Ya se acerca la Navidad y en nuestra querida Mérida, el tráfico es más caótico de lo que ya era. Se le observa a la gente con prisa, desesperada por hacer sus compras navideñas, los supermercados y las plazas están llenas, e incluso hay tiendas con colas de horas para entrar. Según, todo esto, es para prepararse para la Navidad.
El consumismo se ha apoderado de la Navidad en nuestra sociedad moderna, convirtiendo lo que debería ser un período de reflexión, amor y generosidad, en una desenfrenada búsqueda de compras impulsivas y excesivas. La publicidad, junto con la presión de ajustarse a ciertos estándares festivos, induce a las personas a sumergirse en un exceso de compras de decoraciones, regalos, alimentos y eventos navideños.
Esta intensa presión para gastar puede llevar a las personas a mal utilizar su aguinaldo, e incluso, a endeudarse para satisfacer las expectativas sociales, relacionadas con las celebraciones. El consumismo, además de afectar negativamente las finanzas personales, también desvirtúa la verdadera esencia de la Navidad.
Para los que somos cristianos, la Navidad es el momento en el que conmemoramos con alegría el nacimiento de Jesucristo. Un tiempo en el que tenemos la oportunidad de compartir en comunidad, la esperanza, el amor y la generosidad. Sobre todo, es un tiempo para renovarnos espiritualmente y permitir nacer en nuestros corazones a nuestro Salvador, para tratar de llegar a ser mejores personas.
Para celebrar la Navidad, no necesitamos comprar ropa nueva, al contrario, necesitamos despojarnos de las apariencias, abrazarnos y aceptarnos primero a nosotros mismos. Mirar más allá de la superficie, reconocer en nuestro prójimo su valor como persona, y estar dispuestos a abrir nuestros corazones al amor desinteresado.
Para celebrar la Navidad, no es necesario excedernos en la preparación o compra de alimentos, ni llenar los carritos de compras con botellas de alcohol. La verdadera riqueza de estas festividades radica en la sobriedad, permitiéndonos apreciar plenamente la compañía de nuestros seres queridos alrededor de la mesa. Se trata de encontrar la verdadera alegría en la conexión genuina, las risas compartidas, y en la gratitud por los momentos significativos que compartimos en estas fechas especiales.
En estas festividades, los regalos, juegan un papel importante. Si bien es cierto que son manifestaciones de consideración y aprecio, no necesariamente deben ser objetos materiales costosos. La auténtica generosidad que debemos cultivar en esta Navidad no está atada al valor monetario de los obsequios, sino más bien en el amor, el significado y el valor sentimental que transmiten. En lugar de centrarnos en el precio, optemos por regalos que resplandezcan con el cuidado y la atención dedicada a elegirlos, recordándonos que la esencia de estas celebraciones radica en la conexión humana y las expresiones de cariño que van más allá de lo material.
Querido lector, lo invito a vivir esta Navidad con serenidad financiera. Las celebraciones navideñas no deben implicar gastar grandes sumas de dinero. Libérese de la presión y de las expectativas superficiales, y recuerde que la verdadera esencia de estas celebraciones radica en la generosidad, la gratitud y el afecto compartido. Solo se necesita dar y recibir con el corazón abierto. ¡Feliz Navidad!— Mérida, Yucatán.
Consultora Financiera y Directora de las Licenciaturas en Administración y Finanzas, Universidad Anáhuac Mayab
