Una mancha se extendía con voracidad en forma acelerada sobre el mapa de Europa del Este y Asia menor. En cuestión de una década fue cubierto el inmenso territorio de la Grecia helénica a la lejanísima India de los Vedas. Al frente del ejército que cubría esa área con una conquista tras otra marchaba un joven casi imberbe, menor de 30 años: Alejandro.
En el siglo IV a.C., el rey Filipo, su padre, colocó en el mapa de la gran Grecia al escasamente glorioso, hasta entonces, pueblo de Macedonia. Alejandro lo puso en la historia.
Su voracidad imperial y el éxito irrefrenable de su empresa lo colocaron hasta nuestros días en los libros con el apelativo de Magno. “La Tierra —proclamó—, la considero mía”. Así se las gastaba.
Alejandro era incontenible y los pueblos débiles que tuvieron la mala fortuna de verlo pisar sus tierras no tuvieron armas ni ejércitos para plantarle cara. Más aún, los soldados locales abandonaban sus filas para sumarse como mercenarios a las del macedonio.
Este jovenazo, así como no tenía un ápice de cobarde, tampoco lo tenía de tonto. Para lo segundo tuvo de maestro a Aristóteles (así, pobremente), y para lo primero se creó un modelo a seguir, alguien a quien veía más grande que él. Un personaje que bien sabía que en batalla alcanzaría la gloria, pero también la muerte, y así marchó hacia ella para cumplir los designios de los dioses.
El propio Alejandro estaba consciente que su empresa lo llevaría igualmente a la gloria y a la muerte, como había leído y releído que sucedió a su ideal de grandeza, Aquiles, el de los pies alados.
En su magistral ensayo sobre la historia de los libros, Irene Vallejo sostiene que “cuentan que Alejandro dormía siempre con su ejemplar de la Ilíada y una daga debajo de la almohada”. Jamás se separaba de su ejemplar del poema de Homero sobre la guerra de Troya.
Aquiles, el formidable personaje homérico, fue a la batalla sabiendo que no volvería con vida. Alejandro no tenía esa certeza, pero estaba consciente de que, si eso sucedía, emularía a aquel a quien tanto admiraba. Y así ocurrió. Al regreso de la India, con un ejército famélico y la moral baja por el agotamiento, el macedonio cayó afiebrado y murió en Babilonia.
La historia no ha emitido sentencia sobre si fue envenenado o contrajo una enfermedad. El caso fue que sus generales comenzaron a pelearse su grandeza, que por lo demás ninguno alcazaba ni de lejos.
Fue el vivaracho de Ptolomeo quien llegó a Grecia para anunciar la muerte y declararse heredero, trasladando la sede del reino a Alejandría, la de Egipto (era una de tantas; en su camino de conquistas, numerosas ciudades eran bautizadas con ese nombre; existió incluso Alejandría Bucéfala, en honor al caballo de Alejandro Magno).
La dinastía de Ptolomeo reinó 300 años, con catorce reyes, todos con el mismo nombre. A los cuatro primeros se les reconoce la fundación de la biblioteca de Alejandría. Deschavetado o no, el primer Ptolomeo fue quizá influenciado por las lecturas sin fin que hacía Alejandro y se propuso llenar la biblioteca con todos los libros del mundo. Adolecía del sentido de totalidad de su antiguo soberano.
Esta historia, que se puede leer en muchas obras y libros de historia, fue retomada por Irene Vallejo en su ensayo “El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo”, donde hace un repaso histórico de los libros y sus antecedentes, la oralidad y la escritura misma. Se trata de un ensayo que, en medio de su profundidad y profusión de datos históricos, es de ágil lectura. La autora tiene la grandeza de la sencillez en el lenguaje, que a veces salpica de una fina ironía.
Leo “El infinito en un junco” sin quitarme de la cabeza el anuncio donde Mario Delgado, presidente de Morena, hace un recuento de los estados donde ese partido gobierna. ¿Es acaso Morena un nuevo Alejandro?
La reflexión es obligada: ¿qué debió suceder para que el Macedonio extendiera sus dominios a tales extremos? Encuentro dos respuestas, amén de que con seguridad hay más: por un lado, contó con un ejército cuyos capitanes estaban dispuestos a jugarse la vida por él (claro, a cambio de riquezas) y donde la infantería se hallaba plagada de guerreros que ofrecían su espada al mejor postor, que era él. Y, por otro lado, la debilidad de los territorios conquistados. Si bien no eran unos flanes, tenían ejércitos menos capacitados que el suyo y más dispuestos a venderse “por unos dólares más”, diría Clint Eastwood.
Diecinueve siglos después, Maquiavelo lanzó una alerta sobre el riesgo de alcanzar el principado con ejércitos mercenarios.
Con estas referencias, vale preguntarse en qué momento se encuentra el partido que ha extendido sus dominios como presume Mario Delgado. ¿Sigue adentrándose en Asia o viene de vuelta con su líder precipitándose al ocaso?
De ser esto último, ¿cómo y entre quiénes será la rebatiña por la sucesión del líder?
¿Seguirá siendo Morena ese partido con sentido totalitario que, como Ptolomeo con su biblioteca, intenta tener en sus cuatro paredes todo el conocimiento universal, en este caso todos los cargos en juego? Ptolomeo estuvo muy lejos de alcanzar su objetivo.
Más aún: aquellos que perdieron territorios frente a las tropas conquistadoras ¿continúan débiles o se replegaron para fortalecerse?
El próximo 2 de junio sabremos si continuará el avance de conquista de Morena en territorios hoy no alcanzados, o si los ejércitos locales serán capaces de resistir el asedio y, más aún, contratacar.— Mérida, Yucatán.
olegario.moguel@megamedia.com.mx
@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
