Contaba sólo cinco años de edad cuando se paró frente a un auditorio e, impulsado por su padre y para orgullo de la familia y asombro del respetable, declamó de cabo a rabo la Suave Patria, de López Velarde.
Treinta y tantos años después era ya parte del Parnaso mexicano y se codeaba con lo más granado de la literatra nacional y mundial. Fue anfitrión de Neruda en México y Guadalajara.
En sus años postreros experimentó prestando su presencia en programas deportivos en la televisión mexicana, lo que hizo las delicias de muchos con sus comentarios a profundidad para dar un sesgo diferente y culto al arte de los humanos forzudos y hábiles de físico. Murió en diciembre de 2001. Fue el último juglar.
Juan José Arreola fue una de las plumas y voces cumbres de la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Jalisco lo echó al mundo en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, debiendo ser Ciudad Arreola. Hay ciudades que no merecen nombres y hombres que merecen ciudades. Fue llamado el último juglar por su hijo Orso, en la generosa, interesante biografía que le dedicó.
Tuve oportunidad de conocer a dos de sus más grandes alumnos, si bien parece que todos lo fueron: José Agustín y René Avilés Fabila. Del primero, quién no leyó esos mazazos de despertar juvenil que fueron La Tumba y De Perfil.
Cuando conversé con José Agustín, ese brillo en los ojos y la emoción literaria que sembró Arreola en él continuaban tan vivos como cuando entró al taller de su paisano jalisciense.
A René Avilés lo conocí muchos años después por Réquiem por un suicida, al que siguieron El gran soitario de palacio, un retrato al óleo del México del presidencialismo autoritario y la represión estudiantil del 68, Los Juegos, Tantadel… Con él tuve largas, enriquecedoras conversaciones llenas de anécdotas, en muchas de las cuales el protagonista era su maestro.
Con ellos, formaban parte del taller literario de Arreola el cronista Carlos Monsiváis, de una cultura y capacidad de retención que asombraban a todos, a decir de sus colegas, y otro gigante del Parnaso mexicano: el veracruzano Sergio Pitol. Aquel que quiera encandilarse con la profundidad, cultura y pulcritud de las letras mexicanas debe leer sin remilgos El arte de la fuga.
Miembro también de ese grupo que tanto dio a las letras mexicanas gracias a lo que abrevó en el taller de Arreola fue José Emilio Pacheco, protagonista de una de las varias anécdotas que pude arrancar a Avilés Fabila.
Arreola, contaba René Avilés, recibió dinero de una editorial como adelanto para un libro que aún no escribía. Bohemio como era —quizá el que más—, el maestro dio buena cuenta del dinero y se quedó sin plata, sin libro y sin inspiración.
Un jovencísimo José Emilio Pacheco, más preocupado que Arreola por el incumplimiento al editor, se presentó en el taller literario y se encontró con un maestro abatido, tendido en un sofá. Pacheco tomó entonces una decisión que la cultura mexicana le agradecería eternamente: obligó a Arreola a dictarle el libro, cosa nada desagradable para el maestro, para quien la literatura era no sólo escrita, sino también hablada. Dedicaron varios días a la tarea, uno recostado en el sofá y el otro escribiendo a vuelo de pluma. En menos de una semana entregaron el libro, que se publicó en 1959 bajo el harto conocido título de Bestiario.
Pacheco escribiría después unos breves trazos sobre esta anécdota, añadiendo que el libro se llamaría originalmente Punta de plata.
No repetiré otras historias dichas por Avilés sobre Arreola, por el respeto y admiración que profeso por ambos.
Interminable e inalcanzable sería la tarea de homenajear en esta pequeña columna a un figurón como Arreola, un hombre que vivió a su modo. Pero viene a cuento porque se convirtió en pieza esencial en los libros de texto gratuitos de la primaria en los años de quien esto escribe.
Trazos literarios del Confabulario y el Bestiario se enseñaban en las aulas, para que los estudiantes nos adentráramos en el oficio de profundizar mucho más allá de la primera impresión y la superficialidad de las cosas.
Un ejemplo que incluían las benignas páginas de aquellos libros nos mostraba cómo la grandeza de un observador profundo, inteligente, analítico e inspirado nos podía describir a un simple sapo de una manera magistral: “Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido. Viéndolo bien, el sapo es todo corazón…”.
Las pinturas literarias de Arreola se incluían en los libros no con el fin de formar poetas (o no sólo para eso), sino para despertar en el estudiante el análisis basado en la observación, en llevar al alumno a penetrar más allá de la superficie y así, como observador analítico, ser menos susceptible a la manipulación y más propenso a la promoción de las ideas y el diálogo.
¿Quién no se estremece frente a la descripción que el Bestiario nos ofrece de un rinoceronte? “El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería…”. Y continúa con su descripción nítida que estimula la imaginación del estudiante: “Ya en cautiverio, el rinoceronte es una bestia melancólica y oxidada. Su cuerpo de muchas piezas ha sido armado en los derrumbaderos de la prehistoria, con láminas de cuero troqueladas bajo la presión de los niveles geológicos…”.
El cuento de El guardagujas se leía completo en aquellas clases, donde enseñar la esencia de las cosas que nos permitirían llegar mejor armados a la vida era la flosofía misma de la enseñanza.
Eso incluían aquellos libros cuya lectura e interpretación los maestros, con sabiduría de Diógenes, promovían y fomentaban entre el alumnado, sin ideologías de carácter político ni de género, y menos posiciones reivindicativas sociales y antropológicas puestas por encima de la noble tarea de educar al pueblo mexicano, como Vasconcelos soñó.— Mérida, Yucatán.
olegario.moguel@megamedia.com.mx
@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
