Sangre, dolor, miedos, temores, gritos, ayes, muertes. Esto es parte de la escenografía en una guerra entre dos o más países por cuestiones ideológicas, religiosas, económicas, por extender las fronteras o rencores y odios.

Destrucción de poblados, edificios, hospitales, iglesias y casas complementan esa terrorífica y cruenta escenografía, en un ambiente de dolor y desesperación. Todos sufren y viven a diario las angustias de las detonaciones de las armas o de los proyectiles lanzados.

La historia nos demuestra lo estériles y destructivas que han sido las guerras. Los resultados siempre son los mismos: el beneficio y enriquecimiento de unos países, el sufrimiento de otros, las muertes de miles o millones de personas y el dolor de muchos.

Sin embargo, a pesar de las muertes y la destrucción hay personas y gobiernos enfrascados en las guerras y la violencia. Fortalecer el poder o ampliar las fronteras del país ciegan la mente, ofuscan el razonamiento y no se piensa en las dolorosas consecuencias.

Los niños son, principalmente, los que sufren el hambre, los miedos y la muerte a diario. Al final suman miles los que quedan sin padre o madre o sin ambos, incluso muchos pierden la vida.

Una guerra reciente sacude al mundo, el enfrentamiento bélico entre Israel y Palestina. A casi un mes de iniciada hay destrucción y muerte por doquier en esos lugares. Nadie quiere ceder y la violencia se intensifica.

La famosa franja de Gaza es la principal rehén en esta guerra y miles de familias en este lugar, principalmente niños, están aprisionadas entre el fuego. Hambre, muerte, heridos y sangre conforman a diario el panorama en esta frontera y en los dos países en guerra.

Por ambas partes bombardean escuelas y hospitales. Inocentes mueren ante esta absurda decisión. No importan las muertes, el sufrimiento, el hambre, las enfermedades o los huérfanos que surjan. El corazón se endurece y los gobiernos buscan sus objetivos a costa de lo que sea.

En vez de buscar soluciones en una mesa de diálogo, las armas hablan. Los fusiles, los tanques, las bombas y proyectiles de alto poder son los que se enfrentan en cruentos diálogos que generan dolor y destrucción.

¿Quién cede cuando organismos y el mundo piden terminar con este enfrentamiento? Nadie pone soluciones pacíficas. El lenguaje de las armas predomina y la sangre se derrama sin contemplaciones. Estamos retrocediendo hacia la barbarie en vez de avanzar.

¿Qué clase de civilización dejamos a las nuevas generaciones si la violencia y las armas son las que dialogan para solucionar diferencias? ¿Qué mundo heredamos si dejamos morir a los niños de hambre y por bombas mortíferas?

La violencia nos gana terreno también en la vida diaria. Hay guerras en los hogares, en las familias, en las calles. Si en los enfrentamientos de países hay hambre, sufrimiento y muertes de mujeres y niños, también en las casas pueden darse por la violencia familiar.

Muchas madres e hijos viven violencia a diario por la mano machista. Los feminicidios se incrementan en los hogares. Se pierde lo racional en las discusiones, en esos malsanos odios y rencores y se actúa con salvajismo. La ira oscurece la mente y surge lo irracional, la cruenta agresividad.

El hogar se convierte en esos casos en un espacio de guerra. Y surge la destrucción, los miedos, los gritos y, en ocasiones, la dolorosa tragedia. Si hay separación pueden surgir los celos, el acoso o la prohibición de alguno de convivir con los hijos. Los pequeños salen lastimados, perjudicados, traumados.

Las calles se convierten también en un centro de guerra por la violencia contra las mujeres. Hay agresiones, acoso e incluso muertes. Estamos violentando en vez de convivir en un ambiente de armonía y respeto, sin desplantes machistas, ni desigualdades de género.

El odio, los rencores y la violencia terminan por destruirnos física y emocionalmente. Es una guerra interna con nosotros mismos, al final nos causa destrucción y sufrimientos. También como los países en guerra, los individuos podemos caer en conflictos en busca del poder, el control y buscar agredir a los supuestos enemigos, que pueden ser una mujer en la calle, la pareja o los hijos.

Y esto destruye, nos destruye. Perdemos la capacidad de reflexionar, dialogar y discutir con respeto y la ira obnubila la mente y actuamos con barbarie, salvajemente

Hay que buscar ese dialogo que ayude a los países a dirimir sus diferencias ideológicas y de tierras y buscar la ansiada paz para convivir en armonía. También los individuos buscar el diálogo para solucionar conflictos familiares y respetar a los demás, lejos de las discriminaciones y desigualdades.

No es fácil esa lucha interna en nosotros mismos para eliminar violencia, odios y rencores, ni en el interior de los gobiernos para ir por la paz, pues las ambiciones y el poder desmedido nos rodean y son tentaciones cotidianas, pero hay que intentarlo. El mundo es uno y la vida también.

No debemos destruirnos, ni destruir a los demás. ¿Es tan difícil vivir en paz y armonía? Al final, ¿quién o quiénes ganan en una guerra entre países, en la familia o entre personas? Lamentablemente, nadie.— Mérida, Yucatán

marpero53@yahoo.com.mx

Profesor

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