No es casualidad que la visión humana se haga borrosa con el paso de los años.

La elegantemente llamada Presbicia, o vista cansada, quizá busca desenfocar el entorno físico y cotidiano, para obligarnos a echar una mirada al interior, a lo aprendido, a lo realmente importante.

Y no está mal correr en busca de la tecnología al primer indicio de que no vemos bien, pues con sus avances médicos ofrece lentes progresivos para mejorar la visión de cerca y de lejos, la cirugía laser que corrige alteraciones en los ojos y otros procedimientos sorprendentes para recuperar la capacidad de ver; pero aún no consigue desarrollar algo que nos induzca a mirar hacia adentro de nosotros mismos para ver con claridad quiénes somos y, con la experiencia adquirida, saber hacia dónde queremos llevar nuestros pasos.

Zambullirnos en nuestro interior exige valentía y concentración, un poco de aislamiento y calma que permitan callar el bullicio exterior para poder escuchar lo que hay adentro, para detectar las verdaderas alegrías y lo que hace llorar al alma, para abrazarnos fuertemente, reencontrarnos y corregir el rumbo perdido entre tanto ruido y miles de imágenes que van distrayéndonos del objetivo principal de nuestra existencia.

En ocasiones necesitamos habilitar grandes lupas que aumenten el tamaño de lo que nos negamos a ver, aquello que minimizamos y dejamos a un lado, permitiendo que nos perdamos de lo importante; pero otras veces basta con posar la mirada más allá de lo material y mundano, para llegar a la esencia de quienes nos rodean y percibir en ellos nuestro propio reflejo, reconocernos tan humanos como efímeros y aprovechar el tiempo que nos queda con esa nueva capacidad de visión para lo verdaderamente trascendente, el ser.

El tiempo de hacer va quedando atrás, para esa etapa era indispensable la vista precisa, clara y nítida, pero cuando llega el momento de ser, no hace falta más que los ojos del alma, esos que lo atraviesan todo y ponen al descubierto los más bellos colores, los que generan muchas respuestas a preguntas nunca antes respondidas, los que hablan y dicen tanto sin palabras, los que acarician y alivian cual poderoso bálsamo, los que se esconden tras un armazón para poder perderse más seguido y disfrutar al traer a la mente valiosos y amados recuerdos.

Y es así como con el paso de los años, la sabia vida agudiza la visión necesaria para cada momento, dotando a los humanos de la poderosa visión para verse a sí mismos y quizá aprovechar la oportunidad de corregir el rumbo justo a tiempo…— Mérida, Yucatán.

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Psicóloga y Periodista

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