Rodrigo Llanes Salazar (*)

“El caso de Liliana hace evidente que los huesos pueden ser testigos en juicios y ofrecer consuelo a los afligidos”, escribe la antropóloga social Alexa Hagerty en su impactante libro “Still Life with Bones. Genocide, Forensics, and What Remains” (“Naturaleza muerta con huesos. Genocidio, ciencia forense y lo que permanece”), publicado este año por la editorial Crown.

Como observa Hagerty, los antropólogos forenses y los arqueólogos trabajan excavando y analizando huesos. Los antropólogos sociales lo hacemos escuchando historias de las personas. Desde esta lógica, el libro de Hagerty presenta las historias de familiares de desaparecidos en Guatemala y Argentina que buscan a sus seres queridos, y de los antropólogos forenses que también han dedicado su vida a la búsqueda y exhumación de huesos de víctimas de graves violaciones de derechos humanos. Igualmente, de manera notable, es la propia historia de Hagerty, de sus aprendizajes tanto en laboratorios como en el terreno, tocando huesos y siendo tocada por ellos.

Así, la historia que cuenta Hagerty en su libro es la de la materia y significado de los huesos: cómo son marcados por la violencia y analizados en laboratorios genéticos. También trata sobre cómo los huesos siempre se unen al duelo, a la memoria y a los rituales.

Recordemos algunos datos de la historia más amplia. De acuerdo con la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de Guatemala, durante el conflicto armado conocido como “La Violencia”, de 1960 a 1996, fueron asesinadas alrededor de 200 mil personas y se cuentan 45,000 personas desaparecidas. También se tiene un registro de 626 masacres y de 430 comunidades arrasadas. La abrumadora mayoría de las víctimas, cerca del 80 por ciento, son mayas. Para la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, el estado guatemalteco cometió “genocidio”.

Por otra parte, en Argentina, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas informó que, durante el Proceso de Reorganización Nacional, “el Proceso”, de 1976 a 1983, la dictadura desapareció alrededor de 30,000 personas (aunque, como bien apunta Hagerty, el genocidio comenzó antes del golpe de estado de 1976). Asimismo, se han identificado alrededor de 800 centros de detención clandestinos, también conocidos como “chupaderos”, en donde se torturaba a personas consideradas “subversivas” del régimen. Muchas de ellas eran sedadas y arrojadas al mar desde aviones, una práctica conocida como los “vuelos de la muerte”, método que también utilizó el gobierno de México durante la Guerra Sucia.

Como escribe Hagerty, las cifras no logran capturar la crueldad de La Violencia guatemalteca o de El Proceso argentino. En ambos países hay registros de bebés asesinados a golpes contra las paredes, mujeres embarazadas a las que les extrajeron sus bebés, hombres quemados vivos, niñas violadas, muchachos decapitados, personas asesinadas a machetazos.

Países

Tanto el gobierno de Guatemala como el de Argentina aplicaron la política de desaparición forzada adoptada por la Alemania nazi a partir del decreto “Noche y niebla” de 1941, que ordenaba que los prisioneros desaparecieran sin dejar rastro, dejando a sus familias y a la población con la dolorosa incertidumbre sobre el paradero de sus seres queridos.

La lógica misma de la desaparición, anota Hagerty, implica que los cuerpos son difíciles de recuperar. En Guatemala, las personas fueron enterradas en tumbas no marcadas. En Argentina, arrojadas al océano desde aviones. En México, quemados con llantas. “Hay muchas estrategias crueles para esconder y destruir cuerpos”, escribe la autora. “El punto es hacer difícil, si no es que imposible, la recuperación e identificación de los cuerpos”.

Es en este escenario de terror que surgieron la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAGF) y el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Ambos son proyectos pioneros en el uso de la ciencia forense para la causa de los derechos humanos.

En los dos casos fue crucial la participación del antropólogo forense Clyde Snow, aunque probablemente ha sido aún más importante la disposición para colaborar de manera horizontal con las familias y comunidades que han emprendido la tortuosa y valiente decisión de buscar a sus seres queridos desaparecidos. Incluso, la FAGF respeta y toma en consideración la cosmovisión maya, para la cual los muertos pueden revelar en sueños el paradero de sus restos materiales.

Identificados

Al momento de la escritura del libro de Hagerty, la FAGF había identificado a 3,781 personas en un período de casi 30 años de trabajo; en Argentina, el EAAF ha encontrado 1,400 en casi 40 años. Entre las historias relatadas por Hagerty en el libro, se encuentra la de la joven argentina Ana María Careaga, quien fue secuestrada y llevada a un centro de detención clandestino cuando tenía tres meses de embarazo. “El embarazo no era escudo contra el abuso”, recuerda Hagerty. Afortunadamente, Careaga fue liberada cuatro meses después, gracias al coraje de la búsqueda de su madre, Esther Ballestrino de Careaga, quien con otras madres de personas desaparecidas se organizaron en el grupo que ha sido conocido como las Madres de la Plaza de Mayo.

