesino, del mismo Ignacio Ramírez para educar a los niños en las zonas rurales.
El anterior relato está basado en una parte del excelente libro La Nueva República, de Emilio Arellano (Edit. Planeta, 2012), el cual retrata a este gran personaje y visionario mexicano que fue Ignacio Ramírez, El Nigromante. La anécdota del primer libro de texto gratuito es narrada por uno de sus alumnos más distinguidos: Ignacio Manuel Altamirano.
La educación en México siempre ha sido tema de debate y enconos. Desde el papel que desempeñó la Iglesia Católica dentro de su proceso de evangelización, hasta el momento en que se convirtió en una responsabilidad del Estado y un derecho de todo ciudadano, pasando por el legado de José Vasconcelos (el primer Secretario de Instrucción Pública), con su reforma educativa, el proyecto de difusión cultural con programas de instrucción popular, escuelas rurales, edición de libros y promoción del arte y la cultura, llegando al 12 de febrero de 1959, cuando se creó la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (Conaliteg), siendo Jaime Torres Bodet secretario de Educación Pública.
Por primera vez en todas las escuelas primarias públicas y privadas, rurales y urbanas; el material educativo que el Estado se proponía entregar sería el mismo. La comisión presidida por Martín Luis Guzmán convocó a escritores y pedagogos para que: “Participaran en la redacción de los libros de texto, cuadernos de trabajo gratuitos e instructivos correspondientes a los seis grados de la educación primaria”.
Hubo críticos que denunciaron, a través de la prensa, que hacer obligatorios estos materiales era una disposición autoritaria, inconstitucional; la inconformidad se desató de inmediato, pero el tema era más por el monopolio editorial.
En 1980, por decreto del presidente López Portillo, la Conaliteg se convirtió en un “organismo descentralizado, con personalidad jurídica y patrimonio propios”, cuyo objeto es la edición e impresión de los libros de texto gratuitos, así como toda clase de materiales didácticos similares. Posteriormente la gratuidad se extendería a los libros de la secundaria.
Sería una insensatez de mi parte opinar solo de oídas sobre los libros; no los he tenido en las manos, pero todo parece indicar que estamos ante otra ocurrencia más de la 4T, ahora en un tema tan delicado: la Educación (como lo ha sido el de la Salud).
Mente sana en cuerpo sano. Tuve la fortuna, gracias al IMSS, de incursionar en la Investigación y Docencia, para lo cual en los respectivos diplomados conocí a Freyre y su Pedagogía del oprimido, Piaget con su constructivismo y Viniegra con su lectura crítica, entre otros y, algo me quedó muy claro: El maestro en la educación en el adulto (el nivel donde me desempeñé) se convierte en un facilitador del aprendizaje, por lo que se requiere de un cúmulo de conocimientos sólidos que deben de sustentarse en la amplia base de la pirámide educativa.
Es de entenderse que, si no existe una buena preparación a nivel primaria, secundaria y de bachillerato, independientemente de la carrera universitaria, el alumno tendrá menos recursos; pero también me queda claro que el nivel de reflexión, juicio y debate se desarrolla a la perfección en Ciencias Sociales y Humanas, discurre en otro ritmo en las Naturales, y tiene otro cariz en las llamadas Ciencias Exactas.
Y hasta en la base educativa, a nivel preescolar y de primaria, por ejemplo, con el método Montessori, los niños trabajan con materiales concretos científicamente diseñados, que brindan las llaves para explorar el mundo y desarrollar habilidades cognitivas básicas. No es cuestión de ideologías: el punto toral es el conocimiento…, los cimientos del aprendizaje. Con todo respeto: no más golpeteo a la Educación, la Ciencia y la Investigación…, señor presidente.
Para reflexionar: Es curioso el dato que en la época del Nigromante los conservadores despotricaron porque se educaba al indígena. En el siglo XXI, en los tiempos de la 4T, los llamados por el oficialismo como conservadores se oponen a que se mal eduque al pueblo y se le quiera convertir en una pléyade de ignorantes… ¡Qué cosas!— Mérida, Yucatán.
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Médico y escritor