Después de haber encontrado a su hija Ana María, Esther y ella se refugiaron en Brasil y Suecia, pero Esther decidió regresar a Argentina. “Todos los desaparecidos son mis hijos”, declaró Esther. Trágicamente, Esther fue secuestrada, torturada y asesinada por la dictadura argentina en uno de los vuelos de la muerte. Pero su convicción fue compartida por otras madres, quienes no sólo hicieron de todos los desaparecidos sus hijos, sino que también declararon que eran sus hijos quienes les habían dado nacimiento a ellas. Esther fue jefa de Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, y Hagerty dedica un capítulo a la compleja relación entre la iglesia católica y la dictadura argentina.

Moldeo

Como antropóloga social, Hagerty enfatiza cómo la cultura y la sociedad también moldean los esqueletos. Por ejemplo, en contraste con lo que indican algunos libros de textos de ciencia forense, sobre las diferencias biológicas entre los esqueletos de los hombres y las mujeres, en Guatemala la FAGF ha encontrado que las mujeres que trabajan en las duras condiciones del campo tienen esqueletos más robustos, que pueden ser confundidos con los de los hombres.

Hagerty también destaca cómo la FAGF identifica fácilmente si una mujer se dedica al bordado, ya que esta labor, como todo trabajo humano, también deja sus huellas en nuestros huesos. Las marcas de los huesos indican si el cráneo de un bebé fue golpeado contra un pozo —como sucedió en la masacre de Dos Erres en Guatemala, en donde se han recuperado los restos de 67 niños menores de 12 años— o si presentan el trauma del impacto por haber sido arrojado al mar desde un avión, como en el caso de Esther Ballestrino.

Cada hueso y diente en el cuerpo humano tiene una historia que contar, afirmó el antropólogo forense Clyde Snow. Los equipos de antropología forense han aprendido a escucharlas. En las condiciones de los huesos se pueden apreciar tanto los efectos de la violencia genocida como de la “violencia estructural”, cómo la pobreza, la desnutrición, las enfermedades curables afectan los huesos.

Para el análisis forense resulta fundamental tocar los huesos. El tacto es aún más importante que la vista, sentido que ha sido privilegiado en las sociedades europeas y norteamericanas. La “geografía sensual” del cuerpo, escribe Hagerty, es mapeada a través del tacto.

El trabajo de la FAGF y del EAAF ha sido clave para algunos juicios de derechos humanos pioneros en el mundo. Uno de ellos tuvo lugar en 1985. En él, el antropólogo forense Snow presentó el caso de Liliana Carmen Pereyra —la Liliana referida al inicio de este artículo—, una guerrillera que fue asesinada a balazos. Snow declaró que su “esqueleto es nuestro mejor testigo”, y enseñó las marcas de la ejecución en sus huesos. El tribunal declaró a la Junta argentina culpable de violaciones de derechos humanos y sentenció al general Videla a cadena perpetua. Este caso provocó una cascada de juicios similares en América Latina.

Familias

No sólo los antropólogos forenses tocan los huesos. Cuando los restos óseos son identificados y presentados a sus familiares, muchas veces éstos tocan y besan los huesos de sus seres queridos. Hagerty relata varias historias de hijas e hijos de personas desaparecidas que recuperan los huesos de sus familias y las complejas formas en las que viven el duelo. No es fácil reconocer a una persona a partir de sus huesos. Tal es el caso de un hombre nombrado como “Camilo”, que recuperó los huesos de su padre gracias al trabajo del EAAF. Encontrar los huesos no fue el final de una búsqueda, sino que representó el inicio de un proceso de duelo. O el caso de una mujer, llamada “Josefina” en el libro, de cuyo padre desaparecido el EAAF encontró un diente en el Pozo de Vargas, una de las fosas comunes más grandes de América Latina. Entonces, Josefina plantó un árbol como parte del duelo. Pero luego el EAAF encontró parte de su cadera, después del fémur, y más restos hasta que Josefina vivió “siete duelos”.

Más allá del aterrador tema del libro —la violencia genocida y la ciencia forense en América Latina—, que puede circunscribirse a un área de estudio particular y una región específica, “Naturaleza muerta con huesos”, al igual que los grandes libros de antropología, aborda profundos asuntos compartidos por toda la humanidad, particularmente, la relación entre los vivos y los muertos. Así, la exhumación de huesos es tanto una tarea científica realizada con tecnología avanzada, pero al mismo tiempo es un ritual que devuelve el nombre y dignidad a los muertos desaparecidos. “Exhumamos cuerpos por la misma razón que enterramos cadáveres, porque son nuestros muertos”, escribe Hagerty.

Finalmente, Hagerty nos recuerda que las cosas no tienen que ser así. Los huesos, los archivos y testimonios, nos relatan historias de terror: masacres, prisiones secretas y fosas comunes; pero también nos narran luchas por la vida, impulsos por la justicia y de amor que nos tocan profundamente.—Mérida, Yucatán

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

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